La crisis de la economía española: mal diagnóstico, malas medidas

Aunque quizás sea un tema muy denostado no está de más situar el origen y las causas de la difícil coyuntura por la que atraviesa el país ahora precisamente que observamos como la mayor parte de los indicadores avanzados de nuestra economía empiezan a invertir la tendencia negativa. Nuestra crisis económica, en suma y principalmente, ha sido el resultado directo de una clase política que ha sido incapaz de modernizar las instituciones políticas, sociales y económicas y adaptarlas a dos grandes cambios sobrevenidos en la recta final del siglo XX. Por un lado, la caída del muro de Berlín en 1989, y el inicio del proceso de “reforma y apertura” iniciado por China una década antes, marcará la aceleración del proceso de globalización. Esta globalización implicará la libre circulación de capital, mercancías, información, tecnología y personas. Casi diría que por este orden. Esta libre circulación –en algunos lugares más libre que en otros– da origen a la feroz competitividad de los países de Europa del este primero, y emergentes después –la propia China a la cabeza–. Por otro lado, la adhesión del Reino de España al proyecto del Euro en 1998 supuso la pérdida de soberanía en materia monetaria. Es decir, rehusamos para siempre utilizar la devaluación de la peseta como instrumento del gobierno para ajustar la economía vía depreciación. A partir de entonces, la pérdida de competitividad fruto un marco institucional disfuncional (en comparación a otras economías), únicamente se podría realizar mediante un ajuste real en la economía.

Es por eso que con respecto a este tema no valen excusas de mal pagador: la permanencia en el Euro hacía previsible que nuestra economía debía flexibilizarse y modernizarse para poder adaptarse a los cambios competitivos globales dado que, y había quedado claro, la vía de escape de la depreciación que tanto le gustaba al ministro Solchaga había quedado definitivamente descartada. Lo sabíamos de antemano y no hicimos nada durante los años de bonanza no hicimos nada para seguir poniéndonos en forma. En efecto, una vez España entró en el euro –después de honrosos esfuerzos fiscales y un proceso de reforma para que así fuera– no hicimos nada para mantenernos con solvencia dentro de este club tan exigente. Esta, la crisis de “modelo económico”, es la verdadera crisis de España. La burbuja inmobiliaria ha sido un agravante siendo el colapso de las finanzas globales el detonante de las otras dos. No entro a discutir sobre una cuarta crisis, la crisis moral y de valores, cuya dimensión y consecuencias son aún más profundos y que sobrepasan el marco de análisis de este artículo.

De la crisis de las finanzas globales ya se ha dicho prácticamente todo y no entraré. Con respecto a la burbuja inmobiliaria me inclino a pensar que estamos entrando en los últimos compases de la misma. Lo que no quiere decir, ni mucho menos, que ya la hayamos digerido. Me refiero a que es un frente en el que no caben esperar más sorpresa más que una lenta digestión de una sobre exposición a un sector que nunca hubiésemos debido de tener. Así es, este tipo de crisis son de balance y lo único que sabemos del cierto es que son de duración lenta. España acumula fuertes desequilibrios financieros fruto del excesivo apalancamiento: familias, empresas y gobierno acumulan enormes sumas de deudas con unos colaterales que han visto como se desinflaba su valor dejando a los bancos al borde de la quiebra. Para devolver la solvencia a los balances únicamente cabe crecer. Y para crecer hace falta que la actividad económica vuelva. La evidencia empírica es testaruda y señala las bajadas en la presión fiscal (impuestos) y las políticas liberalizadores y pro-flexibilidad, esto es más mercado no menos, como las únicas posibles para insuflar combustible al sistema económico. Por el contrario, y como ya se ha dicho desde esta tribuna, el Gobierno ha optado por subir impuestos y rebajar el gasto público pero sin tocar nada de lo esencial, es decir, sin liberar de lastre a la economía productiva. El ciudadano salvando al Estado.

Todo lo anterior ha hecho que la digestión de la burbuja haya sido más lenta y dolorosa y que, en ausencia de reformas estructurales claras y definitorias, haya provocado que la tasa de paro llegue a cotas impensables entre los países de la OCDE. Por añaduría, posponer las inevitables reformas solo pospone la recuperación y coloca a España en un delicado umbral donde permanecerá la sombra del impago hasta que las reformas, si son efectivamente de calado, redunden en un mayor potencial de crecimiento de la economía, objetivo último de las mismas, y permitan al gabinete afrontar la necesaria reducción del binomio deuda/déficit, hoy aún descontrolado y ciertamente frágil. España sigue estando en tiempo de descuento y, pese a que existen indicios positivos que invitan al optimismo, estos pueden quedar en papel mojado si no afrontamos con premura la modernización de nuestro régimen político y el fortalecimiento de nuestras instituciones.

