Acabar con el paro es posible (reseña último libro Daniel Lacalle)

En pocos años Daniel Lacalle (@dlacalle) se ha convertido en una de las grandes referencias del pensamiento económico en España habiendo publicado hasta cinco libros, tres de ellos en solitario, el último Acabemos con el paro (Deusto 2015) y con sello de Roger Domingo (@RogerDomingo). En esta última empresa literaria, Lacalle aborda el que es, sin lugar a dudas, el gran problema de la sociedad española en la actualidad: nuestra desorbitada e injustificablemente alta tasa de paro.

Como bien señala el autor de inicio, el paro en España no es un problema nuevo, sino que viene de lejos y cuyas causas no únicamente se deben a un tema de ciclo económico sino que hunden sus raíces en parte en unas instituciones laborales deficientes, o mejor dicho poco ancladas en la realidad (en la mayoría de casos); y en parte también por una cultura con una enorme aversión al riesgo y al emprendimiento en general.

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El libro de Lacalle tiene la valentía de plantear el tema con los pies en el suelo y evitar las vaguedades o el ensoñamiento. Al contrario, se trata en de un ensayo escrito en clave de “política pequeña”: el autor baja a lo concreto y, con argumentos, realiza propuestas específicas para hacer frente a cada una de las disfuncionalidades que desembocan en los altos niveles de desempleo que arrastra todavía la economía española. El texto hace una análisis pormenorizado del estado de la cuestión, el diagnóstico, para luego proponer, propuestas concretas, algunas de ellas fruto de la experiencia en otros países, todas con un profundo anclaje en los valores de la libertad económica. Esto también incluye, y es igualmente importante, desmontar los múltiples mitos que existen alrededor del tema del empleo y en donde todavía persisten propuestas tan peregrinas –y alejadas de la realidad– como la contratación pública. Especialmente interesante, por ejemplo, resulta el repaso que el autor realiza con respecto a otros sistemas como el existente en el Reino Unido, los países nórdicos, o el caso Austríaco, todos ellos interesantes y de los que extraer conclusiones.

El libro esta muy bien tejido, es exhaustivo, e incluye multitud de cifras y datos orientados a dar fuerza y peso a cada uno de los argumentos con multitud de referencias bibliográficas para el lector que quiera profundizar al tiempo y que permite tener una panorámica muy completa sobre el estado de la cuestión no únicamente en España sino dentro del marco de la OCDE. Al margen de las consideraciones y propuestas de carácter técnico que realiza Lacalle, la verdadera y gran aportación del libro, desde el punto de vista de este analista, es el mensaje de poner en valor la función empresarial en su sentido más amplio. Básicamente: sin arriesgar es imposible crear riqueza, crear empresas; y sin empresas es imposible generar empleo. El libro en Madrid se presentó en CEOE con la presencia de Juan Rosell quién en 1985 (hace tres décadas, que se dice pronto), publicaba junto con Juan Torras y Joaquín Trigo, el libro Crear 80.000 empresarios con mensaje similar. La tesis central del libro entonces guarda gran relación con el libro de Lacalle ahora: Felipe González había prometido 800.000 nuevos empleos a lo que los autores respondieron que bastaría con crear 80.000 nuevos empresarios para cumplir dicho objetivo. Es aquí donde esta la madre del cordero (antes y ahora).

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Nota foto: Daniel Lacalle señala como la gran brecha entre el coste laboral y lo realmente percibido (sueldo neto) es una de las causas que lastran el nivel de empleo en nuestro país.

