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Informe BP “Energy Outlook 2035”

Algunas de las conclusiones destacadas del informe.

(1) US tight oil grows

El informe prevé que la demanda de crudo seguirá creciendo,  aproximadamente en un 0,8% al año hasta 2035. La demanda incremental procederá de los países no-OCDE: el consumo de petróleo en la OCDE alcanzó su pico en 2005, estimándose que en 2035 se ubicará en niveles de consumo de 1986. Hacia 2035, se prevé que China haya superado ya a EE.UU. como el principal consumidor mundial de crudo.

La actual debilidad del Mercado de petróleo, que en parte se debe al intense crecimiento en la producción del tight oil estadounidense, es previsible que se mantenga por varios años. En 2014, la producción estadounidense de tight oil llevó a la producción total de petróleo en EE.UU. a crecer en 1,5 mb/d, la mayor subida de la historia de EE.UU. No obstante, en adelante se prevé que se ralentice su crecimiento, recuperando peso la producción de Oriente Medio.

Por otro lado, se prevé que en la década de 2030 EE.UU. llegue a ser autosuficiente en crudo, cuando en 2005 necesitaba importar el 60% de su consumo.

(2) Gas rising fast; coal slow

El gas natural será la energía fósil de crecimiento más rápido, aumentando su demanda un 1,9% al año, gracias en gran medida a la demanda asiática.

La mitad de la demanda incremental será satisfecha por medio de gas convencional, mayoritariamente producido en Rusia y Oriente Medio, y el resto con shale gas. Norteamérica, que actualmente supone la práctica totalidad de la producción de shale gas, seguirá representando en 2035 el 75%.

A lo largo de la pasada década, el carbón ha sido la energía fósil que más rápido ha crecido, gracias básicamente a la demanda china. No obstante, en los próximos 20 años BP prevé que pase a ser la energía fósil de crecimiento más lento, si bien muy cerca de la tasa de crecimiento del petróleo. Ello se debe a: moderación de la demanda y crecimiento menos intensiva en energía por parte de China; impacto de las regulaciones y políticas sobre consumo de carbón tanto en EE.UU. como en China; y la abundancia de suministro de gas, lo que está desplazando al carbón de la generación eléctrica.

(3) LNG grows, becoming dominant in trade

A medida que la demanda de gas crezca, el comercio interregional también lo hará. A comienzos de la década de 2020 Asia Pacífico superará a Europa como la región que más gas importa en términos netos. Norteamérica, por su parte, gracias al aumento en producción de shale gas, pasará a ser también exportador neto de gas.

La inmensa mayoría del aumento en el comercio interregional de gas se realizará por medio de GNL, que experimentará un dramático incremento en lo que queda de década, creciendo un 8% anual hasta 2020. Ello conllevará que para 2035 el GNL haya superado a los gasoductos como la principal vía de comercialización de gas.

El creciente papel del GNL tendrá también impacto sobre los mercados. Con el tiempo, es de esperar que los mercados de gas lleguen a estar más integrados. Y, de igual forma, previsiblemente ello aportará una mayor diversidad de fuentes de suministro a las regiones consumidoras, como Europa y China.

(4) Energy flowing east

El autoabastecimiento energético en Norteamérica – se prevé que se convierta en una región netamente exportadora de energía este mismo año – y el crecimiento del GNL tendrán muy probablemente intensos impactos en los flujos globales de energía.

El aumento del suministro de gas y petróleo autóctonos en EE.UU., unido a la menor demanda tanto de EE.UU. como de Europa gracias a la mejora de la eficiencia energética y al débil crecimiento económico de ambas regiones, combinado con el intenso crecimiento económico de Asia, llevarán a un creciente desplazamiento de los flujos de energía hacia el Este.

Acceso completo al informe aquí.

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La madre de todas las batallas

En 1980 tuvo lugar una de las apuestas más singulares de la historia. Julian Simon, economista de la Universidad de Maryland, reto al entomólogo de Stanford, Paul Ehrlich a qué, en la selección de cinco materias primas –las que él quisiera–, estas bajarían de precio en la siguiente década contradiciendo así las tesis de Ehrlich sobre la inevitable crisis de escasez a la que se enfrentaba el planeta. En efecto, Ehrlich, marxista neo-mathusiano, había escrito en la década de los setenta su best-seller “The population bomb” que el mundo se precipitaba al borde del colapso debido a una gran crisis de escasez derivada de la diferencia entre una creciente actividad económica y demografía ante un escenario de recursos finitos, como había hecho el clérigo inglés hacia casi dos siglos antes. La culpa, seguía la argumentación de Ehrlich, era del sistema capitalista, claramente insostenible.

