Las relaciones España-EEUU: una mirada de futuro

Artículo aparecido en la Revista ICE nº 884 (Mayo – Junio 2015).

Palabras clave: exportaciones, inversión, estrategia, TTIP, internacionalización. Clasificación JEL: F13, F21, L1.

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Una nueva asociación atlántica (por José M de Areilza Carvajal, ABC)

Jean Monnet, el europeo con más destreza en idear planes para sacar a Europa de sus parálisis, estaría hoy volcado en un solo expediente: la negociación del acuerdo transatlántico de comercio e inversiones. Vería en este tratado la oportunidad de frenar el ensimismamiento de la política en nuestro continente y de avanzar hacia una alianza permanente entre una Europa unida y Estados Unidos, uno de los proyectos a los que dedicó buena parte de su vida y que nunca llegó a ver la luz. Monnet comenzó su andadura política con veintiséis años. En la primera guerra mundial y sin más credenciales que su experiencia internacional en el comercio de cognac, identificó la necesidad de integrar el transporte y la logística entre los ejércitos de Francia y el Reino Unido. En la década de los cincuenta, su mejor etapa vital, lideró la creación de las Comunidades Europeas. Pero no consiguió la puesta en pie de la denominada Asociación Atlántica, por más que trabajó con las administraciones Truman, Eisenhower y Kennedy para darle forma, utilizando su enorme influencia en Estados Unidos. Ninguna otra personalidad europea ha tenido mejores relaciones en el corazón de la superpotencia. Henry Kissinger cuenta en sus memorias que “Monnet tenía la capacidad de cautivar a los líderes de EEUU para que viesen en mundo desde su perspectiva única”. Tras trabajar a fondo con sus amigos Dean Acheson, John Foster Dulles, George Ball y John Mc Cloy, y los discípulos de estos gigantes de la guerra fría en el “brain trust” en la Casa Blanca, Monnet pudo ver cómo John Kennedy proclamaba el 4 de julio de 1962 en su discurso en el Independence Hall de Filadelfia el objetivo de una Asociación Atlántica, “un gran diseño” para reforzar los lazos políticos, económicos y de defensa. Pero el asesinato del joven presidente, la oposición de Charles De Gaulle y la guerra de Vietnam truncaron este sueño atlántico.

En nuestro tiempo, cuando la relación entre ambas orillas atraviesa cambios de gran envergadura, la idea de Asociación Atlántica sigue siendo tan acertada como necesaria, adaptada al contexto actual. Estados Unidos y Europa comparten valores e intereses pero no tienen una estrategia común global, definida y estructurada, a la hora de defenderlos y proyectarlos en un mundo que se transforma aceleradamente. Es fácil resignarse y justificar esta falta de entendimiento por las diferencias de poder. También es sencillo escudarse en la complicada situación política a cada una de las orillas del Atlántico. Europa es un espacio envejecido, todavía con enorme talento y un modo de vida envidiable, que con frecuencia opta por la parálisis frente a la reinvención. Muchos europeos tienen una actitud defensiva ante las presiones del mercado global, en vez de atender a las oportunidades y los retos de la integración económica mundial. A la salida de la crisis del euro, la política no se ha renovado de modo suficiente para que surja un nuevo europeísmo y se constituya como un ideal colectivo capaz de atraer y movilizar. Las nuevas reglas de la moneda común exigen que los gobiernos nacionales cumplan con obligaciones muy exigentes. A cambio, en no pocos países, los partidos de la oposición flirtean con el populismo y piden lo imposible. El caso griego es el más grave porque el gobierno anima al país a la autodestrucción. La voz de Europa en el mundo se escucha en algunos ámbitos como el comercio, pero está ausente en temas tan fundamentales como la seguridad y la defensa, un ámbito en el que dependemos en último término de Estados Unidos, que financia tres cuartas partes del presupuesto de la OTAN, la institución atlántica por excelencia. La mayoría europea abraza un credo pacifista que niega la realidad internacional, beneficiándose , eso sí, de las capacidades militares norteamericanas.

