China, novedad económica (por Juan Velarde)

Cuatro grandes partes componen lo esencial de esta obra. En primer lugar, una buena síntesis de la historia de China a partir del periodo Zhou que comienza en el 771 a.C. Era necesaria para poder comprender –en segundo lugar– lo que sucede a partir de Mao. Impresiona la lectura del el Gran Salto Adelante con párrafos como éstos: “Todos los esfuerzos de planificación para el desarrollo industrial del Imperio celeste no fueron más que papel mojado… Esta ausencia de calado económico es lo que llevó a China a sufrir la hambruna más mortífera en términos absolutos que haya sufrido el mundo en su historia”.

En tercer lugar se encuentra el modelo de Deng Xiaoping, de acercamiento sucesivo al modelo de mercado libre, del que proceden –cuarto modelo– las reformas de Zhu Rongji quien estableció tres líneas de actuación: “primero, atajar la corrupción gubernamental que afloraba por doquier… Segundo, adelgazar el peso del Estado y su relevancia en la vida económica… Más la mitad de las empresas dependientes del Estado perdían dinero… (Tercero) La actitud final del nuevo mandarinato resultó determinante para el avance chino durante esos años en los cuales China ingresó en la Organización Mundial del Comercio (OMC), uno de los grandes legados del premier Zhu y sin lo cual China no estaría en la ventajosa situación que se encuentra hoy. Y la demostración, es clara: “Según datos de la OCDE, del total del sector industrial del país. En 1993 únicamente el 43% estaba controlado por el sector privado, estando el resto controlado por algún tipo de sociedad colectiva. En 2003 este porcentaje había escalado hasta el 72%… La llegada de Zhu Rongji marca el inicio del crecimiento acelerado de China, y también el más desigual. El crecimiento se aglutinará en las zonas costeras, sobre todo en aquellas regiones que antes fueron objeto de las reformas y que tuvieron más margen para modernizar su marco institucional como las Zonas Económicas Especiales… La renta por capita en las regiones avanzadas se multiplicará por once en los quince años siguientes, mientras que las regiones rurales, partiendo de una situación inicial más desfavorable, se multiplicó únicamente por cuatro”.

Ahí empieza un amplio conjunto de reformas pro-mercado, que constituyen “el contexto actual (que) es, en algunos aspectos tan complejo como el de antaño. China se encuentra en un importante punto de inflexión: debe de consolidar la reforma económica, un cambio de modelo productivo, mantener la legitimidad del Partido y la gobernabilidad de la nación”. Y en ese sentido, aunque se oculta en este libro por la diferencia que se señala entre China y el mundo occidental, no deja de asomar la cabeza el modelo de Chaunu. Señalaba este historiador, al hilo de la explicación de esa explosión que fue la Revolución Francesa, que el aumento de la renta lleva aparejada una petición de mayor libertad política, y que ese era un fenómeno general. A pesar de la posición del Partido ¿no acabará esto ocurriendo con la expansión producida por cuatro factores: “el desarrollo tecnológico, el aumento de la mano de obra, el incremento del capital y el crecimiento de la productividad”, al que yo añadiría la inversión extranjera directa? “China comenzó a atraer grandes cantidades de inversión de forma sostenida a partir de 1992”. Agréguese la excelente explicación que se ofrece de la política china del tipo de cambio.

Pero no todo son maravillas. En 2007, el primer ministro Wen Jiabao, declaró, según The New York Times de 23 de mayo de 2012 que la “economía china está llegando a ser de modo creciente inestable, desequilibrada, descoordinada, y finalmente insostenible”. ¿Va a comenzar una nueva etapa china dentro de la globalización económica en la que vivimos? En cuanto corrija erratas –p. ej. China no tienen 1,3 billones de habitantes– se convertirá este libro en un manual insustituible.