Resumen crisis economía española

  Reacción intervencionista Consecuencia Alternativa liberal
(1) Diagnóstico de partida: falta de crecimiento Políticas de estímulo Inflación de activos, deuda, devaluación de salarios Reformas económicas: liberalización de mercados para facilitar el ajuste
(2) Crisis de deuda privada ‘Bail out’ (rescates) Transmisión de la crisis a la deuda soberana Liquidación ordenada entidades no viables.

Reformas y políticas para favorecer el ahorro

(3) Política monetaria Tipos cero

(corto plazo)

 

Nuevas burbujas (bonos, acciones) Estabilización de la masa monetaria y normalización de tipos (2%)
(4) Política monetaria (cont.) Flexibilización cuantitativa

(largo plazo)

Distorsiones de mercados financieros, desigualdad y estancamiento económico Limitación de la oferta monetaria (patrón oro, reglas monetarias)
(5) Bancos centrales Ampliación de atribuciones

Refuerzo modelo centralizado

Más fragilidad del sistema y mayor politización oferta de dinero Limitación de poderes pero refuerzo de la independencia del instituto emisor
(6) Falla de la regulación y supervisión financiera Más regulación (positiva) Dodd-Frank Act. Situaciones de riesgo moral y dilución responsabilidad individual Foco en el sistema de incentivos, refuerzo de la responsabilidad

(bail in)

(7) Política fiscal Aumento gasto público, aumento de la presión fiscal Más deuda, menor actividad económica (se obstaculiza el ajuste)  

Reformas largo plazo para reducir necesidad gasto público

Salida a la crisis “velocidad de escape” vía políticas de estímulo Nuevo escenario de estanflación (inflación de activos) Recapitalización

de la economía

El negocio bancario y la actual crisis

El entorno actual obliga, más que nunca, a comprender las dinámicas que configuran el negocio bancario. La Banca es una industria como cualquier otra pero que presenta algunas particularidades que la hacen genuinamente diferente del resto. En primer lugar, se trata de un sector estrechamente ligado a los poderes públicos. Esta conexión se articula en el privilegio que el Estado concede a la Banca para que esta pueda expandir la masa monetaria, la cantidad de dinero en la economía, mediante la concesión de créditos sin la necesidad de captar ahorro (depósitos) con carácter previo.

Este hecho fundamental hace que los Bancos puedan operar con un fondo de maniobra estructuralmente negativo. Normalmente, las compañías, para mantener su solidez patrimonial financian con deuda a largo plazo (o incluso con fondos propios, esto es capital y reservas) parte de su circulante. De esta forma, pueden garantizar su solvencia y liquidez. En el sector bancario sucede exactamente lo contrario: la banca financia casi todo su activo fijo (p. ej. inversiones crediticias a los clientes a largo plazo) con pasivos a corto (compromisos de pago en el corto plazo). De esta forma, las tensiones que se producen en el Balance entre los cash-flows de entrada y de salida son absolutamente insostenibles (aspecto clave para entender, por ejemplo, la intervención de Bankia y tema sobre el que prometo a mis lectores volver a incidir más adelante).

De esta forma, y como concluyen los académicos y economistas de la Escuela Austriaca – la que más y mejor ha sabido explicar los procesos de crisis y quiebra bancaria –, los bancos tienden a la iliquidez. Esta situación podría ser eventualmente de insolvencia si la venta de los activos, por ejemplo inmuebles que actúan como garantía de hipotecas, se enajenarán a un descuento suficientemente grande como para que este no fuese cubierto con los fondos propios del Banco (incluidas las provisiones genéricas – como es la situación del sistema financiero español en la actualidad). En este caso, el Banco no podría hacer frente a sus obligaciones de pago y quebraría – a no ser claro, que recibiese inyecciones de capital adicionales (de inversores privados dispuestos a sufragar estas pérdidas, o de los poderes públicos: léase rescate de Bankia, por citar el caso más sonado).

El fondo de maniobra de los bancos es negativo: ¿cómo es esto posible? Esto es posible en la medida en que existe un mercado interbancario en el que de forma diaria, los bancos pueden acudir para cubrir sus necesidades diarias de caja y evitar, digamos, la suspensión de pagos. Sin embargo, este mercado interbancario, o club de bancos, esta viciado en origen ya que es el instituto emisor (o Banco Central) el responsable último de que los bancos dispongan de esta liquidez vamos a llamar adicional.

Pero nuevamente vayamos por partes. El Banco Central, por ejemplo el Banco Central Europeo, es el encargado de determinar la oferta monetaria: es decir la cantidad de dinero (medios de pago) necesaria en cada momento dentro de una economía, en este caso la Zona Euro. El Banco Central, para dotar de liquidez al mercado interbancario, presta dinero a los bancos contra sus activos a largo plazo. De esta forma, los recursos disponibles (o excesos de liquidez) que los bancos se intercambian para cubrir sus necesidades diaria de caja no son el resultado de una acumulación de capital de éstos sino de que los bancos centrales monetizan activos que, en teoría, deberían de ser más bien poco líquidos (como podría ser una hipoteca titulizada que tantos problemas han generado a nivel de cuantificación del riesgo se refiere en la presente crisis). Esta operativa del banco central lo que hace es convertir en dinero líquido activos que no tienen porqué serlo.