Uno de los muchos datos reveladores que desvela Daniel Lacalle (@dlacalle) en su último libro, “La madre de todas las batallas” (Barcelona: DEUSTO, 2014) es que el precio del crudo –que hemos visto como se ha ido desplomando este último año–, medido en onzas de oro, se ha mantenido relativamente estable y que, si descontamos el efecto sobre la inflación y la devaluación de las diferentes divisas, este alcanzó su precio máximo en 1979 solo alcanzado de nuevo en 2008 después de la etapa de expansión monetaria más importante de la historia moderna.

Hoy el precio del barril de Brent está por debajo de los 70 dólares (los analistas estiman un precio inferior a los 50 dólares para finales de 2015), las reservas de petróleo nunca habían sido tan abundantes (disponemos de reservas probadas para cubrir la producción actual más de 50 años) y Estados Unidos, después de décadas de dependencia energética, podría convertirse en exportador neto de gas y petróleo en los próximos años. Este escenario era absolutamente impensable para los agoreros del Club de Roma a finales de los setenta y ni siquiera era plausible para muchos analistas expertos en 2012. ¿Qué ha pasado?

El mercado reacciona, es palabras del propio Lacalle. En efecto, si el precio del petróleo sube, por ejemplo, esto sirve de  señal al mercado reflejando una escasez relativa de petróleo con respecto a otros bienes. Esto hace actuar a los diferentes agentes económicos, empresas y familias (también gobiernos) que tienen que disciplinar sus comportamientos al nueva escenario. De esta manera, el consumo baja y hay mayores incentivos para la eficiencia, también para la búsqueda de alternativas sustitutivas o el incremento de las inversiones para mirar de aumentar la oferta disponible (hay pozos de petróleo que no son rentables con el barril a 50 dólares pero sí lo son cuando el barril está a 100). El mercado se defiende.

Esta es una de las muchas ideas potentes que da el libro escrito de manera ágil, dinámica y provocadora. En síntesis, “La madre de todas las batallas” quiere trasladar al autor las principales ideas-guía por las que se rige el mercado de la energía hoy en día. El sector energético, igual que sucede con el sector bancario, es de vital importancia al tener una incidencia transversal sobre el resto de sectores: cualquier industria necesita energía para poder funcionar, la factura de la luz o el coste del transporte. En las más de 400 páginas que tiene el libro, Lacalle, en colaboración con Diego Parrilla, desgranan todos y cada uno de los elementos que de una manera u otra influyen sobre el precio de la energía explicando el porqué de sus dinámicas en un relato ágil, accesible y provocativo. El libro no únicamente tiene elementos descriptivos sobre el estado de la cuestión sino que, y más importante, da las ideas clave necesarias para poder hacernos una idea de que desarrollos podemos esperar en el sector energético en las próximas décadas.

Para ello resulta imprescindible, y es la gran virtud del autor, entender el papel coordinador clave que juegan los procesos de mercado. Los agentes económicos, cuando los derechos de propiedad están bien asignados, reaccionan con creatividad e inventiva ante los retos que plantea el entorno, por definición, siempre cambiante y al que hay que adaptarse de manera continua. La escasez, como problema económico, no es una cuestión absoluta y estática sino que simplemente es el motor de la infinita (hasta que no se demuestre lo contrario) capacidad crear del ser humano y su adaptabilidad a los nuevos retos respondiendo con nuevas tecnologías. Tecnologías que multiplican los recursos existentes en un instante al, por ejemplo, disminuir las necesidades de consumo mejorando la eficiencia, innovando en las técnicas de perforación y exploración geológica haciendo útiles recursos antes imposibles de explotar, o permitiendo el descubrimiento y aprovechamiento de nuevos yacimientos en diferentes puntos del globo antes desconocidos.

Los conflictos en Rusia y Ucrania, la revolución del fracking y el shale gas en Estados Unidos, el régimen populista de Caracas, la liberalización del sector petrolero en México, el apetito energético de China, la crisis de Fukushima o las subvenciones a las renovables son muchos de los temas que aborda el libro aportando gran cantidad de datos sobre la industria y, sobre todo, criterio y experiencias de primera mano para saber dónde estamos qué cosas se están haciendo bien y qué aspectos debemos mejorar en un momento clave en el sector energético. Como reza el propio subtitulo del libro: la energía, árbitro del nuevo orden mundial.