Artículo publicado en diario ElEconomista el 14/09/2013

Perspectivas del rescate luso

Poco a poco vamos conociendo los detalles del plan de rescate de la economía lusa. Según las primeras estimaciones, el monto total del rescate ascendería a 80.000 millones de euros (casi una tercera parte del PIB), correspondientes a los vencimientos de deuda pública de los próximos tres años – descontado futuros déficits adicionales –, quedando todavía un colchón de 20.000 millones para la recapitalización del sistema bancario. De esta forma, y después de muchas especulaciones y una larga agonía, Portugal se une a la cola de países que han solicitado formalmente un rescate financiero al no poder hacer frente a sus próximos vencimientos de deuda soberana o al menos no poder hacerlo a un tipo de interés razonable. Es la pescadilla que se muerde la cola: un elevado apalancamiento combinado con una anémico crecimiento económico resultado de una baja competitividad de la economía en su conjunto hace que cada vez que la economía tienen que acudir a más endeudamiento, y la calidad del deudor no mejora, el coste marginal del nuevo endeudamiento se dispara hasta que resulta insostenible.

Los Gobiernos, al igual que las empresas, pueden endeudarse para financiarse y como las empresas, también estos pueden caer en situaciones de insolvencia y caer en default. Según señalaba la semana pasada Luis de Guindos el Tesoro portugués tenía liquidez para hacer frente a las obligaciones de pago inmediatas, pero en junio Portugal hacía frente a nuevos vencimientos por valor de 10.000 millones de Euros, cuya renovación parecía imposible o, como decíamos, está hubiera sido a un coste prohibitivo – nuestros vecinos ya estaban colocando su deuda a niveles superiores al 9%. El Gobierno interino del Presidente Sócrates tiene convocadas elecciones precisamente para el próximo junio con lo que el nuevo gobierno se ahorrará el bochorno del rescate, pero sus próximas decisiones no serán para nada fáciles.

Como es obvio, el plan de rescate financiero por parte de la Unión Europea viene con su correspondiente contrapartida consistente principalmente en la imposición de un fuerte plan de choche para devolver el equilibrio a las finanzas públicas, privatización de compañías públicas, y reformas estructurales encaminadas a la liberalización de los rígidos mercados lusos –  muy especialmente en el mercado de trabajo.

Lo anteriormente descrito no es para nada un camino de rositas por diversos elementos. Los efectos de los planes de contención fiscal no tienen un efecto directo sobre el coste del endeudamiento en el corto plazo como de hecho ya estamos viendo en los casos de Grecia, al que hacíamos alusión antes, o Irlanda. Y resulta lógico ya que en el corto plazo, el efecto de los planes de contención fiscal es la depresión de la actividad económica con el consiguiente descenso, de los ingresos tributarios además del descontento social y previsibles resistencias que provocan inevitablemente este tipo de políticas de recorte drástico del gasto público. Esto hace que el ajuste fiscal sea una condición necesaria pero no suficiente a la hora de disipar las dudas sobre la solvencia de un país y devolver a valores razonables, por decirlo de alguna manera, las rentabilidades exigidas por los mercados.

¿Por qué sucede esto? Cómo ya nos hemos encargado de señalar en otras ocasiones desde esta misma tribuna, para el correcto análisis de las crisis presupuestarias la variable verdaderamente relevante no es tanto el volumen y dinámicas de endeudamiento, que también, sino la capacidad de repago del deudor. La economía portuguesa, al igual que la de España, arrastra una pérdida sostenida de competitividad cuyo indicador más claro es el crónico déficit por cuenta corriente que representa un 9,5% del PIB luso. Este hecho diferencial en su cuadro macroeconómico limita la capacidad y potencial de crecimiento de la economía lusa de en el corto-medio plazo. Y es esto precisamente lo que están penalizando los mercados, y seguirán penalizando mientras la economía lusa no sea capaz de reducir de forma drástica el binomio déficit/deuda mientras afronta con decisión las reformas estructurales necesarias que le permitan recuperar la competitividad perdida y reducir su déficit por cuenta corriente.

Con respecto a la crisis bancaria, las dudas sobre la solvencia de los bancos portugueses persiste si bien por motivos bien diferentes a los del caso español. Portugal, y a diferencia de Irlanda o España, no ha experimentado los efectos distorsionadores en la economía de la burbuja crediticia/inmobiliaria de manera que el sistema bancario tiene limitada su exposición a activos tóxicos, y a priori hace que este más saneado. Sin embargo, esta ventaja inicial queda en parte anulada por la elevada exposición que la banca tiene con la deuda pública portuguesa y por lo tanto su elevada exposición al riesgo soberano de su propio país.