En la actualidad, el sistema bancario se enfrenta a millonarias pérdidas derivadas de estas inversiones crediticias. La crisis de confianza con nuestra deuda soberana, una de las principales derivadas de nuestra particular crisis, deriva, entre otros elementos sustanciales, en la incertidumbre con respecto a esta estimación. En un inicio estimada en 9.000 M€ (FROB I), luego 15.000 M€, luego 20-22.000 M€. La auditoría que esta llevando a cabo Roland Berger Strategy Consultants y Oliver Wyman podría arrojar una nueva cifra cercana a los 50-55.000 M€… ¿será esta la última?

Estado de la cuestión (resumen)

El presente curso económico ha sido complejo, caracterizado por un cuadro económico recesivo en el que los mercados financieros nos han cerrado el grifo de la financiación limitando, en los meses recientes, más salidas en falso mediante estímulos fiscales alargando innecesariamente el letargo económico. Quiero repasar de forma muy breve los principales asuntos relevantes en el escenario económico mundial y nacional, en particular.

(1) Desequilibrios internacionales y riesgo soberano. Todavía existen riesgos con respecto la estabilidad del sistema económico mundial. Por un lado, China e India siguen acumulando importantes desequilibrios en sus economías. Y por otro lado, un importante número de países, en los que se encuentra España, están en el punto de mira de los inversores internacionales por los desequilibrios en sus finanzas públicas y riesgo soberano. El deterioro de las finanzas públicas ha sido generalizado para casi todos los países de la OCDE, y este endeudamiento aumentará previsiblemente durante el próximo ejercicio (sobretodo mientras la economía no se reactive y vuelva a crear empleo).

(2) Crisis del Euro. Después de una década de funcionamiento correcto de la moneda común, de un tiempo a esta parte han surgido tensiones fruto de la burbuja inmobiliaria, la crisis financiera consiguiente, su efecto sobre el empleo y como consecuencia de esto último, el deterioro de las cuentas públicas y el repunte del riesgo soberano. La crisis fiscal ha afectado aquellos países que arrastran problemas estructurales que afectan a su competitividad dificultando el crecimiento económico en el medio plazo. En este contexto se sitúan los PIIGS: economías altamente endeudadas que arrojan dudas sobre su capacidad de repago de este endeudamiento.

(3) La crisis griega. De entre los PIIGS, sin duda el más mediático, ha sido el caso de Grecia. La economía helena ha emprendido una serie de medidas para cortar la hemorragia del gasto público, falta ver cuanto de creíble resulta el plan. Para algunos analistas, la deuda griega ya ha caído en default y el mercado no se cree ni el plan de reestructuración griego ni los presuntos planes de rescate. Ante un escenario así, que esperemos que no se extienda a otras economías, caben tres alternativas: aumentar el rescate, reestructurar la deuda, o salirse del Euro. Por otro lado, el caso Griego a motivado nuevas reformas en el seno de la Unión: se revisarán los criterios de convergencia y se ampliará el control y la supervisión entre los estados miembros de la unión monetaria.

(4) Crisis económica en España. La mayor amenaza para nuestra economía es quedar condenados a letargo económico (recuperación en “L”), hoy por hoy, el escenario más probable para el próximo curso y, seguramente, el que viene. Durante el ejercicio 2009-2010 se sustituyó el endeudamiento privado por endeudamiento público sin que este hecho estimulase de forma sostenible y clara la economía, de un tiempo a esta parte, el sector público ha empezado su particular plan de austeridad para devolver el control a las cuentas públicas. El coste de este estímulo, ha sido pérdida de confianza y credibilidad en los mercados, y un elevado endeudamiento público que se ha convertido ya en una dificultad añadida para la ansiada recuperación.

La crisis española se presenta en tres aspectos principales: (i) destrucción de empleo y perspectivas de anémico crecimiento económico; (ii) déficit público; y (iii) reestructuración bancaria. La variable clave para invertir la tendencia negativa en estos tres aspectos, y empezar a liberar las tensiones existentes en el sector público y la banca, es recuperar la competitividad. Para esto es necesario un ajuste drástico a la baja de los precios (en especial de salarios), y una liberalización drástica de los mercados.

Para el próximo curso será importante seguir y entender la evolución de los siguientes indicadores, de los que en buena medida, dependerá que la economía se sanea, y podemos reemprender el crecimiento sostenido: (i) endeudamiento del sector privado; (ii) corrección del sector inmobiliario (precio vivienda); (iii) evolución de los costes laborales unitarios (principal síntoma para recuperar la competitividad perdida);  (iv) evolución del déficit por cuenta corriente; (v) tasa de desempleo;  (vi) binomio déficit/deuda público (el gobierno ha emprendido un recorte de 15.000 M€ para reducir el déficit al 3% en 2013); y (vii) tasa de ahorro privado (que se ha disparado del 11% a principios de 2008, hasta el 19% en 2009).