Es por eso que la gran aportación del libro es que la solución al problema del paro pasa, sobretodo, por un cambio de mentalidad con respecto a una palabra clave (que sale varias veces en el libro; buen síntoma): el riesgo. Riesgo implica salir de la zona de confort, asumir responsabilidades y no pasarlas a terceros; en definitiva, vivir la realidad tal y como es y no escondido detrás del BOE o de cualquier otra burbuja. No tener miedo a equivocarnos, no tener miedo asumir responsabilidades. Dato ilustrativo que conviene remarca y recordar: un 70% de los universitarios españoles aspiran algún tipo de empleo público y solo un 7% quieren montar su propio negocio o empresa; en Estados Unidos el porcentaje de estudiantes que aspiran a ponerse por su cuenta y riesgo asciende al 40%.

Nos hace falta un cambio de actitud en frente al riesgo y con respecto a la cultura del error, hoy un estigma. Los errores de hoy están las empresas de mañana, las que generarán los empleos del futuro. El error es parte consustancial del emprendimiento, es imposible acertar siempre, y aún más acertar a la primera (sin error no hay tampoco experiencia o aprendizaje). Es importante facilitar la asunción de riesgos y la creación de empresas, por eso la solución al desempleo pasa por fortalecer la propiedad privada, favorecer el ahorro (sin ahorro previo no hay nadie que ni pueda ni deba, asumir riesgos), eliminar trabas administrativas, y bajar los impuestos que favorezcan la capitalización de las empresas (lo que permite crecer en tamaño y asumir riesgos mayores) o la contratación (España, como vemos en la tabla anterior, es de los países que más retenciones soporta a la Seguridad Social).

En definitiva el libro se sitúa en un doble encaje (y doblemente acertado). Por un lado, hace un planteamiento de la cuestión en base a los datos y sin tirar de recetario mágico, el ensayo es una contribución a la política pequeña justamente esta la que resulta más eficaz ya que puede evaluarse (recuerdo el último libro que reseñé que ponía justamente en valor esta tesis El retorno de los chamanes de Víctor Lapuente). Por otro lado, el libro tiene un mar de fondo muy claro de defensa de la libertad individual, la responsabilidad, y la capacidad de arriesgar (emprender) como ejes imprescindibles si verdaderamente queremos hacer frente con solvencia al lastre social y económico que supone el gran desempleo que soporta nuestra economía y que urge corregir. Solucionar el problema del paro esta a nuestro alcance y empieza con su correcta aproximación para la cuál el libro de Daniel Lacalle resulta imprescindible.

Notas sobre economía y política española

La racionalidad en la deuda pública es una fuente de fuerza y seguridad. Para ello, el crédito público debe usarse lo menos posible […], hay que evitar las situaciones en las que se acumule la deuda, rehuyendo partidas de gasto, haciendo frente a nuestros gastos por nuestro esfuerzo vigoroso en tiempos de paz, para no de forma irresponsable pasar a la posteridad la carga de la deuda que deberíamos haber hecho frente nosotros mismos. 

George Washington

Al margen de la lectura política, el último debate sobre el Estado de la Nación tuvo un trasfondo básicamente económico. España presenta un cuadro de crecimiento y creación de empleo de seis años consecutivos de penurias. Sin entrar en discusiones políticas, parece un buen momento para señalar algunos puntos sobre el estado de la economía española.

Primero, tanto los indicadores de actividad como de empleo son positivos. En todos los sectores, incluida la construcción, se observan cambios de tendencia que señalan que previsiblemente la crisis ha tocado fondo. Para el primer trimestre de 2015, el crecimiento intertrimestral podría acelerarse hasta el 0,8-0,9%. En 2015, mi estimación es que la economía española crezca un 3% anual.

Aunque la inflación está en terreno negativo (-1,3% en enero), cosa que obsesiona a muchos, lo cierto es que resulta engañoso hablar de deflación cuando las expectativas de los agentes económicos son positivas como reflejan los indicadores de inversión y consumo. Con un petróleo que previsiblemente oscilará por debajo de los 65 dólares durante todo el año, es de esperar un ajuste sensible a la baja del IPC lo que, a juicio de este analista, es positivo al facilitar el ajuste de la economía española.