En suma, y al igual que sucede en el caso de nuestra economía, Portugal se enfrenta a duras y dolorosas reformas estructurales, con el agravante de que a día de hoy la pérdida de su soberanía para pilotarlas es casi total. Dichas reformas deberían incluir prácticamente la totalidad de la economía, con especial énfasis en el mercado laboral para hacerlo más flexible y competitivo; el sistema educativo para hacerlo más exigente; el replanteamiento del Estado de Bienestar para liberar recursos del Estado de forma estructural; y la reforma profunda del sector público para hacerlo más ligero y eficiente. Dichas reformas necesariamente implicarán una reducción del bienestar en el corto plazo, pero resultan imprescindibles para el ajuste de la economía lusa al nuevo marco y entorno competitivo, paso previo ineludible para recuperar la senda del crecimiento sostenido, y devolver, a unos niveles razonables, las cifras de endeudamiento y gasto público asegurando así la solvencia futura del país en el medio-largo plazo.

Cuando las barbas de tu vecino veas quemar, pon las tuyas a remojar. Conviene no ignorar y prestar especial atención a los avatares económicos y financieros de nuestros vecinos y actuar en consecuencia. Desde el inicio de la crisis que España vive instalada en el borde del precipicio financiero por el que hemos visto caer a Irlanda, Grecia, y ahora Portugal. Nuestros planes de contención siguen sin convencer, y las reformas estructurales, aun yendo en la dirección adecuada, siguen sin reactivar la economía, aspecto clave para la recuperación de la solvencia pérdida y para alejar de forma clara y rotunda los fantasmas del impago. Ninguna economía puede sostener tasas de desempleo del 20% y alegar que es solvente.

Notas sobre ¿Gastar o no Gastar?

A petición de alguno de mis lectores, adjunto las principales fuentes y estudios mencionados en mi artículo ¿Gastar o no gastar? Esa es la cuestión publicado en ElEconomista.

(1) El estudio de Cristina Romer al que hago referencia, es un paper de la Universidad de Berkeley escrito con su marido, el también economista David Romer. El título del paper es «The Macroeconomic Effects of Tax Changes: Estimates Based on a New Measure of Fiscal Shocks». Se trata de un artículo de investigación sobre el impacto que tiene los cambios en la política fiscal en la actividad económica. Se trata de un estudio denso en el que se consideran las diferentes razones por las que se puede producir un cambio en la política fiscal y sus efectos sobre la actividad económica dependiendo el momento del ciclo económico. Se puede consultar integro en pdf en Internet: http://www.econ.berkeley.edu/~cromer/RomerDraft307.pdf

(2) El 22 de enero, Robert J. Barro, economista antikeynesiano de la Universidad de Harvard y futurible Nobel de economía, escribía un articulo en el Wall Street Journal en el que sintetizaba sus últimos estudios sobre los presuntos efectos multiplicadores del gasto público (multiplicador keynesiano) y de cómo pese a la vulgata oficial no existe evidencia empírica de dicho multiplicador: Government Spending Is No Free Lunch

También se puede consultar en la misma línea Stimulus Spending Doesn’t Work publicado con juntamente con Charles J. Redlick en Octubre de 2009 alertando de los mismos peligros.

Posts  al respecto:

https://luistorras.wordpress.com/2009/10/12/robert-barro-y-el-presunto-estimulo/

https://luistorras.wordpress.com/2009/12/17/costes-del-presunto-estimulo/

En su día fue un artículo polémico que provocó muchas reacciones. Resulta interesante la respuesta de Paul Krugman (principal abanderado de las políticas de corte keynesiano junto con Joseph Stiglitz) en un artículo en el New York Times: War and non-remembrance

En su defensa salió el competente economista Tyler Cowen, economista de la Escuela Austriaca, en su blog Marginal Revolution: Dumping on Robert Barro.

(3) Alberto Alesina, competente economista de la Universidad de Harvard, también ha realizado estudios similares llegando a conclusiones similares a las de Barro. Alesina sintetizó recientemente sus tesis en un artículo en elEconomista con el contudente título: El que recorta la deuda crece.

Los estudios de Alesina también han levantado polémica. Peter Coy en Businessweek criticaba el planteamiento de Alesina en el artículo Keynes vs. Alesina. Alesina Who?