Estados Unidos, por su parte, se deja llevar más que antes por el péndulo del aislacionismo. Al tiempo que se bate en franca retirada del Oriente Medio que le concierne a Europa, reorienta su atención hacia Asia. Hay también no pocos ciudadanos norteamericanos descontentos con su sistema político, desde la excesiva polarización ideológica a la influencia desmesurada del dinero en las campañas, tanto en la selección de candidatos como de programas. En el plano internacional, Barack Obama ha practicado una política exterior realista, reacia a inspirarse en grandes visiones y más acorde con los deseos de sus votantes, escaldados tras las guerras de Irak y Afganistán. La tendencia de su administración a “liderar desde detrás”, acentuada por la revolución energética que tanto beneficia al país, ha expuesto todavía más las carencias europeas en seguridad y defensa.

Desde hace dos años, Estados Unidos y la Unión Europea preparan un acuerdo de libre comercio e inversión que merece ser entendido como la ocasión de volver a pensar esta relación en el tablero de la geopolítica. Las distorsiones y falsedades que se han difundido sobre la negociación en curso llenarían muchas páginas. Por fortuna, en Washington el poder legislativo parece capaz de salvar las resistencias de la izquierda demócrata y conceder a la Casa Blanca la autoridad necesaria para negociar con agilidad dicho pacto. Pero si la UE no lo quiere a fondo, Estados Unidos no lo necesita tanto y se puede conformar con llevar a buen puerto otro gran acuerdo de comercio con once países del Pacífico. La tracción por una vez debe venir del polo europeo, para enlazar con fuerza política y visión del mundo de mañana dos orillas cuyas masas continentales derivan en sentido contrario.

En la Unión, los argumentos miopes de los defensores del proteccionismo o las consignas vetustas de los anti-sistema no deberían distraer a los gobiernos y a las instituciones comunitarias del objetivo principal. Se trata de conseguir, a través de un acuerdo equilibrado, un estímulo económico de gran envergadura, sin recurrir al endeudamiento o al gasto público, mediante la convergencia regulatoria, la apertura de la contratación pública y la eliminación de barreras. El refuerzo por esta vía de la interdependencia del espacio económico más integrado del mundo permitiría avanzar hacia una Asociación Atlántica. Una comunidad occidental, capaz de compartir políticas, poner en marcha acciones comunes en relación a China o Rusia y enfrentar los grandes desafíos de la ciberseguridad, la energía o el terrorismo yihadista. Sería una vuelta a la poderosa inspiración de Jean Monnet y, de paso, nos evitaría tener que explicar un día a nuestros hijos por qué Europa desaprovechó alrededor de 2015 la mejor oportunidad que tuvo de refundar su alianza estratégica con Estados Unidos.

La democràcia a Amèrica (Tocqueville)

En Estados Unidos, en cuanto un ciudadano tiene alguna cultura [formación/estudios] y algunos recursos, busca enriquecerse con el comercio y la industria o bien compra un campo cubierto de bosque y se hace pionero [emprendedor, en aquel entonces ampliar los horizontes del país]. Todo lo que le pide al Estado es que no vaya a perturbarle en sus labores [pocos impuestos y eliminación de regulaciones innecesarias] y que le asegure su fruto [garantía del imperio de la ley, la propiedad privada y el cumplimiento de los contratos]. En la mayor parte de los pueblos europeos, cuando un hombre comienza a sentir sus fuerzas y a extender sus deseos, la primera idea que ocurre es obtener un empleo público.

Alexis De Tocqueville, La democracia en América

Aquest any es compleixen 180 anys que es va publicar (concretament al gener de 1835) el primer dels dos volums que configurarien la obra magna del pensador liberal francès Alexis de Tocqueville, avui convertit en un clàssic de la ciència política, la economia i la filosofia de tots els temps. El que li dona el seu caràcter universal i intemporal és que el pensador francès en aquesta obra, sobretot, tracta la tensió existent entre llibertat i igualtat, tema tant vigent en els nostres dies.