Los salarios siguen subiendo con moderación (por debajo del 0,6% que establecen los convenios). Este es el principal elemento, junto con la reforma laboral que ha permitido reducir el umbral de crecimiento a partir del cual la economía genera empleo, que explica el buen comportamiento del mercado laboral dadas las circunstancias y las grandes limitaciones de nuestro entramado institucional en temas de empleo. Si como decíamos, se mantiene una moderada caída en los precios, una subida moderada de los salarios facilita mantener ganancias de competitividad con respecto nuestros competidores de la zona euro sin que esto conlleve pérdidas sustanciales en el poder adquisitivo.

Para los dos próximos ejercicios, una rebaja en la presión fiscal sobre el factor trabajo es el último gran elemento que ha de facilitar la actividad económica y la absorción del desempleo. Urge rebajar las cotizaciones sociales sobre el empleo que, con excepción de Francia, son las más elevadas de la Unión Monetaria. Los trabajadores ya han cumplido con su parte al ajustar duramente sus salarios, ahora le toca a la Hacienda pública ayudar a ganar competitividad.

Un elemento sobre el que estar atentos en 2015 es la balanza por cuenta corriente. Durante los años 2000-2007 fue la gran ignorada pese a ser un termómetro muy fiable para medir la fragilidad o solidez del crecimiento. En 2014 cerraremos el año en equilibrio, y en 2015, pese al repunte de las importaciones, ineluctable después de seis años de contención del gasto, el más que previsible buen comportamiento del turismo, hace prever que España cierre el ejercicio 2015 con un ligero superávit. Pero se trata de un equilibrio frágil.

Es importante mantener monitorizado el sector exportador, prueba del algodón de la competitividad de nuestra economía, y ser conscientes de que sería una imprudencia que el Gobierno “delegase” a la coyuntura (que por definición no controla) nuestra recuperación. La agenda reformista debe mantenerse pese al complejo calendario electoral, y esta ha de ir encaminada hacer los mercados más libres, dinámicos y competitivos, el tiempo que las barreras administrativas, burocráticas y fiscales a la actividad económica se reducen.

Son muchas las voces que ahora se alzan para reclamar ambiciosos planes de gasto para que el tejido productivo español se modernice, sea más innovador o gaste más en I+D. El conjunto de este planteamiento, que incluye recetarios “mágicos” de todo tipo, es un error y, al contrario de lo que pretende, entorpece el camino de salida de la crisis. España, con una tasa de paro superior al 23%, pese a una muy baja tasa de actividad en comparación con otros países de su entorno, dista mucho de haber realizado aún un ajuste completo de su economía que le permita mutar sustancialmente de piel. Es importante remarcar que España tendrá el tejido empresarial que quiera que tenga los empresarios españoles. Cualquier intento de planificar “desde arriba” la economía es engañoso, falaz y pernicioso al sembrar la idea en la ciudadanía de que la política puede hacer más por solucionar los problemas de lo que realmente es capaz de conseguir en la práctica. Hay que ser conscientes de que a lo máximo que puede aspirar el sector público con respecto al privado es entorpecer lo menos posible y para conseguir eso la única vía es suponer la menor carga fiscal posible y salvaguardar los principios básicos de un Estado de derecho.

Las prioridades de la economía española han de seguir siendo recuperar competitividad, ajustando los excesos del pasado de la forma más acompasada y justa posible, al tiempo que se reducen los elevados volúmenes de deuda público/privada en un proceso de despalancamiento que aún se prolongará varios ejercicios (previsiblemente hasta 2018). Para facilitar este ineluctable ajuste, el sector público tiene que favorecer, insisto, reformas que aminoren las partidas de gasto público estructural y que permitan realizar rebajas fiscales significativas a las familias y las empresas. De esta forma, los agentes económicos ven mejoradas sus expectativas de futuro y ven como su renta disponible se incrementa lo que aumenta el colchón de estos para dar servicio a la deuda.