El conjunto del libro lanza un potente mensaje de optimismo: si hacemos bien las cosas y regulamos los mercados con inteligencia, la libre competencia entre tecnologías, los procesos de mercado, se erigen como potentísimos instrumentos para que, con el tiempo, dispongamos de soluciones más eficientes, innovadoras y económicas para con el problema de la energía, reduciendo la dependencia de países lejanos, asegurando de manera más efectiva la seguridad de suministro y siendo menos contaminantes con el medio ambiente. De todo lo anterior, los grandes beneficiados de esta nueva revolución energética –ya en marcha– seremos los consumidores. Libro que conviene leer y cuanto antes.

La insurrección del mundo árabe (2): detonantes y causas coyunturales

A parte de las causas históricas y políticas, causas estructurales de las insurrecciones en el mundo árabe, existen también, como en cualquier revolución de estas características, elementos coyunturales y detonantes que han propiciado las revueltas que sacuden desde principios de año el conjunto del mundo árabe con más o menos intensidad.

El 28 de junio de 1914 una banda de nacionalistas serbios asesinaba al archiduque Francisco Fernando de Austria, candidato al trono de la corono austro-húngara, y a su esposa. En un principio pareció una trifulca más de las existentes en la región por aquél entonces. Semanas después, Europa entera estaba en guerra. Lo local desemboco en lo global. De una forma más o menos análoga, el 17 de diciembre Mohamed Buazizi, un vendedor ambulante tunecino, se auto-inmolaba en señal de protesta por la confiscación de su licencia de venta ambulante por parte de la policía del régimen del Rais Ben Alí (Buazizi fallecía en el hospital a principios de enero como consecuencia de las quemaduras). Este es considerado como el principal factor detonante de las revueltas que se han sucedido desde principios de año en el Norte de África y Oriente Medio.

Otro detonante, o mejor dicho: un facilitador del detonante han sido las redes sociales. En efecto, las actuales revueltas no se comprenden sin el papel que han jugado las redes sociales, Facebook y Twitter principalmente, a la hora de canalizar las revueltas y hacer que el malestar latente en la región eclosionara de la forma en que lo ha hecho. Los regímenes de la zona, como el de Ben Alí y familia en Túnez, habían impuesto una fuerte represión social que disuadía cualquier acto de protesta por miedo a fuertes represalias. Sin embargo, la existencia de estas redes sociales ha permitido franquear el muro del miedo al permitir la comunicación y canalizar el descontento de manera que la gente sabía de antemano las protestas y no se exponía al riesgo de protestar solos y sufrir la represión del sistema. Se trata de un papel fundamental que permitió canalizar las protestas al saber el día y la hora de las mismas envalentonando a la población en su conjunto.

Hasta aquí algunos de los detonantes, pero también hay otros factores menores que juntos han desembocado en la oleada de furia que se ha desatado en todo el mundo Árabe de Marruecos a Yemen. La principal de estas: la precaria situación económica de la región. Estos países tienen un grueso enorme de población joven con unas estratosféricas cifras de desempleo. Estas economías no sólo han aplicado las políticas económicas propias del socialismo más rancio, sino que han instaurado regímenes autocráticos en donde los mejores puestos se reparten entre los miembros del clan familiar o de los “amigos” del régimen. En definitiva, se trata de regímenes corruptos y poco transparentes y un caldo de cultivo perfecto para generar frustración y tensiones sociales. Aquí es justo señalar las diferencias: no es lo mismo el Egipto de Mubarack, país relativamente próspero en comparación con otros, como tampoco tiene el mismo talante el Rey Hussein de Jordania que Mohammed VI de Marruecos. Aunque existen características comunes en la región propias de sistemas institucionales muy precarios.

Esta situación, ya de por sí dramática, se ha visto agravada desde 2008 con la crisis financiera en las economías desarrolladas. En primer lugar, Europa se ha blindado, aún más, a los flujos migratorios condenando a los jóvenes a convivir en estos regímenes con pocas o nulas posibilidades de prosperar. Del mismo modo, la crisis ha supuesto una fuerte contracción en el envío de remesas hacia estos países, así como la pérdida de muchos empleos en estos países lo que en muchos casos se ha traducido en flujos de trabajadores que han regresado para engrosar las filas de paro en estos países. Por añaduría, los ingresos por el turismo también se han contraído por la crisis, y los precios de los hidrocarburos, en caso de los países exportadores de petróleo, se disminuyeron de forma dramática (los precios han vuelto a subir después de la crisis en Libia) reduciendo los ingresos de estos países.