(4) La “doctrina” del FMI con respecto a los planes de consolidación fiscal también la sintetizaba en un artículo en elEconomista Olivier Blanchard (keynesiano y Economista Jefe del FMI) y Carlo Cottarelli (director de asuntos fiscales de la Institución): Diez mandamientos para el ajuste fiscal

(5) Por último el interesante análisis de Carmen Reinhart, «After the fall» esta disponible en pdf en su página web: http://terpconnect.umd.edu/~creinhar/Papers/AftertheFall_August_27_NBER.pdf

España en tiempo de descuento (publicado en elEconomista)

En las últimas horas, y como ya descontaban muchos analistas, los mercados financieros nos han vuelto a dar un severo toque de atención: los inversores están perdiendo confianza en España S.A. a marchas forzadas, y el Ibex se desploma por momentos.

Desde hace meses, estamos insistiendo en la imperiosa necesidad de emprender reformas estructurales y cortar la hemorragia del gasto público como únicas salidas posibles a la difícil coyuntura en la que nos encontramos y, a la postre, recuperar la credibilidad sobre nuestra solvencia futura en los mercados. Evidentemente, ni Zapatero ni ninguno de sus ministros nos lee. Ni a nosotros, ni por lo que parece, a nadie.

¿Por qué nos castigan los mercados? Con independencia de nuestras cifras de endeudamiento o el efecto contagio derivado de la crisis griega, los mercados nos están penalizando por la falta de proyecto del ejecutivo socialista, que ha sido incapaz de articular nada que se asemejara remotamente a un plan de acción para hacer frente de manera solvente a la crisis. Por el contrario, la estrategia del Gobierno se ha centrado en las palabras y en movimientos erráticos y confusos que han acrecentado, aún más, la sensación de descontrol e improvisación a los inversores internacionales. Palabras vacías, huérfanas de una acción política clara que difícilmente devolverán la solvencia a la economía española y que han acabado con la paciencia de nuestros prestamistas.

Estos próximos días escucharemos todo tipo de teorías conspirativas y confabulaciones en contra de España y su Ejecutivo: todos necesitamos de un chivo expiatorio, y ahora la culpa es de los especuladores internacionales. Llevamos más de dos años a la deriva en materia de política económica, y no hacer nada ya es optar por una estrategia. Una estrategia errónea, como ahora se esta demostrando.

En unas recientes declaraciones, Luis de Guindos señalaba algunas de las claves a la hora de llevar a cabo una política económica efectiva. Fundamentalmente, ésta tiene que ser clara e interpretable por los mercados financieros. Es importante que los objetivos y la agenda política en materia económica se transmitan de forma clara a los inversores y se cumpla en el transcurso del tiempo. De la misma forma que una compañía presenta su plan de negocio a sus accionistas y prestamistas, también los países tienen que transmitir credibilidad con respecto a su endeudamiento. Parece obvio, pero nuestro presidente parece no tenerlo claro. El profesor Juergen Donges iba aún más lejos al afirmar en una entrevista la semana pasada: “Es mejor un mal plan que la ausencia de uno”. Al final, si de algo recelan los inversores es de la incertidumbre. El dinero es muy miedoso. Resulta bastante ilustrativa la descripción que un político conservador hacía sobre la política de Rodriguez Zapatero: “Se ve que no pretende nada, y lo ha conseguido”.

La economía española está en tiempo de descuento. Acumulamos un doble retraso. Por un lado, muchas de las dolorosas reformas (y me refiero, sobre todo, a la modernización de nuestro mercado de trabajo) se tenían que haber abordado durante la época de bonanza. Una vez instalados en la recesión, aunque aún más dolorosas, dichas reformas resultaban imprescindibles para que la economía española volviese a crecer, pero decidimos no hacer nada. Ahora se tendrán que llevar a cabo con la premura que nos venga impuesta de fuera.

Estamos en una dinámica autodestructiva con pintas de acabar en tragedia griega si nadie lo remedia. Para romper este círculo vicioso, insistimos una vez más, las reformas estructurales resultan un elemento imprescindible. Y es que, como muchas veces me recuerda un buen amigo en estos casos, citando a Maquiavelo: “Las batallas nunca se evitan, únicamente se posponen y siempre en tu contra”.