Solo reduciendo el binomio deuda/gasto el sector público liberará recursos disponibles para que el sector privado pueda recapitalizarse de manera rápida y estructural. Huelga decir que innovar más o contar con un tejido productivo más sofisticado y de mayor valor añadido no es algo que se pueda imponer “desde arriba” o mediante recetas mágicas como las que hemos escuchado desde diferentes tribunas (último caso con el programa económico de Ciudadanos). Por el contrario, es la consecuencia lógica de los procesos de merado cuando los derechos de propiedad están bien asignados y debidamente protegidos. El marco de incentivos que se genera de manera espontánea en los estados de derecho es lo que permite a las economías desarrolladas (capitalizadas) acometer procesos de inversión y empresas cada vez más sofisticadas, innovadoras y de mayor envergadura. Para ello es imprescindible, con carácter previo, contar con una sociedad capitalizada, en donde sus familias y empresas puedan ahorrar.

Ahorro y capital son dos palabras severamente castigadas en España lo que constituye el motivo esencial de la precariedad de nuestro mercado laboral: los políticos han desincentivado enormemente el ahorro de las familias y empresas al tiempo que con una elevada fiscalidad sobre el trabajo y el capital imposibilitan que los jóvenes o las familias de menores ingresos puedan ahorras. Por su parte, los intelectuales mayoritariamente simplifican el análisis a recetarios infantiles y propuestas de corte positivista que, lejos de solventar los problemas, suponen a la larga una carga fiscal añadida para la ya de por si sufrido tejido productivo.

Con todo, las propuestas presentadas por el Presidente del ejecutivo durante el pasado debate sobre el Estado de la Nación avanzan, tímidamente pero avanzan, en la buena dirección. Al margen de las medidas de bonificaciones y cheques (típicas en año electoral y que este analista no comparte, aunque son el mal menor), el Gobierno haría bien en no confiar la recuperación a una coyuntura ciertamente favorable y proseguir con el calendario de reformas que en muchas áreas tiene serios déficits que nos alejan de una convergencia real con Europa.

El principal elemento que amenaza la prosperidad de los dos próximos años es la política y los medios de comunicación. Tanto desde posturas socialdemócratas, como desde nuevos focos tecnocráticos con “pócimas crece pelo” o directamente desde el populismo de la extrema izquierda, se repiten los mismos mantras de manera continuada lo que ha generado un estado en la opinión pública y publicada que en el mejor de los casos nos lleva a un estancamiento económico perpetúo. En suma, se ha generado la idea errónea de que la crisis es una especie de contienda bélica, con buenos y malos, ganadores y perdedores, al tiempo que se ha generado una visión excesivamente negra y apocalíptica, de fin de régimen, que no atiende, a juicio de este analista, a la verdad. La crisis ha hecho ver las vergüenzas de un sector público que durante los años de vino y rosas tapo sus ineficiencias con los estímulos de liquidez constante. Hasta cierto punto normal que un entramado institucional aún joven y frágil se haya visto superado por el tsunami de liquidez que paso por España entre 2000 y 2007 con tasas de interés real negativo.

Pero lo anterior, no se soluciona con nuevos partidos que dicen huir de ideologías confundiendo a la opinión pública. En la base del crecimiento económico están las instituciones; las mejoras institucionales son siempre incrementales –ya se encargó de dar buen testimonio de ellos Tocqueville o Burke – nunca mediante procesos de ruptura como el que plantea el comunismo bolivariano de Podemos o el pseudo-regeneracionismo tecnocrático de Ciudadanos (España no está hoy en 1978 como quiere hacer creer a sus votantes Albert Rivera). Caer en cualquiera de estas dos trampas es un error porque en mayor o menor medida significa perder parte de lo ya conseguido y que se instale (de forma definitiva en España) una retórica –similar a la de la nociva Generación del 98– en el país, la retórica populista/tecnocrática. Al gran coste de la confusión, se le añade el coste de fragmentar el arco parlamentario lo que dificulta la actividad legislativa y no tiene ningún efecto beneficioso a la hora de combatir la corrupción o los déficits institucionales.