El llibre esta escrit en un to culte però didàctic i de fet l’obra és difícil de categoritzar en una ciència social per què en tracta moltes: política, filosofia, sociologia o economia. L’obra té dos elements addicionals que marquen el defineixen com un gran llibre: el fet de que Tocqueville tracti el tema amb una realitat palpable –no només elucubracions teòriques – sinó que aquestes són resultat de la observació; i, segon, el propi caràcter capacitat del autor. Tocqueville és un liberal, aristòcrata normand del entorn rural francès, que sobreviurà –quasi de casualitat– al terror de la Revolució. Altres familiars seus no tindran tanta sort. La tràgica sort de la seva família i la seva bona educació el van vacunar de qualsevol dogmatisme ideològic i el va dotar d’un gran pragmatisme que transpira en totes les seves obres. Tocqueville rebrà una formació privilegiada de diferents preceptors en historia, filosofia, i, especialment, jurisprudència el que li permetrà accedir a una plaça de suplent als tribunals de Versalles amb només 22 anys.

La democràcia en Americà és el resultat d’un viatge de nou mesos que farà Tocqueville (de 25 anys) amb el seu bon amic Gustave de Beaumont (llavors 28), fiscal a Paris, que començarà a l’abril de 1831 a Newport i fins al gener de l’any següent que tornarà a França des de Nova York. De fet serà el feliç resultat no intencionat ja que l’objectiu inicial d’aquest llarg i complert periple era fer un informe dedicat a la reforma del sistema penitenciari francès. Informe que també és va publicar, amb gran èxit i que avui també constitueix una obra clarivident sobre un temps i una època. Durant aquest nou mesos, Tocqueville i Beaumont no van parar i es van entrevistar amb advocats, jutges, fiscals, funcionaris i polítics en 17 dels 24 estats que llavors formaven la Unió. També van visitar les presons i, fins hi tot, van entrevistar-se amb molts presos. Aviat però, Tocqueville es va fascinar del dinamisme social americà del que va voler entendre les seves causes i les seves virtuts. D’alguna manera, Tocqueville ven aviat va intuir moltes de les virtuts que, amb el temps, hem associat al sistema polític americà que, amb les seves imperfeccions, ha permès als Estats Units ser la primera potencia econòmica del món i el principal baluard de les llibertats individuals.

Aquest interès per el país el va portar a entrevistar-se amb prohoms de la societat, empresaris, banquers i també el fet de ser rebut a Washington per el propi president del Estats Units, aleshores Andrew Jackson, i també va poder entrevistar-se en un cèlebre sopar amb el president anterior, i fill d’un dels pares fundadors de la pàtria, John Quincy Adams. David Livingston, secretari d’estat amb Jackson, li va proporcionar abundant documentació sobre la política exterior de la encara jove república. Una de les primeres coses que destaca Tocqueville d’Amèrica és el dinamisme social i cívic dels americans que els hi porta ha associar-se per els interessos més diversos de manera espontània i sense la intervenció arbitraria dels poders públics. A Europa, en canvi, els ciutadans cada cop més esperaven del Estat que els hi resolgués els problemes el que molts cops implicava entrar en conflicte i donar tracte de favor per part del Estat a uns grups per sobre dels altres. La conflictivitat social que ha sorgit d’aquest esquema era només una qüestió de temps i de intensitat.

 

viatje tocqueville

Recorregut de Tocqueville i Beaumont (Newport, abril 1831- Nova York, gener 1832).