España en tiempo de descuento

El riesgo país de la economía española (El Economista)

El pasado jueves la bolsa española vivió su episodio más negro de los últimos 15 meses al caer un 6%. El mercado no discriminó y bajaron todos los valores. La jornada reflejó las expectativas del mercado con respecto al conjunto de la economía española, cuya política económica ha perdido toda credibilidad. Los bandazos de Rodríguez Zapatero en temas puntales como la reforma laboral o de las pensiones, sus políticas keynesianas de gasto público y su falta de determinación y objetivos claros en el largo plazo han agotado la paciencia de los inversores que ven con recelo las perspectivas económicas de España. Como resumía de forma irónica el mismo jueves desde la Bolsa de Madrid Lorenzo Bernaldo de Quirós, “España S.A. esta en grave riesgo de quiebra”.

¿Qué ha pasado? En España, la crisis financiera mundial ha sido, en opinión de este analista, un asunto menor en comparación con la crisis de modelo económico. En efecto, sin necesidad de las subprime, España ahora también estaría afrontando una etapa de severo ajuste al no haber afrontado con determinación, y en su momento, las importantes reformas estructurales que necesita nuestra economía para adaptar el marco institucional, que determina el crecimiento económico de una economía en el largo plazo, al nuevo entorno económico y competitivo que nos rodea.

Este retraso viene siendo denunciado de forma sistemática por algunos pocos economistas que han alertado sobre la continuada pérdida de competitividad reflejada, sobretodo, en nuestro abultado déficit comercial. Sin embargo, esta pérdida de competitividad no ha sido atajada a tiempo en parte por la burbuja en el sector de la construcción y las beneficiosas condiciones que nos ha reportado ser miembros de la Unión Monetaria.

Esta semana, España se ha enfrentado a  una crisis presupuestaria de caballo. En suma, las políticas económicas de aumento del gasto público para atajar la actual crisis ya no resultan creíbles. Este gasto público, con el consiguiente debilitamiento de las finanzas públicas, ha servido entre otras cosas para repavimentar aceras y ajardinar avenidas. Además, dichas políticas han sido erráticas y con altas dosis de improvisación. Sin objetivos claros en el largo plazo, y si algo teme el dinero, esto es la incertidumbre. Por si esto no fuese suficiente, España cuenta con un enorme pasivo bancario derivado del endeudamiento hipotecario generado durante la etapa expansiva. Hoy, pese a que el riesgo de quiebra sigue siendo muy limitado – algunos analistas han estimado la probabilidad en un 6% –, los inversores han reflejado una importante pérdida de confianza en España y su deuda soberana.

Esto no es nuevo, y viene cociéndose a fuego lento pese a los oídos sordos de del gobierno. Nouriel Roubini en Davos ya alertó sobre la importante amenaza que suponía España para la UE y califico el posible escenario como “desastroso”. El mismo Paul Krugman, invitado en su día por el Presidente Zapatero, subrayaba estas mismas tesis llegando afirmar que España presentaba un cuadro macroeconómico más preocupante que el de Portugal o Grecia. Martin Wolf o Martin Feldstein también se manifestaron en su día en esta misma línea.

De esta forma, España se une a la cola de países por los que ha planeado el fantasma del default. Irlanda, Hungría, Letonia, o más recientemente Grecia, por poner algunos ejemplos, han seguido patrones similares y han tenido que diseñar importantes planes de consolidación fiscal para transmitir credibilidad al mercado con respecto a sus cuentas públicas. Dichos países han tenido que afrontar reducciones drásticas del gasto público para así lograr el deseado ajuste interno de los salarios con la consiguiente mejora de competitividad. El caso de Grecia esta siendo especialmente doloroso. Yorgos Papandreu ya ha congelado el sueldo a 700.000 funcionarios públicos y ha afrontado importantes (e impopulares) reformas en el terreno de las pensiones y el sector sanitario. Todo ello bajo la atenta mirada de la Comisión Europea, que ya ha pedido el compromiso de Atenas para reducir su déficit público del 13,7% actual a niveles cercanos al 3% en 2012. Para España, cabe esperar un camino similar.

Llegados a este punto, y para que nuestra deuda soberana no siga su particular  descenso en los ratings internacionales, no nos podemos permitir más salidas en falso. España únicamente recuperará la senda del crecimiento sostenido con importantes reformas estructurales que permitan depurar los excesos y errores del pasado, y una drástica reducción del gasto público que devuelva la credibilidad a los mercados. Pero para eso hace falta determinación, valentía y alguna tarde más de economía.

El riesgo país de la economía española