Los grandes países de nuestro entorno se caracterizan por tener sistemas políticos bipartidistas, con grandes consensos con respecto a la protección de la propiedad, la vida, la libertad de expresión y la existencia de mecanismos de solidaridad para quién lo necesita, en donde un partido gobierna y el otro hace oposición y en donde la ideología preside la acción política, tiene un peso ya que es lo que permite el debate y clarificar ideas lo que permite que esta también avance con el paso del tiempo y las preferencias sociales en un proceso dinámico de prueba y error. Añadir confusión a este proceso social y político fundamental de manera gratuita, será a la larga muy costoso.

Sin embargo, el consenso sociodemográfico demanda, por lo general, más gasto público como principal vía para solucionar los problemas y las soluciones tecnocráticas fáciles, propias de una democracia joven y una sociedad muy infantilizada como la española, alimentan las nuevas formas políticas que, aunque muchas incorporen muchas practicas ejemplares, serían más eficientes y contribuirían mejor a la regeneración institucional si lo hiciesen desde los grandes partidos mayoritarios y sin renunciar (salida fácil) al vector ideológico. Las ideas son importantes, y en año de elecciones resulta peligroso querer prescindir de ellas.

Leones contra dioses, crónica de unos años decisivos para España y Europa

Normalmente los libros sobre actualidad económica pura, casi sin doctrina económica (solo lo que subyace a la selección de los hechos), básicamente con la descripción del relato económico de un país suelen ser más bien pesados y con una muy escasa utilidad práctica. No es el caso del libro “Leones contra dioses” del periodista económico del diario El Mundo, John Müller (@cultrun).

Hay dos elementos que contribuyen a esta excepción. De una parte, la excepcionalidad del periodo vivido, una etapa aún por cerrar (estamos, en opinión de este analista, lejos aún de haber cerrado la primera gran crisis del euro), en donde el orden europeo se ha puesto a prueba como nunca antes en la etapa contemporánea. Y de otra parte, la incontestable solvencia del cronista Müller, que si bien es y ejerce como periodista, cuenta con un sólido criterio económico que le permite explicar y clarificar los diferentes elementos que han ido tomando partido en la intensa actualidad económica que ha vivido el país desde finales de 2008.

De esta forma, el libro constituye un riguroso y desmenuzado relato en donde la crónica política (leones) se da la mano de los mercados (dioses), al tiempo que se nos descubren detalles de la historia que la mayoría de veces queda fuera de plano al leer la prensa económica diaria y de la que aquí se nos presentan diversos destellos que ayudan a conocer los éxitos y fracasos menos visibles de nuestros actuales líderes y también a tener una visión más completa y panorámica de los avatares vividos estos últimos años. Algunas partes del libro ya vale la pena leerlas solo por constituir una potente clase sobre estrategia y negociación, un House of Cards (en sus capítulos más dulces), dentro del complejo y muchas veces inescrutable orden europeo. El grueso del relato lo articula la prima de riesgo –su disparo a las alturas y su posterior bajada– y que, como bien señala su autor, ha sido el catalizador del mayor proceso reformista de España, probablemente desde el plan de estabilización de Dexeus Sardà, Ullastres y Navarro Rubio. A este elemento central, se han ido sumando otros como la crisis del bipartidismo, el conflicto con Catalunya, o los movimientos populistas hoy convertidos en seria amenaza para la economía española y el euro en el corto-medio plazo.

La obra repasa los avatares de la economía nacional a través de las acciones u omisiones de sus principales protagonistas arrojando luz para el posterior juicio por parte del lector de lo que se hizo bien, lo que se hizo mal y lo que se hizo fatal. Una de las bases para que los sistemas democráticos funcionen es contar con ciudadanos responsables e informados. En este sentido, el libro de Müller tiene la virtud de dibujar un relato desapasionado de ningún color político sino más bien de una genuina búsqueda de la verdad.