En resum, el dibuix que fa Tocqueville d’Amèrica és una societat en constant canvi, dinàmica, on la responsabilitat individual té un pes molt més fort que la col·lectiva. L’home té fe en si mateix i busca per els seus propis mitjans la consecució de la llibertat. Aquesta idea resumeix exactament que ha estat Amèrica per molts americans des de la seva fundació. Tot això té un efecte molt positiu sobre la economia que es beneficia del treball desinteressat de cada un dels individus. Tocqueville encerta de ple quan projecti un escenari on Estats Units es convertirà en una gran potencia del món i conclou que acabarà enfrontant-se amb Rússia, un altre gegant expansionista.

En definitiva, és tracta d’un llibre de gran clarividència i que conté valuosíssimes reflexions sobre la naturalesa de les institucions polítiques i la pròpia naturalesa humana. D’alguna manera, Tocqueville és a la ciència política moderna el que Adam Smith ho és a la economia.

Balance presidente Obama (parte 2)

El Balance en clave doméstica de Obama también arroja serias dudas y, en opinión de este analista, ha sido bien decepcionante y ha demostrado el muy poco criterio económico del inquilino de la Casa Blanca pese a que esta probablemente sea una idea contraria a la visión de la mayoría en nuestro país. La economía de Estados Unidos se recupera, parece que se recupere, pero lo cierto es que esta recuperación se sustenta sobre un gigantesco estímulo monetario, histórico, que ha distorsionado de forma muy notable la estructura económica, ha aumentado las diferencias entre los americanos con patrimonio y los que no (entre los que tienen formación financiera y los que no); al tiempo que ha dificultado la acumulación de capital y el ahorro entre los más jóvenes y, finalmente, ha arrastrado a otros países a optar por una salida a la crisis similar al camino tomado por América. En resumen, durante estos últimos siete años, y al igual que ha sucedido en los países de la periferia Europea, no se ha hecho frente a la crisis sino que se ha pospuesto a generaciones venideras vía deuda primero, expansión monetaria después.

Esta expansión monetaria sirve para cubrir los agujeros negros -es la manera más efectiva de mutualizar pecados- de una banca irresponsable que opera como si de un casino se tratase porque es consciente que la Reserva Federal acudirá al rescate cuando las cosas vayan mal -por qué no tiene otro remedio con el paradigma de dinero fiduciario que nos hemos dado entre todos-. Es cierto que la tasa de paro de Estados Unidos se ha ido reduciendo de manera paulatina, pero igualmente cierto es que estas estadísticas están fuertemente retorcidas para enmascarar una realidad mucho más alarmante. Basta ver cómo ha caído de manera dramática la población ocupada y como las jornadas de los trabajos cada vez son mucho menores (algunos contratos no llegan a la media jornada) para inferir que la tasa real de paro en América es mucho mayor. Un dato: hace 7 años el número de americanos en paro o con un empleo precario (jornada reducida) era de 13,5 millones; hoy son 16,9 millones.

Y esto, insisto, con la mayor expansión monetaria de la historia en donde la Fed ha multiplicado su balance por tres. Quizás, en parte, también esto ha sido así debido a la incapacidad de la administración de Obama de acertar las causas reales de la crisis y actuar en consecuencia. En efecto, la capacidad reformadora de Barack Obama ha sido cero. De todo lo anterior se puede decir que Obama no es el responsable (o único responsable), pero sí que podemos criticar su ausencia de liderazgo responsable y consciente en favor de reformas que fortaleciesen el sistema haciéndolo más justo (propiedad, imperio de la ley e impuestos bajos). En este sentido, Obama ha sido un Presidente que ha demostrado tener un muy pobre criterio económico, rivalizando casi (quizás me paso) con el Presidente Zapatero que tan caro nos ha salido a todos los españoles con independencia del color político.