(4b) Reestructuración y recapitalización del sistema financiero. Es necesaria una reforma profunda del sistema financiero para que este vuelva a cumplir su función de catalizador del crédito hacia la economía. Los retos para los bancos y cajas españoles se sintetizan en cuatro grandes aspectos: (i) menor actividad bancaria e hipotecaria; (ii) estrechamiento de los márgenes; (iii) incremento de la morosidad (especialmente preocupante en España que cuenta con una elevada tasa de desempleo); y (iv) riesgo país (y su consiguiente encarecimiento del endeudamiento).

En 2009, después del boom crediticio, el sector bancario registró una contracción del número de créditos concedidos a familias y empresas. El curso que viene será igualmente complicado y el sector se enfrenta a una reestructuración a la baja (algunas estimaciones sitúan el exceso de capacidad en un 30%). Por otra parte, las proyecciones de próximas bajadas en los tipos de interés impactarán de forma negativa sobre los márgenes en tanto en cuanto el tipo de interés tiene un impacto en los activos bancarios. Esta presión en los márgenes se trasladara a las cuentas de resultados de los bancos. En este sentido, se estiman caídas del 20% en los ingresos de Bancos y Cajas.

Otro gran foco de tensiones para el ya frágil sistema financiero, son las elevadas cotas de morosidad, que ya superan en la mayoría de casos el 5%, con caídas igualmente importantes en los ratios de cobertura que han pasado de c. 220% para 2007 al c. 58% en 2009. Finalmente, nuestro sistema financiero también se esta viendo afectado por el repunte de nuestro riesgo país, lo que dificulta sus condiciones de financiación. Este incremento en los costes de financiación ha dado lugar a la llamada “guerra del pasivo” en la que las entidades financieras se han lanzado a la carrera para captar el mayor volumen de ahorro privado posible (financiación minorista mediante ofertas de depósito atractivas).

El FROB tiene como objetivo reestructurar las Cajas de Ahorro para reducir el exceso de capacidad y mejorar la solvencia. Las necesidades de capital son igualmente importantes y es un requisito imprescindible para que el crédito fluya normalmente. Estas necesidades de capital se sitúan en una horquilla entre los 20.000-70.000 M€.

En suma, la economía española necesita de un plan económico integral que incluya estos tres elementos clave, sin los cuáles es imposible que la economía se recupere: (i) Ajuste presupuestario; (ii) Reforma laboral; y (iii) reforma del sector financiero.

(5) Otros asuntos menores:

(5a) Estados Unidos. La Administración Obama ha optado por una respuesta keynesiana a la crisis lo que se ha traducido en un abultado endeudamiento público que esta batiendo récords históricos. Con esta difícil coyuntura, Obama esta afrontando la reforma del sistema financiero (que implica un mayor control sobre las entidades de Wall Street por parte de la Fed), y la reforma del sistema sanitario que a puesto a prueba su popularidad y que podría agravar, aún más, los desequilibrios en las finanzas públicas estadounidenses (de ambas reformas hablaremos el curso que viene).

(5b) Reino Unido. La nueva administración liderada por el tándem Cameron/Clegg ha optado por emprender un plan de austeridad para reequilibrar las finanzas públicas (siguiendo las tesis que ha defendido la cancillera Alemana, Angela Merkel, desde el continente). La economía Británica acumula graves desequilibrios fruto de un elevado apalancamiento (público y privado) y su sector financiero ha estado muy expuesto a la crisis de las subprime. La inyección de credibilidad y confianza que ha supuesto el nuevo gobierno ha supuesto una tregua por parte de los mercados, cabe esperar que Cameron/Clegg sepan administrar esta tregua con inteligencia y devuelvan el equilibrio a las finanzas públicas.

¿Gastar o no gastar? Esa es la cuestión

De un tiempo a esta parte, hemos asistido como en el centro del debate económico se situaba (de nuevo) la idoneidad o no de los diferentes (mal llamados) estímulos fiscales: lo que parecía el remedio a la crisis parece que hoy se haya convertido en parte de la enfermedad. Se trata de un debate académico con importantísimas implicaciones políticas.

Por un lado, la administración Obama – con un estímulo fiscal de 863 billones de dólares –, defiende las políticas de corte keynesiano y de abultado déficit para preveer, sostiene, una recesión aún mayor. Sin embargo, esta postura se ha defendido en días recientes con la boca pequeña. Ben Bernanke, por ejemplo, presidente de la Fed, sostenía que la economía de los EE.UU. necesitaba todavía de un estímulo fiscal, pero que este tenía que venir acompañado de un plan creíble para reducir futuros déficits en el medio plazo. En el otro lado del debate, se sostiene que atajar de forma drástica el déficit público es ahora la gran prioridad para evitar así males mayores en el futuro como subidas adicionales en los tipos de interés o incrementos en la presión fiscal.