Finalmente, y por si todo lo anterior no fuese suficiente para generar un clima de elevada tensión y conflictividad social, algunos analistas han señalado causas climáticas que hubiesen podido agravar, aún más, la situación. En efecto, el año pasado Rusia fue azotada por una gravísima ola de calor que provocó diversos incendios, y los peores de su historia. Este hecho malogró un tercio de la cosecha de trigo y Moscú tuvo que suspender sus exportaciones de cereal con la consiguiente subida en los precios de los alimentos. Primero los cereales, pero a partir de diciembre de 2010 el encarecimiento paulatino de otros: pan, leche, carne, pollo…  El mayor incremento registrado desde 1990. En economías poco desarrolladas o emergentes, como las de Oriente Medio, hasta dos tercias partes de la renta disponible se destina a la compra de alimentos y productos básicos lo que hace que estas economías estén altamente expuestas – sean muy sensibles – a hipotéticas subidas en los precios de los alimentos. Así, las protestas por el encarecimiento de la vida también fueron en aumento.

Todo lo anterior, más las causas de carácter estructural, históricas y políticas que resumíamos el otro día, han convertido a la región en una zona fuertemente inestable. En el futuro hemos de esperar que la región pueda encontrar la paz a través de regímenes democráticos, más transparentes y más tolerantes, aunque todavía está por ver si las revueltas habrán servido para aquello tan antiguo de salir de las brasas para caer en el fuego… Esperemos que no.

La insurrección del mundo árabe (1): causas estructurales

Las sucesivas insurrecciones (revueltas de diferente intensidad) que hemos vivido en el mundo árabe (Oriente Medio y Norte África) desde principios de año han cogido con el paso cambiado a todos los gobiernos y analistas occidentales en la zona. En efecto, nadie hubiera predicho un grado de malestar lo suficientemente alto como para hacer caer los gobiernos de Túnez, Egipto y Libia y amenazar al resto de regímenes de la región. Se trata de una zona de vital importancia por su valor geopolítico (control de los recursos naturales). Existen diversas causas algunas de carácter más estructural (causas históricas y políticas) y otras más relacionadas con la coyuntura económica actual que conviene tener en cuenta a la hora de entender las dinámicas que han tenido lugar y hacerse una idea de lo que podemos esperar próximamente y poder evaluar con criterio el sentido, o no, de una hipotética intervención militar en la región.

Antes de entrar propiamente con las causas de carácter estructural que pudieran haber motivado la revuelta, resulta pertinente hacer algunos comentarios generales de carácter previo. Primero, hay que recordar que nada, o muy poco, tiene que ver Marruecos con Egipto, lo mismo entre Libia con Yemen por poner dos ejemplos. Aclaro esto, porqué resulta muy impreciso hacer referencia al “mundo árabe”, y es preciso realizar un análisis minucioso de cada país, del mismo modo que es tremendamente impreciso el termino de cristiandad. La histórica nomenclatura de la marina británica que dividió oriente en tres: oriente próximo, oriente medio y extremo oriente resulta hoy obsoleta (y no deja de ser un signo más que evidencia la poca solidez de las fronteras establecidas en la región basadas principalmente en los antiguos regímenes coloniales), y más aún cuando tratamos esta gran región como un todo. Parag Khanna – uno de los muchos expertos en geopolítica y estudios internacionales que fue incapaz de predecir lo más mínimo las revueltas pese haber visitado la zona en in situ diversas veces y haberse entrevistado con los diferentes líderes de la región – enfatiza está idea hablando del Magreb como un “cinturón roto” en su libro El segundo mundo, y en todo caso, ha sido con la globalización, y el auge de flujos comerciales en la zona las que pueden haber iniciado la reintegración de la región.

Un segundo apunte previo imprescindible es resumir el contexto histórico de la zona. Desde la implosión del imperio Otomano y la Primera Guerra mundial que occidente ha tenido dos prioridades diplomáticas principales en la zona: asegurar el suministro de hidrocarburos, y garantizar un hogar seguro para los judíos. Después del drama del Holocausto, la creación del estado de Israel (en 1948) coincidió con la liberalización de muchos países de los antiguos regímenes colonialistas y la instauración de gobiernos anti-sionistas (esto es, contrarios a la existencia de Israel). Algunos de estos gobiernos fueron de corte militar nacionalista (Egipto y Yemen) y otros dictaduras socialistas (también llamado socialismo árabe, si es que esta expresión tiene algún sentido) en Irak, Siria, Libia y Argelia.

Tras varias guerras perdidas contra el estado de Israel (la última en 1973 que propició la primera gran crisis del petróleo), Egipto y Jordania firmaron sendos armisticios con el estado judío y a alinearse con Estados Unidos que en paralelo, desde el final de la Segunda Guerra Mundial – y en el contexto de la guerra fría –, había estado buscando la complicidad de todas las petro-monarquías de la península arábiga así como Líbano, Túnez y Marruecos. De esta forma se sellaba una especie de pacto entre el los aliados y los países de oriente medio que no tendrían ningún problema sino amenazaban la estabilidad del suministro energético ni la seguridad del Estado de Israel.