“Last but not least”, y derivado de lo anterior, está el balance social cuya principal iniciativa, y también la más polémica, ha sido el Obamacare. De entrada, hay que desconfiar de cualquier ley con nombre de político. Siempre. En resumen, el Obamacare es una intervención positivista “top-down” en el ya distorsionado mercado sanitario americano que, lejos de solucionar el problema para la cual fue pensada -mejorar e incrementar la cobertura sanitaria de los americanos-, rema en la dirección contraria debilitando el conjunto de la economía americana y por expensión también su sistema de salud. Europa y Estados Unidos han afrontado de diferente manera el espinoso tema de garantizar un sistema sanitario  universal. Importante subrayar la palabra universal que muchas veces se confunde con gratis. No hay nada gratis, si pueden existir bienes de acceso universal. El debate ha de girar en de qué manera organizamos el sistema para que la gente que, debido  a las circunstancias, no puede costear un seguro médico sin que esto implique favorecer una sociedad irresponsable que, a la larga, haga que todos necesiten de esta ayuda. Como siempre sucede, tan importante resulta el debate sobre el reparto de la riqueza, como el debate sobre como esta se crea: la mejor política social es la que no se necesita. Por el contrario, la peor política social es aquella que imposibilita la resolución del problema sino que incentiva el parasitismo. Remar en dirección contraria es lo que hemos favorecido los europeos durante las dos últimas décadas en donde los sistemas de bienestar gratuitos han acabado incentivando a que la gente los necesite y no sea capaz de vivir sin ellos. El error fundamental, ha sido confundir universalidad con monopolio estatal (cuando sabemos que, económicamente, los monopolios son altamente costosos).

Huelga decir que un servidor no cuestiona en absoluto los principios de universalidad de la sanidad y la educación, dos ideales del liberalismo burgués y su defensa por la igualdad de oportunidades (que no de resultados). Sin embargo, como decía, no hay que confundir que una cosa tenga que ser universal con que tenga que ser pública; y conviene no confundir lo público con gratis. Obvio, pero conviene recordarlo: nada es gratis; la cuestión clave es ver cómo hacemos un sistema que además de universal sea sostenible, eficiente, innovador, y justo. Todas estas palabras por desgracia siempre quedan fuera del debate que básicamente oscila entre lo público o el anatema. En suma, la clave esta en ayudar a quién lo necesita pero sin fomentar que todo el mundo lo acabe necesitando (es decir, sin incentivar la irresponsabilidad colectiva y el abuso como sucede hoy). La evidencia empírica nos muestra como colectivizar los bienes –línea en la que incide la para mi nefasta propuesta de Obama– provoca un encarecimiento en el coste del servicio, bloquea la innovación (al convertir a médicos y enfermeros en funcionarios), incentivando el abuso de recursos, la corrupción y el despilfarro. Básicamente porqué cuando colectivizamos un bien se imposibilita el cálculo económico (sovietizamos la economía) y todos salimos perdiendo como demostraron hace cinco décadas Mises y Hayek. Lo público acaba saliendo tremendamente caro y genera disfuncionalidades crónicas que lo hacen insostenible por favorecer, como señalaba, una estadio de irresponsabilidad e insolidaridad colectiva.

Repito: la universalidad de la sanidad (o la educación) es un principio rector de un orden social liberal, el problema es cómo logramos esta universalidad sin quebrar, financiera y moralmente, en el intento. En efecto, la intervención pública por definición distorsiona el funcionamiento de los mercados generando incentivos para los abusos y la corrupción con el consiguiente sobre coste en términos de pérdida de eficiencia e innovación. Por eso estas tienen que estar limitadas al mínimo imprescindible. Estos tres problemas afectan en mayor o menor medida los sistemas sanitarios a ambos lados del Atlántico y su solución dista mucho de ser simple y mucho menos de poder ser impuesta con un enfoque “top-down” discrecional por parte del gobernante de turno, como ha hecho Obama con el Obamacare demostrando muy poco criterio en cuestiones económicas.