Existe una postura híbrida, como la que sostenía Olivier Blanchard hace unas semanas en elEconomista, en donde el dilema que planteamos se resuelve en base a la realidad de cada país. En suma, el FMI esta defendiendo la paulatina corrección de los estímulos fiscales. La velocidad con la que estos estímulos se han de ir retirando dependerá de la credibilidad de cada una de las economías, y el crédito que tengan en los mercados internacionales. En cualquier caso, la corrección del déficit y las reformas estructurales, son dos condiciones sine qua non para la recuperación sólida y sostenida de las diferentes economías como han señalado los principales organismos internacionales.

En Europa, la mayoría de los países con desequilibrios en sus cuentas públicas han emprendido la segunda vía aunque haya sido por motivos diferentes. En el caso de Grecia y España, por citar los dos ejemplos más mediáticos, el recorte del gasto público como prioridad sobre cualquier otro asunto en materia económica ha venido motivado principalmente por la presión de los mercados financieros y organismos internacionales como el FMI. En el caso de Alemania o el Reino Unido, el plan de austeridad por encima de la recuperación en el corto plazo responde a una decisión interna de las administraciones locales: Merkel, firme defensora de la disciplina en las cuentas públicas, y la nueva administración Cameron/Clegg respectivamente. Por añadiría, y a diferencia de su homologo en Estados Unidos, Jean Claude Trichet, presidente del BCE, ha sostenido públicamente que es un error pensar que los planes de austeridad suponen una amenaza para el crecimiento y la creación de empleo.

En esta misma línea, en un artículo reciente, también en elEconomista, el profesor de Harvard Alberto Alesina, defendía estas mismas tesis resumiendo diversos estudios empíricos que muestran como los países que atajan el gasto público crecen (estudio al que esta semana hacía referencia el Wall Street Journal en una de sus editoriales). En su estudio, que incluía 91 planes de estímulo en 21 economías desarrollados entre 1970 y 2007, Alesina concluía que las bajadas impositivas eran más favorables al crecimiento económico que no el aumento del gasto público.

Volvemos al debate económico de los años 30. Por aquel entonces, el economista Británico John Maynard Keynes dominó el debate intelectual con sus propuestas de gasto público, intervención de los mercados y aumento del sector público como vías para salir de la crisis. Sin embargo, como se han demostrado numerosos economistas y la propia evidencia empírica, intentar hacer crecer una economía en base al gasto público es como un hombre con los pies en un cubo tratando de levantarse tirando del asa (Winston Churchill dixit; ver post sobre la Gran Depresión). El debate persiste por los matices: no es lo mismo un ajuste fiscal en época de bonanza que durante una recesión. En efecto, el análisis desvela como el multiplicador keynesiano – este que dice que un euro de gasto público aumenta el crecimiento en ese euro y algo más –, es mayor durante los periodos recesivos. No mucho mayor. Y en cualquier caso, negativo (ver los estudios realizados por Robert Barro en esta materia).

¿Por qué el gasto público dificulta el crecimiento? Porque el gasto público es ineficiente. Porque distorsiona, aún más, el tejido productivo de la economía. Porque aumenta el tamaño del Estado. Porque provoca un efecto expulsión y dificulta la inversión privada, así como disuade al consumo a los agentes económicos que anticipan subidas de impuestos en el futuro. En la actual situación parece que se esta cumpliendo la teoría que hemos expuesto. Cristina Romer, asesora principal de Obama en asuntos económicos pronosticaba en Enero de 2009 que sin el soporte del Gobierno la tasa de paro llegaría al 9% pero que con el estímulo esta se podría contener en el 8%. Hoy la tasa de paro en Estados Unidos se sitúa en el 9,5% con el sobre coste del déficit y el endeudamiento (ver Costes del presunto estímulo y Presunto estímulo).

No deja de ser curioso el hecho de que la misma Cristina Romer, antes de incorporarse a la administración, en un estudio con su marido, el también economista David Romer, para la Universidad de Berkeley, sostenía que los recortes impositivos tenían mayores y mejores efectos sobre la economía mientras que las subidas de impuestos, siempre y en cualquier ocasión, entorpecen el crecimiento económico y la creación de empleo. Por añaduría, Carmen Reinhart, competente economista de la Universidad de Maryland, sostiene que nuevos estímulos fiscales podrían ser aún más contraproducentes en el actual contexto de elevado endeudamiento, al incrementar entre los agentes económicos el descuento de subidas impositivas futuras, como ya esta ocurriendo.