Así se establecía un nuevo status quo en la región en donde bajo el pretexto de la lucha anti-imperialista o la caza de comunistas (este pretexto también se dio en Eurasia en dónde Estados Unidos llegó a financiar a los Talibanes para frenar el avance hacia el oeste de la Unión Soviética; ver La Guerra de Charlie Wilson con guión del siempre sugerente Aaron Sorkin) en estos países se establecieron duras dictaduras de partido único y de marcado acento represor lideradas por déspotas: Muamar al Gadafi, Sadam Hussein, o Al Assad entre otros. Dictaduras, que a pesar de no respetar los derechos humanos más básicos, garantizaban la estabilidad en los precios del petróleo sin amenazar la existencia de Israel. El coste de este status quo recayó sobre el pueblo árabe que se vio condenado a convivir con estos regímenes mientras en el resto del mundo la democracia parecía avanzar de forma imparable.

En la década de los 70s, desaparecieron las dictaduras de España, Portugal y Grecia. En 1983, en Turquía. Tras la caída del muro de Berlín en 1989, se derrumbaba el telón de acero y con él el colapso del “socialismo real” dando paso a nuevas democracias en Europa del Este y Europa continental. En américa latina, en la década de los 90s caían diferentes dictaduras militares. Sin embargo, y pese a la proximidad con la demócrata Europa, el mundo árabe quedo al margen de todas estas olas democratizadoras dejando a oriente medio en un estado de glaciación autocrática, parafraseando a Ignacio Ramonet.

En este escenario de estancamiento social y político, y también como han señalado varios analistas con independencia de su signo político, nos encontramos que las voces críticas se concentran en el único sitio en el que uno se puede reunir sin problemas: la mezquita. Y en torno al único libro no censurable: el Corán. De esta forma, las diferentes corrientes que integran la rama violenta (fundamentalista si utilizamos el término más eufemístico) del islam se han ido fortaleciendo (de alguna manera, y salvando todas las distancias, pasa como el comunismo en tiempos de franco que concentro y capitalizó todas las fuerzas contrarias al régimen de Franco).

Así se fueron fortaleciendo los islamismos con la complicidad de Estados Unidos que veía en esta tendencia una forma de mantener sumisos (significado de la palabra Islam) a las naciones árabes. El máximo exponente de esta dinámica lo encontramos en Arabia Saudí en dónde se han concentrado las facciones más radicales del islamismos y que, en cambio, siempre ha contado con la complicidad de Washington. Esta tendencia se agudizó con la “revolución islámica” de 1979 en Irán: el islamismo político poco a poco iba articulando a través del Corán un esqueleto de argumentos para reclamar más justicia social y denunciar el nepotismo, la corrupción y la tiranía de los antiguos regímenes.

Estas ramas, han actuado siempre de forma independiente y han estado relativamente poco organizadas. Sus objetivos diversos, pero principalmente conquistar el poder mediante vías violentas y la “guerra Santa” o yihad. Este es el origen de Al-Qaeda, principal organización paramilitar yihadista organizada en base a cédulas independientes (cuyo líder espiritual es Osama Bin Laden, millonario de origen Saudí, y cuyas raíces se sitúan en el apoyo que recibió por parte de la CIA para contener las fuerzas de la Unión Soviética en Afganistán). Después de los brutales y dramáticos atentados terroristas del 11S en Nueva York y Washington, las potencias occidentales se concentraron en responder a los regímenes de los Talibán en Afganistán y de Saddam Hussein en Irak pero sin atacar la complicidad existente entre dictaduras “amigas” y los terroristas. En cualquier caso, los atentados añadían miedo y provocaron (seguramente no faltos de razón) una mayor represión en estos regímenes con el objetivo de mantener un férreo control sobre el islamismo radical. Sin embargo, se ignoró el hecho de que éste era consecuencia de la carencia de libertad y la autonomía de mucha de estas naciones agregando más injusticia, más represión y más frustración en la zona.