Basta plantear el problema en su reducción al absurdo para poner las cosas en perspectiva. Pensemos: si las soluciones fueran así de fáciles ¿por qué aún tenemos problemas en nuestras sociedades modernas? Efectivamente, nada es gratis, todo tienen costes y cualquier ley positivista impuesta en un colectivo corrige disfuncionalidades creando otras. El plan sanitario de Obama simplemente ha consistido en otorgar un subsidio a las personas que todavía hoy no tenían seguro médico sin atender a las razones que subyacen a esta decisión. Es decir, pretender corregir el síntoma sin atender a las causas. La iniciativa del Presidente Obama es vistosa, fácil de vender y con resultados visibles rápidos y sencillos de comprender entre el gran público, pero no soluciona el teórico problema de personas que por diferentes circunstancias no pueden hacer frente a un seguro médico. Si se me permite la caricatura, Obamacare es a la sanidad lo que las propuestas de Ada Colau son a los desahucios. Algo de pan para hoy, hambre para mañana.

Desde el lanzamiento de Obamacare, por la que el Gobierno Federal paga una parte substancial del seguro médico aquellos que todavía no tenían uno, el número de americanos sin seguro médico se ha reducido de manera notable. La campaña para beneficiarse de esta ayuda se intensifico en Marzo con la participación activa del “mass media liberal” de Estados Unidos que tanto apoyado a Obama durante sus dos mandatos. Sin embargo, ¿ha servido esta medida para corregir las disfuncionalidades del sistema y que encarecen, muchas veces, innecesariamente las pólizas de seguro médico imposibilitando a algunos de contratar una póliza? La respuesta es no.

Haría falta un artículo igual de largo que este para explicar los costes que una política de “café para todos” como el Obamacare y cuya principal consecuencia es primero, no corregir los principales problemas del actual sistema en donde muchas de las normativas existentes han generado perniciosas y crónicas disfuncionalidades para proteger a ciertos lobbies (médicos y compañías); y, segundo, generaliza una solución costosa que hipoteca aún más el ya debilitado presupuesto de la nación y que seguramente acabe conllevando una subida impositiva que acabe por encarecer, aún más, el esfuerzo financiero que han de realizar los americanos a la hora de sufragar sus gastos sanitarios. Veremos.

En cualquier caso las perspectivas no son halagüeñas, especialmente y como pasa siempre, para los que menos tienen.

Estos son solo algunos elementos fruto de un análisis somero a los que han sido las principales líneas de acción y trabajo del Presidente Obama y cuyo balance, de nuevo desde la perspectiva de este humilde observador, me parece pobre y decepcionante y que deja a Estados Unidos en una posición mucho más frágil que cuando tomo posesión pese a la visión tan tremendamente positiva que se nos suele vender a menudo.

Balance presidencia Obama (parte 1)

Con el ocaso de la presidencia de Obama se abre un periodo propicio para la reflexión y el balance de sus años en la Casa Blanca. La opinión popular en Europa -especialmente en España- es muy positiva. Esta opinión muchas veces se sustenta más en la estética y la retórica que no resultado de una evaluación sobre hechos concretos. Obama ha sido un presidente con unas dotes comunicativas fuera de lo corriente y con un márquetin político detrás que ha marcado escuela. Sin embargo, en mi opinión, los años de Obama dejan a Estados Unidos en una posición más frágil y débil que cuando tomo posesión arrojando un balance muy decepcionante tanto en clave doméstica como exterior.

Los años de Bush fueron, en general malos, sobre todo en economía donde el Republicano pecó de keynesiano, proteccionista y corporativista. Con todo, seguramente con el paso de los años, el balance de Bush oscilé hacia posturas más amables. El segundo presidente de la saga Bush tuvo que hacer frente al mayor ataque sufrido por Estados Unidos en toda su historia y que, por la cobertura e impacto mediático, supuso un verdadero shock sobre la nación nunca vivido antes. El 11S marcaba de forma brusca el inicio del tercer milenio y despertaba de su particular ensoñación a unos Estados Unidos que, en cierto modo, había perdido conexión con el entorno geopolítico global que distaba mucho del escenario de “fin de la historia” (“too good to be true“). La reacción tras los atentados fue heroica. Bush supo aglutinar a la nación en uno de sus momentos más dramáticos y transmitir seguridad cuando más se necesitaba.