Mucho se ha hablado en los medios de esta crisis económica (demasiado), pero demasiado a menudo también se habla desde la visceralidad del momento, la frustración natural al narrar según que noticias o, directamente, esta realidad se explican y tergiversa en base a potentes sesgos inconscientes de los responsables informativos. Reconozcámoslo cuanto antes: España es un país Quijotesco y pasional (basta ver la actitud de Artur Mas, por ejemplo, o el voto masivo a una opción política con ideas tan arcaicas como Podemos/Guanyem). La mayor parte de los periodistas económicos del país no buscan la verdad, buscan inconscientemente (y sistemáticamente) todos aquellos hechos que confirman y retroalimentan sus prejuicios. La gente nunca antes había dispuesto de tanta información económica y, sin embargo, la ignorancia y el desconcierto nunca habían sido tan profundos. En este sentido, el libro de John Müller también ayuda a entender el proyecto Europeo y cuál ha sido y es el papel de España en el mismo durante los años de crisis y ayuda a esbozar que podemos esperar en el futuro. El libro incorpora un valioso eje cronológico de la crisis que pronto veremos en los libros de historia económica.

Por su parte, Leones contra dioses, se erige como una crónica personal e íntima, pero al mismo tiempo desapasionado y prudente en sus juicios de valor, de lo sucedido en la historia reciente de España y que constituye un potente testimonio sobre una etapa que urge comprender. Todo lo anterior, de la pluma de un periodista que entiende cómo funcionan los procesos de riqueza (una rareza similar a tener los ojos verdes) y con sólidos valores en materia económica en un momento en donde la información abunda y el criterio escasea. Lectura obligada.

Por un orden social liberal en España (reseña al libro “Por una derecha liberal” de L. B. de Quirós)

El último libro de Lorenzo Bernaldo de Quirós representa una visión liberal, desde su acepción más clásica del termino, abordando tanto la difícil tarea del diagnóstico con especial foco en las instituciones, los principios y los individuos; abordando también el qué debiéramos hacer para recuperar la senda del crecimiento y la prosperidad. El título del libro reza “Por una derecha liberal”, dos conceptos que, como bien señala el propio autor, durante gran parte de la historia de España no han tenido nada que ver llegando en muchos casos hasta ser antagónicos. Al margen de las provocaciones del título, el libro de Bernaldo de Quirós constituye un ensayo del máximo interés y que supone la versión española del fantástico opúsculo de Hayek “Principios de un orden social liberal”.

Armado con principios e ideas, que han brillado por su ausencia en el debate político español desde al menos la última década, B. de Quirós desmonta una por una las tesis por las cuales la actual situación de crisis económica (que nos ha conducido al borde del impago) y desesperación social hunde sus raíces en un “exceso” de liberalismo, en unos mercados desbocados, o en una falta manifiesta de regulación. Por el contrario, el relato de Bernaldo de Quirós explica de manera muy comprensible como la entente entre socialistas y conservadores a la hora pervertir los fundamentos de una sociedad verdaderamente libre basada en la propiedad privada, la libertad de contratos, la responsabilidad individual y una presión fiscal baja constituye la verdadera causa del deterioro en el tejido institucional, económico, político y social que azota las Españas y que supone, coincidiendo con el inicio del reinado de Felipe VI, el momento más complejo y delicado desde la Transición.