Seguramente era imposible arreglar el desaguisado histórico (resultado de sucesivas interferencias en los asuntos de otros países de las potencias occidentales) justo después del 11-S ya que cualquier concesión en este sentido hubiera alentado aún más a los jóvenes radicales. En cualquier caso, la doctrina Bush se centraba en aplicar una respuesta dura y contundente para con cualquier régimen que pusiera en entredicho la seguridad del Estado de Israel, diera cobijo a cédulas terroristas o amenazase el suministro de hidrocarburos. El resultado fue la relativa estabilidad de la zona pero con el elevado coste social de la represión y el caldo de cultivo perfecto para la gestación de más radicalismos en la zona. El problema, o uno de los problemas, es que esta doctrina, equivocada o no, se ha sustituido por nada con la llegada de Obama a la Casa Blanca: ¿Esta justificada una intervención militar? ¿Podría servir para solucionar estos conflictos? ¿Sabemos quienes son y que pretenden los rebeldes en cada uno de estos países? ¿Saldrá la izquierda ha defender el No a la Guerra?  …

Revueltas en Oriente Medio, subida del crudo y riesgo de estanflación

Desde finales de Enero que la actualidad mundial viene marcada por las revueltas en la región que comúnmente conocemos como Oriente medio y norte de África. La polvareda se inició en diciembre cuando un vendedor tunecino se inmoló como símbolo de protesta ante el régimen de Ben Alí. Lo que en un primer momento pareció como un acto de protesta aislada, pronto comenzó a tener un efecto bola de nieve que acabó con el régimen del Rais tunecino y que ha tenido ramificaciones en otros países, principalmente Egipto y Libia, aunque amenaza con extenderse con similar intensidad a otros países de la región.

Al margen de la incertidumbre política en estos países y el drama civil y humanitario que subyace estas revueltas,  estos procesos de interregno suelen ser muy violentos (el caso de Libia es especialmente preocupante: ya en una fase de guerra civil entre los rebeldes versus afines y mercenarios al servicio del coronel Gadafi), y en cualquier caso, estas revueltas dinamitan 40 años de política internacional por parte de Occidente en la región en donde sucesivos Gobiernos han jugado la carta de la ambivalencia con estos países: poniendo en primer lugar la garantía del suministro energético con independencia de otros asuntos (tema que espero tratar próximamente).

En el corto y medio plazo es difícil prever la posibilidad real de convocar comicios democráticos con garantías en estos países. La mayoría no disponen de un sistema de partidos mínimamente asentado y los procesos de transición serán previsiblemente débiles y por tanto muy inestables. Este hecho hace que estos países estén altamente expuestos a posibles golpes de Estado, principalmente de corte militar o populista, o la irrupción de sucesivas revueltas.

Ahora bien, ¿qué efectos económicos se derivan de las revueltas en el mundo árabe? Esta situación de inusitada incertidumbre en una región ya de por sí inestable podría situar de nuevo el precio del petróleo por encima de los 100 dólares de forma estructural lo que en el medio plazo supondría un nuevo bache (riesgo de double dip) para la economía mundial en su conjunto. Como señalaba la semana pasada Nouriel Rubini, las revueltas en el mundo árabe aumentan el riesgo de estanflación al incrementar las presiones inflacionistas en un escenario de débil crecimiento económico. Un escenario, por otra parte, que ya se estaba gestando incluso antes de las revueltas de Túnez y Egipto.

En efecto, la historia reciente nos muestra como los desórdenes políticos en Oriente Medio conllevan inevitablemente un aumento en el precio del crudo (desde la primera crisis del petróleo 1973 fruto de la guerra árabe israelí), que a su vez han desencadenado, o como mínimo agudizado, tres de las últimas cinco recesiones mundiales. La Guerra de Yom Kippur de 1973 provocó un repentino aumento en los precios del petróleo, causa última del periodo de estanflación global en 1974-1975. La revolución iraní liderada por el Ayatolá Ruhollah Jomeini de 1979 generó también una subida similar que desemboco en el periodo recesivo  1980-1981. Finalmente, la invasión de Kuwait por el régimen en Iraq de Saddam Husein en agosto de 1990 generó un incremento de los precios del petróleo en un momento en que una crisis bancaria ya estaba deprimiendo la economía norteamericana.

Más recientemente, en 2008, cuando los mercados financieros estuvieron al borde del colapso, el precio del barril también se situaba en máximos – más de 140 dólares el barril de Brent –, lo que aumento, aún más si cabe, las tensiones en los mercados.

Hoy nadie se atreve aventurar qué gobiernos podemos esperar después de la sacudida. El escenario base es que las revueltas persistan y seguramente se extiendan a otros países como Jordania, Omán, Yemen, Bahrein, e incluso Arabia Saudi. En cualquier caso, a finales de 2010 el petróleo se situaba en una horquilla entre los 80-90 dólares (caro) y no sólo por factores fundamentales. Es cierto que las economías emergentes, ávidas de recursos energéticos y creciendo a tasas medias del 6%, han empujado con fuerza los precios al alza. Sin embargo, también influían motivos relacionados con el momentum de coyuntura económica: principalmente una demanda motivada por los excesos de liquidez derivadas de las políticas de quantitaive easing impulsadas por la Fed y las tasas de interés próximas a cero a ambos lados del atlántico. A estos factores, ahora tenemos que añadir la incertidumbre adicional sobre previsibles cortes en el suministro lo que añaden presiones inflacionistas al precio del petróleo.