En suma, volvemos al eterno debate sobre el rol del gasto público como remedio a una depresión económica. Sin embargo, lo que puede parecer un “remedio” resulta que no es más que parte de la propia enfermedad. El gasto público, y como hemos experimentado con toda su crudeza en el caso de España, sólo sirve de bálsamo pasajero, que distorsiona aún más las economías afectadas por una burbuja y debilita las finanzas públicas de la nación con las implicaciones que esto conlleva a nivel de credibilidad y confianza del Gobierno y sus derivadas con el riesgo país que hemos tratado en esta misma tribuna con anterioridad. Es hora de disciplinar el gasto con urgencia, al tiempo que emprendemos reformas liberalizadoras en los mercados que ayuden de forma efectiva a que la economía se regenere y pueda reprender la senda del crecimiento sobre bases sólidas.

El coste de la reordenación bancaria

Nuestro sistema financiero históricamente ha mantenido los principios de banca tradicional de una manera más intensa lo que se ha traducido en una mayor resistencia de nuestros bancos y cajas a los avatares financieros de 2008-09. Las llamadas provisiones genéricas, un modelo de banca tradicional, y una mayor eficiencia relativa de nuestras instituciones crediticias nos dieron un margen de maniobra considerable en los momentos más complicados de la crisis financiera mundial. Sin embargo, este margen ha sido desaprovechado por nuestras autoridades que han desperdiciado el último año para desplegar una estrategia coherente de reordenamiento y saneamiento del sistema.

Por partes. Pese a lo que se ha dicho desde algunos medios, España no ha sido inmune a la acumulación de activos tóxicos, es decir ilíquidos, en los balances de los distintos bancos y cajas. En efecto, que un activo sea tóxico o no atiende al crédito consecuente y no al método de generación antecedente. En este sentido, en la medida en que en los balances de las entidades de crédito nacionales existen inversiones sobrevaloradas adquiridas mediante apalancamiento tenemos activos tóxicos en el sistema.

Una de las estrategias que se han barajado para el saneamiento del sistema financiero, paso ineludible para que el flujo de crédito vuelva a funcionar normalmente, ha sido la creación de un “banco malo”. Este “banco malo” estaría configurado por el sobre valor de estos activos con su consiguiente endeudamiento en su pasivo. Dicho de otro modo, el balance de este banco nos daría una idea aproximada del coste del agujero negro (activos que valen menos que la deuda con la que fueron financiados) de nuestro sistema financiero que estaría colapsado (situación de default) sino fuese por las fuertes medidas de liquidez impuestas por el BCE.

¿Cómo hemos llegado a esta complicada tesitura? El primero de los puntos clave a tener en cuenta, es que durante el último lustro hemos vivido un periodo de fuerte apalancamiento. Miremos las cifras. En base a datos del Banco de España, la consultora Freemarket presidida por Lorenzo Bernaldo de Quirós, ha calculado el ratio de saldo vivo de crédito bancario sobre el PIB: este ha pasado del 112% en 2004 hasta el 171% a finales de 2008. Este crecimiento exponencial muestra de forma fehaciente la borrachera de crédito vivida en los últimos años. Del mismo modo, se refuerza el argumento anterior al observar la evolución del crecimiento del crédito bancario con respecto el crecimiento del PIB nominal: pasamos del 11,7% en 2001, al 27,17% en 2005 en el apogeo del proceso de expansión crediticia.

En base a estos indicadores, vemos como a partir del estadillo de la burbuja, a mediados de 2007, el crédito empieza su particular contracción. Este es el momento en el que empieza el paulatino proceso de desapalancamiento que no se puede realizar a cabo de manera ordenada porque la menor disponibilidad de crédito desploma el precio de los activos financieros e inmobiliarios de manera caótica. Estamos ante los inicios de la recesión económica en la que todavía hoy estamos inmersos.

Ante este panorama el escenario más deseable hubiese sido una liberalización de los mercados y una decidida estrategia del Banco de España que hubiese tenido por objetivo la recapitalización de las entidades solventes: discriminando el trigo de la paja. Al mismo tiempo, se tendrían que haber dejado aflorado las minusvalías en los balances de las entidades financieras que hubiesen permitido identificar las entidades mejor y peor situadas ante la crisis. Por último, ante la burbuja de precios en el sector inmobiliario, lo deseable aunque doloroso, hubiese sido dejar ajustar los precios a la baja para que el mercado se reactivase de forma natural y espontánea aflorando las pérdidas de forma rápida. Esto a su vez, hubiese generado la base necesaria para volver a generar crecimiento sostenible en la economía (el que no se basa en estímulos crediticios o fiscales).

Por el contrario, estos dos años, se ha optado por una estrategia de “extend and pretend”, que dice mi buen amigo Antonio Gurrea, en la que la mayoría de bancos y cajas han ido posponiendo el ajuste a la baja de sus balances alargando el doloroso proceso de ajuste. El gobierno, por su parte, ha generado una gran incertidumbre regulatoria con respecto a las decisiones a tomar y el calendario para implementarlas, y conjuntamente con los planes de gasto público han contribuido a un ajuste agónico pero imparable de nuestra economía, que a la postre, únicamente ha servido para retrasar lo inevitable aumentando el coste de la solución para el contribuyente.