Sin embargo, a esta “buena” (es decir, menos mala) reacción inicial, le siguió una guerra-invasión innecesaria cuyos costes geopolíticos, económicos y sociales aún estamos pagando hoy. De las cenizas del desmantelado régimen del sátrapa de Sadam surge el Estado Islámico. El mal no se eliminó, mudo de piel. Hoy la situación es más frágil e inestable que en el escenario anterior a la guerra (que ni mucho menos era óptimo o probablemente tolerable, con una población kurda que era víctima de una exterminación sistemática por parte de Sadam aunque, como luego supimos, nada de esto tenía que ver con ningún arsenal de armas de destrucción masiva).

A este gran frente exterior, en 2008, se suma el tsunami financiero. El esfuerzo militar había disparado el desequilibrio presupuestario que salvo en contados ejercicios, ha ido arrojando sucesivos déficits obligando a la economía americana a vivir permanentemente de pedir dinero al exterior y aumentar de manera constante y creciente la masa monetaria. Un esquema sumamente frágil incluso para el coloso americano hoy -y de nuevo, esta es una apreciación muy personal- no se encuentra en su momento de mayor gloria.

Barack Obama llegó a la Casa Blanca en un momento delicado. La crisis financiera se había atacado sobre todo con estímulos de demanda como marca el canon keynesiano vía deuda y estímulo monetario. Los falsos aprendizajes de la gran crisis del 29 de la pasada centuria han pesado mucho en el “establishment” académico y han marcado la agenda económica desde entonces. Obama aterrizó en DC con dos promesas importantes: cambiar con la sintonía entre Wall Street y Washington y cerrar la base militar de Guantánamo.

El nombramiento de Larry Summers -un histórico keynesiano y principal fontanero entre el sistema bancario y DC-, así como el atemperamiento inicial con respecto a la política antiterrorista de la administración Bush, fueron las dos grandes decepciones iniciales para el votante “liberal”. Matt Damon, por ejemplo, que mostró su apoyo a Obama durante la campaña, fue de los primeros desafectos del ahora inquilino de la Casa Blanca llegando a prestar su voz al crítico –no malo al principio, pero muy incompleto y sesgado al final- documental Inside Job de Charles Ferguson en donde reciben críticas a partes iguales Bush y Obama en lo que la manera de afrontar la crisis se refiere.

En cualquier caso, la llegada de Obama despertó esperanzas y expectativas -entre los que me incluyo- de como Estados Unidos podía enderezar su política exterior y, de paso, también poner orden en sus desajustadas y disfuncionales finanzas públicas. Al final, Obama no ha conseguido ni lo uno ni lo otro y ha dado, en general, una sensación constante de muy poca claridad de pensamiento y de modelo.

Por un lado, su política exterior ha estado llena de gestos y buenas palabras pero no de hechos ni claridad de objetivos de lo que se pretendía que, si alguna consecuencia real han tenido, ha sido el de favorecer un clima de creciente relativismo con respecto a los valores e intereses de Occidente que tendrá consecuencias en el largo plazo.  Paradigmáticos de lo anterior han sido los intentos de cambiar el statu quo con Cuba e Irán (también Rusia, aunque ahí la culpa es compartida con la UE). Veamos primero el segundo caso.