La subida en el precio del petróleo sólo puede tener consecuencias negativas para la economía mundial. Primero, porqué supone una presión inflacionista más a las ya de por sí sobrecalentadas economías emergentes (es importante recordar que el aumento del petróleo tiene un efecto directo sobre el precio de los alimentos, que todavía supone un porcentaje muy elevado sobre la cesta de consumo en los países emergentes).  Este aumento de la inflación, será menos importante, pero también relevante en las economías desarrolladas.

En cualquier caso, para las economías desarrolladas, una subida en los precios del petróleo puede suponer un riesgo añadido para su débil crecimiento aumentándose así el riesgo de una segunda recaída o doble dip.  Las bases del frágil crecimiento en Estados Unidos se sitúan en la compra masiva de activos por parte de la Fed a fin y efecto de rebajar los tipos de referencia de largo plazo y así estimular la inversión en el sector privado. Obama ha hablado del multiplicador de la confianza (sic). Sin embargo, estos objetivos están lejos de alcanzarse, y la barra de libre de liquidez se tendrá que ir retirando a lo largo del próximo ejercicio… las subidas en el precio del crudo podrían acelerar la retirada de las políticas de extraordinaria liquidez al forzar subidas de tipos (aunque leves podrían ser suficientes para dinamitar el crecimiento económico). Por añaduría, parece lógico que este nuevo escenario acentúe la aversión al riesgo de los inversores (y deprima las bolsas como ya esta pasando), y provoque inevitablemente caídas en el consumo e inversión en el corto plazo.

Energía y competitividad

Para cualquier industria, la factura del consumo eléctrico es una de las grandes partidas que afecta de forma directa su rentabilidad y la competitividad de sus productos en los mercados exteriores. De un tiempo a esta parte, nuestra política energética e industrial ha sido errática y sin objetivos claros. Ahora, en tiempos de crisis, esta falta de previsión y de ideas claras se hace todavía más visible. Es necesario un cambio de rumbo urgente en nuestra política energética para no lastrar nuestro tejido industrial y a la postre nuestra ansiada recuperación económica.

Cualquier modelo eléctrico tiene que cumplir con tres objetivos fundamentales: garantía de suministro, competitividad y respeto medioambiental. Todos ellos igual de importantes. En la actualidad, disponemos de diversas fuentes de energía primaria que van desde la nuclear hasta las renovables, pasando por el carbón o la hidráulica. Todas ellas son necesarias, y cumplen diferentes funciones dentro del sistema: unas haciendo de fuente base, nuclear, y otras para cubrir puntas, hidráulica, gas o renovables. Un mix efectivo es esencial para garantizar la calidad del suministro y la competitividad del sistema en su conjunto.

De un tiempo a esta parte, España ha ido acumulando una complejísima y poco clara estructura de subsidios y primas a las energías renovables y al carbón que han incrementado peligrosamente el coste de nuestro modelo energético. Por añaduría, la infrautilización de la infraestructura gasista (España es el segundo país, por detrás de Japón, en capacidad regasificadora instalada), o las inversiones en red necesarias para acomodar la creciente oferta en renovables encarecen todavía más el sistema. Según datos del Eurostat, España ha pasado del decimosegundo al octavo puesto en el ranking de precios energéticos más altos de la Unión Europea en un solo año. Necesitamos revisar nuestro modelo para garantizar su competitividad y no lastrar la delicada situación de nuestra economía.

La energía nuclear, pese a su rechazo histórico entre amplios sectores de la sociedad, se constituye como uno de los pilares básicos de cualquier modelo energético. La energía nuclear es limpia, asegura el suministro eléctrico, y garantiza la competitividad del sistema. EE.UU., Alemania, Suecia, Suiza, Francia, o economías emergentes como China o India, entre otros muchos países, están revisando al alza sus planes con respecto a las centrales nucleares: construyendo nuevos reactores o alargando la vida de los ya existentes. En un entorno globalizado, es imprescindible tener un sistema eléctrico competitivo si se quiere seguir aspirando a ser una potencia industrial.