Una vez aceptada la hipótesis básica de exceso de valoración de activos financiados con un exceso de crédito bancario, cabe preguntarse cual es la magnitud de la catástrofe. Cómo vuelve a señalar Lorenzo Bernaldo de Quirós, esta cuantificación resulta fundamental para poder abordar con garantías de éxito un plan de saneamiento que efectivamente recapitalice las entidades de crédito para que estas puedan cumplir con su función fundamental de canalizar el crédito. En otras palabras, es necesario estimar el tamaño del balance de este “banco malo”.

El 90% de las pérdidas de las entidades crediticias se concentra en el importe de la rúbrica “Créditos a otros Sectores Residentes” (OSR). En base a estimaciones de probabilidad de impago y severidad de la pérdida (esto son pérdidas adicionales por la gestión de impagados derivados del impago de un crédito), la consultora Freemarket estima en 200.962 millones de euros la perdida final que arroja la cartera de préstamos y créditos concedidos a residentes en España, incluyendo tanto a familias y empresas. Este montante es el tamaño de nuestro particular “banco malo”, y el coste estimado de sanear el sistema financiero español (del que una parte muy importante recaerá sobre los hombros del contribuyente).

Las necesidades de la economía española

En la actualidad, España se enfrenta a un cuadro económico que acumula graves desequilibrios fruto de la etapa expansiva, y la falta de reformas económicas en el pasado. A saber: (1) una excesiva concentración de recursos en el sector inmobiliario; (2) un elevado endeudamiento de empresas y familias; (3) y unos riesgos potenciales para la competitividad como consecuencia de una década de aumentos de costes y precios superiores a los de la Unión Monetaria. Estos graves desequilibrios amenazan el potencial de crecimiento futuro de la economía y ponen en entredicho la recuperación si no son atajados con valentía y determinación por parte del gobierno con el soporte mayoritario de las fuerzas políticas.

Además de estos tres desequilibrios principales, la economía española acumula dos desequilibrios adicionales que a día de hoy debieran ser las dos grandes prioridades en materia de política económica: (4) un rápido deterioro de las cuentas públicas. Traducido en una aumento exponencial del binomio déficit/deuda con los riesgos globales para la economía que ello supone, y  (5) el intenso aumento del desempleo. En primer lugar, el crecimiento acelerado del binomio déficit/deuda puede provocar subidas de tipo de interés para compensar una subida del riesgo si dicho endeudamiento no va acompañado de toda una serie de reformas estructurales que permitan reactivar la economía poniendo en entredicho la solvencia del país. Además, dicho aumento del endeudamiento dificulta, aún más, el acceso al crédito del tejido productivo, ya que es el sector público el que monopoliza la captación de fondos.

En segundo lugar, la desproporcionada evolución de nuestra tasa de desempleo durante la fase contractiva del ciclo ha puesto de manifiesto las deficiencias institucionales de nuestra economía, especialmente en el mercado de trabajo, que además tienen un grave impacto sobre nuestro tejido empresarial, principal activo para nuestra recuperación. Esta desproporcionada tasa de paro supone un obstáculo adicional para el ajuste de las finanzas públicas, el saneamiento y reestructuración de las instituciones financieras y, en definitiva, para la recuperación del crecimiento en una especie de círculo vicioso del que sólo saldremos con una profunda reforma de nuestro mercado laboral.

Con este cuadro macroeconómico resulta imprescindible un liderazgo político fuerte capaz de enderezar el rumbo del barco ahora en aguas turbulentas. En este sentido, alcanzar el mayor consenso posible entre los principales partidos y agentes sociales puede resultar un factor facilitador añadido, aunque no sea imprescindible. Resulta apremiante un plan de consolidación fiscal que corte la hemorragia de gasto público. Es importante que la reducción del gasto público incluya partidas estructurales, reducción del tamaño de las administraciones (otro sector sobredimensionado durante la etapa expansiva), y de las grandes partidas que sustentan el Estado del Bienestar. Todos tendremos que hacer sacrificios en el ajuste, pero estos son inevitables si queremos depurar los excesos del pasado y reemprender cuanto antes la senda del crecimiento sostenido, así como mantener la viabilidad del sistema en su conjunto.