El principio de acuerdo con Irán –ahora ya sabemos que simplemente es un marco de intenciones para intentar llegar acuerdos–, pretendía entablar una relación más estable con uno de los pocos “estado-nación” moderno que funciona normalmente dentro del avispero que es Oriente Medio. Lo cierto es que las negociaciones con Irán y el anuncio a bombo y platillo de un “acuerdo” no han tenido ninguna consecuencia real con respecto a los cambios internos que debería de afrontar el régimen que, entre otras cosas, persigue a las minorías sexuales o lapida a mujeres por atentar “contra el honor” (sea lo que sea eso) y niega el derecho a existir de Israel. El único efecto real de esta gesticulación con los iraníes ha sido la pérdida de fuerza de Israel, sin que tengamos ninguna certeza de que en el nuevo escenario Irán adopte una postura que favorezca una mayor seguridad y estabilidad en la región. Más bien, y utilizando la feliz expresión de Bauman, toda la puesta en escena ha servido únicamente para favorecer un escenario más líquido que, en mi opinión, no nos hace ningún bien. Por añaduría, y como dejaron constancia muchos medios como el Washington Post o el Wall Street Journal, Obama ha demostrado ser un pésimo negociador, donde no ha tenido claras las líneas rojas –que se han ido modificando– dando esta sensación, me decía un analista amigo mío la semana pasada, de falta de claridad de ideas en un tema en el que está en juego la seguridad estratégica global.

Algo similar ha sido el caso cubano. El desastroso y criminal régimen de los hermanos Castro, que cuenta con potentes lazos con otros regímenes pertenecientes al nuevo paradigma de socialismo siglo XXI -que va por el camino de ser tan desastroso como el del siglo XX-, ha vivido permanentemente rescatado. Primero fue la Unión Soviética, después han estado viviendo del petróleo de Venezuela y ahora, finalmente, les insufla oxígeno EEUU. La coartada para la pobreza en la isla siempre ha sido el embargo cuando el problema era el comunismo. En este sentido, Obama cayó en la trampa del régimen al afirmar que Cuba vivía aislada cuando es mentira. El mundo no se acaba en Estados Unidos. Me explicaba hace poco una columnista del WSJ que en una visita “oficiosa” a la isla, el guía oficial delante de unas baldosas rotas en una avenida principal de La Havana exclamó: “ven: no podemos reparar estas avenidas por el embargo.” Mi amiga, persona listísima, reacciono rápido y firme ante tal disparate diciendo: “¡Pues hoy es vuestro día de suerte! Justo hace poco visite una fábrica en México en donde fabrican este tipo de baldosas y os puedo pasar el contacto.” Tras un incómodo silencio, el guía no tuvo más remedio que afirmar, “sí bueno, tiene razón, el problema no es el embargo el problema es que no tenemos dinero.” As simple as that.

La eliminación del embargo era una medida obvia y necesaria pero no por Cuba o no Cuba, sino por los americanos que merecen ser libres de vender y comprar productos con quién les plazca y viajar a cualquier país que consideren oportuno. La pomposidad  y retórica con la que se adornado la medida era del todo innecesaria y gratuita que solo sirve para que, a ojos de la comunidad internacional, el gesto haya significado una legitimación de la dictadura caribeña y como un éxito de los Castro. Hay que ser más listo y tener unos principios más sólidos cuando se es Presidente de Estados Unidos: quita el bloqueo pero no le organices una fiesta a Fidel. Absurdo. De nuevo, este tipo de gestualidad exagerada solo contribuye a favorecer un clima de confusión y relativismo que en nada favorece la causa de la libertad y la justicia. Al final de la pantomima, Raúl Castro se le dio en Panamá la oportunidad de dar lecciones a los demás países cuando es él y su hermano los llevan décadas sometiendo a su pueblo y atropellando las libertades y los derechos más básicos.

Podríamos también hablar de la invasión rusa a Ucrania pero es un caso que, por sus implicaciones con Europa, bien merecería un artículo aparte.

En resumen, el momento actual requería de un Churchill y Obama ha sido lo más próximo a Rodríguez Zapatero. Si bien el paradigma “neocon” de Bush probó ser más problema que solución, el pensamiento débil de Obama tampoco es la alternativa. El que venga tiene la difícil tarea de encontrar un punto medio que seguramente será próximo a la vieja locución latina de “fortier in re, suaviter in modo”.