En la actualidad, España cuenta con un mix más o menos equilibrado de su producción: 30% gas, 18% nuclear (8 reactores), 13% eólica, 12% carbón, 10% hidráulica, y un 17% con otras fuentes. Sin embargo, parece que desde el ejecutivo de la nación existe una obsesión en pro de las renovables, extremadamente caras y poco competitivas, y en contra de la nuclear. Hace unos meses, el gobierno, por real decreto decidió cerrar la central de Garoña, que figura en todos los rankings como una de las centrales más seguras y eficientes, en 2013. Esta decisión dista mucho de ser óptima y es un paso en la línea opuesta a la tendencia observada entre las principales economías industriales del mundo.

La energía que deje de producir Garoña, será sustituida por gas o carbón, no mediante renovables ya que es físicamente es imposible. En suma, anticipar el cierre de Garoña no hará otra cosa que aumentar los costes de la totalidad del sistema sin aportar ninguno de los beneficios. Ciertamente, ninguna de las cosas que le hacen falta a nuestra debilitada economía. Es necesario revisar dicha decisión, y equilibrar el modelo energético en base a las fuentes más eficientes, complementándolas con energías renovables que, hoy por hoy, son sólo un complemento del sistema, pero en ningún caso la solución completa a las necesidades energéticas de nuestra economía y sociedad en su conjunto.

El fin del petróleo (II): “La sala de los pistachos”

Un profesor de economía (Sam) ponía el siguiente ejemplo a sus alumnos de secundaria a propósito del fin del petróleo:

 (…) Existe una cantidad finita de petróleo en el planeta. Gastamos cantidades inmensas de petróleo todos los días. Evidentemente, un día se agotará, ¿O no?

Sam se calló y observó las caras que le miraban. ¿Contestaría alguien?

–         Bueno, parece que el petróleo se agotará – dijo Amy.

–         Amy, ¿te gustan los pistachos? – le pregunto Sam.

–         Pues… como a todo el mundo.

–         Imagínate que por tu cumpleaños te regalo una habitación llena de pistachos con cáscara. Es una habitación grande, tan grande como esta aula, digamos. Está llena de pistachos hasta la altura de metro y medio. Hay millones de pistachos. Feliz cumpleaños, Amy. Bienvenida a la sala de los pistachos. Son todos para ti. Cada vez que te apetezca, puedes entrar a coger cuantos quieras, gratis. Puedes invitar a tus amigos. Sólo tenéis que entrar y coger. Estás encantada, claro…

–         ¿Encantada?

–         Oh, bueno, bastante contenta. Ayúdame un poco – dijo Sam sonriendo -. Estás contenta porque te gustan los pistachos. Fuera de la sala de los pistachos, son muy caros. Y dentro, son gratis. Sólo hay una norma en la sala de los pistachos: al ir comiendo los pistachos hay que dejar las cáscaras en la misma habitación. No se pueden sacar. Al principio, no es problema. Los primeros días, o acaso semanas o meses, hay cantidad de pistachos. Pero a medida que van pasando los años, cada vez cuesta más encontrar un pistacho. Las cáscaras ocupan mucho sitio. Cuando entras con tus amigos tardáis horas, revolviendo entre las cáscaras vacías, para encontrar uno lleno. Tus amigos te dicen: “Vamos a dejar de hacer esto”. “¿Por qué? – les preguntas-. ¿Es que ya no os gustan los pistachos?”. ¿Y qué contestan tus amigos?

–         Pues que los pistachos ya no son gratis – dijo Amy.

–         ¡Exacto! – exclamó Sam triunfante -. Al cabo de un tiempo, sale más a cuenta pagar los pistachos en una tienda que pasarse horas buscándolos entre el montón de cáscaras vacías. El coste de los pistachos de la sala de los pistachos es demasiado elevado. Lo mismo pasa con el petróleo. Antes de que se extraiga la última gota de crudo, dejaremos de usar el petróleo y lo habremos substituido por otras fuentes de energía. Sería demasiado difícil encontrar nuevos yacimientos. O demasiado caro extraerlo (…)

Rusell Roberts, El corazón invisible (Antoni Bosch, 2001), pp. 5-6.

Con respecto al tema del petróleo, es ineludible mencionar el libro de Juan Rosell, presidente de Foment del Treball, sobre la materia: ¿Y depués del petróleo, qué? (Deusto, 2007). En el libro, Rosell nos da una perspectiva sobre el sector del petróleo, que podemos esperar de cara a futuro así como las alternativas energéticas de las que disponemos. Sin duda libro imprescindible para adquirir criterio con respecto al debate energético.

Para los que quieran profundizar en este tipo de temas hay una lectura iniciatica clave: The Ultimate Recource, del gran Julian Simon (el anti-Malthus).