En paralelo al plan de consolidación fiscal, y como ya hemos apuntado, resulta igualmente apremiante el empezar el abanico de reformas que puedan contribuir a detener la destrucción de empleo y tejido empresarial y que permitan la reabsorción por el mercado laboral del elevado número de parados que acumula nuestra economía. Entre otras, una reforma laboral con dos elementos fundamentales. Por un lado, la descentralización de la negociación colectiva, que permitiría una mayor flexibilidad del ajuste entre empresa y trabajadores que no dañase la competitividad futura de la compañía y asegurase su viabilidad. En efecto, con carácter general, los convenios colectivos de ámbito sectorial han venido fijando incrementos salariales más elevados que los establecidos en el ámbito individual para cada empresa, por lo que el tejido empresarial ha estado sometido a una mayor presión en sus costes, con la correspondiente pérdida de competitividad en los últimos años, reflejada entre otros indicadores, en nuestro abultado déficit comercial.

Por otro lado, resulta igualmente importante flexibilizar el mercado laboral incluyendo nuevas modalidades contractuales que no disuadan la contratación. En efecto, la falta de flexibilidad a la hora de fijar una parte nuclear de las condiciones laborales debido a nuestro actual modelo de negociación colectiva hace que muchas compañías se vean obligadas a recurrir al contrato temporal de forma masiva. En suma, se ha de facilitar una mayor capacidad de organización interna e introducir modalidades de contratación permanentes que se ajusten mejor a la realidad de cada compañía.

Por último, es necesaria una simplificación de la normativa existente, sobre todo en el ámbito laboral y fiscal que tanto impacto tiene sobre nuestras empresas. Reducir los costes de transacción para facilitar la creación y materialización de empresas. En la actualidad, el entorno administrativo resulta una carga adicional para las empresas. No sólo se trata de regular menos, si no mejor. La disminución de las cargas administrativas a las empresas y la eliminación de la superposición de normas estatales y autonómicas resultan esenciales para mejorar la competitividad de las PYMES, que configuran el grueso de nuestro tejido empresarial. Como también lo son la mejora de la competencia y reformas liberalizadoras que permitan un rápido ajuste y corrección de los excesos del pasado.

En conclusión, España se enfrenta a una importante crisis de modelo económico con independencia de la crisis financiera mundial que atraviesa la economía. Es por eso que resulta esencial un paquete sólido de reformas estructurales encaminadas a liberalizar la economía y permitir el necesario ajuste y saneamiento de nuestro tejido productivo para que este pueda recuperar la competitividad y volver a crecer sobre una base sólida. Por añaduría, estas reformas resultan también indispensables para corregir las tensiones existentes en nuestro sistema bancario, y corregir los graves desequilibrios de nuestras cuentas públicas.

El principio del fin

La semana pasada tuvimos la primera buena noticia en materia de política económica desde que empezó la crisis hace más de 1.000 días. El ejecutivo socialista anunciaba una serie de medidas, principalmente en partidas de gasto social, para reducir el abultado déficit del Estado que se cierne como una gran losa sobre nuestro crecimiento futuro. Sin entrar a valorar cuestiones de fondo, se trata de una medida tremendamente positiva para nuestra economía que emprende así, por fin, el camino de salida al difícil cuadro macroeconómico al que nos enfrentamos.

Si bien es cierto que el abultado déficit era el resultado de las funestas políticas llevadas a cabo por el gobierno, y que de forma sistemática se han venido denunciando desde esta tribuna, la decisión de recortar el gasto público ha sido una decisión valiente y tremendamente positiva. Ahora esta por ver que estas medidas tengan continuidad y que incluyan medidas que no sólo corten la hemorragia del gasto, sino que también reactiven la economía: aspecto ineludible si se quieren llevar a cabo los objetivos de contención fiscal fijados por Bruselas para 2013.

Política económica en dos vertientes. En primer lugar, el plan emprendido por el gobierno tiene que incluir no sólo dolorosos, pero necesarios, recortes en gasto social, sino que también dicho plan debe de reducir el tamaño de las Administraciones Públicas para mejorar su eficiencia. Por último, también seria necesario completar dichas medidas con recortes en otras partidas presupuestarias referentes a subvenciones y subsidios varios, o gastos superfluos. En época de crisis no es momento para lujos inecesarios: el “back to basics” también aplica al sector público.

En segundo lugar, siguen resultando imprescindibles reformas que nos permitan aligerar las cargas de gasto social (subsidios de desempleo), y reactivar la economía, lo que permitiría volver a generar ingresos fiscales, y por añaduría liberar tensiones en el sector financiero (reducción tasas de morosidad, incremento demanda de vivienda, etc…). Para que todo lo anterior se cumpla necesitamos líderes valientes que sepan tomar el pulso a la situación y acometer las difíciles reformas que la economía necesita en una coyuntura en donde el tiempo apremia.

Como ya hemos afirmado en alguna otra ocasión, la propia catarsis del mercado y su ajuste a la baja, es ya una parte consustancial de la propia recuperación. Depurando malas inversiones y reorientando los recursos de nuevo aquellos sectores efectivamente productivos, es decir demandados en el mercado de forma libre, estamos generando la base sólida necesaria para generar de nuevo crecimiento económico sostenido en el futuro.