En las últimas tres décadas, el foco de la política se ha centrado en desarrollar el estado de bienestar por el cual toda una serie de disposiciones han ido garantizando más y más derechos sociales a unos y otros grupos sociales según gobernasen los “azules” o los “rojos”. Este positivismo normativo, con el tiempo, ha ido diluyendo el concepto de ciudadanía por el cual todos los ciudadanos son iguales ante la ley, al tiempo que ha generado un clima de “guerra civil fría” por conquistar el poder convirtiendo la democracia en una especie de Juego de Tronos. En efecto, en el escenario actual dependerá de si soy trabajador por cuenta ajena, médico, maestro, autónomo, o político que mis condiciones y privilegios serán unos u otros sin que exista una causa objetiva y moral que justifique dichos privilegios o prebendas más que la historia o la conquista democrática del poder.

De esta manera, hemos convertido al Estado en una gran ilusión a través de la cual todos nos robamos los uno a los otros en una maraña de intereses cruzados en donde los verdaderamente necesitados se han convertido en los más olvidados en vez de ser un instrumento de protección de la propiedad, los derechos individuales, la seguridad ciudadana y como garante último del cumplimiento de contratos. Además, el aumento paulatino del gasto público, y una descentralización administrativa desigual y politizada han servido en bandeja un campo fértil para la corrupción política. En efecto, el aumento del volumen de rentas a repartir vía discrecionalidad política, por un lado, sumado a la enorme tentación que supone el enorme poder económico que tienen muchos cargos públicos muchos de los cuales moviendo tan solo una línea dentro de un plano urbanístico pueden enriquecer enormemente al prójimo genera un sistema de incentivos en donde incluso alguien de corazón inmaculado acabaría cayendo en los tentáculos del pecado.

Por eso, la solución al complejo y frustrante para la ciudadanía problema de la corrupción para por fortalecer los mecanismos del imperio de la ley, por despolitizar los órganos de gobierno de la justicia, y por limitar las bolsas de rentas en manos de los políticos al mínimo que sea posible. En la misma línea, hay que fortalecer el derecho a la propiedad privada, hoy menoscabado y pisoteado por multitud de leyes de carácter normativo o positivista que obstaculizan los procesos de creación de riqueza y, juntamente con una presión fiscal inusitadamente alta, condenan a nuestra economía a un paro estructural que condena a nuestros jóvenes a emigrar a otros países y a, en muchos casos, no poder desarrollar un proyecto de vida pleno con la consiguiente frustración y enorme pérdida de recursos que esto implica para el país.

Una de las grandes conclusiones del ensayo, escrito con un lenguaje ágil que hace que el libro se lea de un tirón, es comprobar como las fantasiosas, en muchos casos directamente absurdas, propuestas de nuevas formaciones políticas como Podemos, Guayem, y hasta en cierto punto también Ciudadanos/UPyD (cuyo discurso es menos populista pero igualmente poco riguroso y solvente), son meros intentos de paliar síntomas: despliegues programáticos que carecen de principios y valores sólidos de acción, que no aciertan a entender las causas últimas de porque estamos donde estamos y que, por lo tanto, no únicamente están condenados a fracasar sino que además agravan la situación de crisis al añadir aún más costes normativos y fiscales al ya maltrecho y maltratado sector productivo.

En definitiva, el libro hunde sus raíces teóricas en el liberalismo clásico. Constituye un ensayo que bien hubiese podido firmar el propio Hayek, o alguno de sus discípulos en España más aventajados como el hoy injustamente olvidado Salvador Millet i Bel quién escribió un ensayo de naturaleza similar al libro aquí reseñado (también con un provocativo título): “Qué siginifica ser conservador, avui?”. Libro que animo a releer (sino a reeditar) por su asombrosa vigencia y su enorme clarividencia. La política tiene que sofisticar su dialéctica si quiere servir de instrumento útil para encauzar políticas que realmente tengan un impacto directo en el prosperidad y bienestar de la gente, en especial de aquellos más necesitados. En el futuro hemos de prescindir de debates estériles entre sobre si imponemos el modelo “rojo” o “azul” sino en cómo recuperamos los valores de defensa de los derechos individuales, unas instituciones que limiten de manera efectiva el poder del gobierno y la defensa de la propiedad como garantías irrenunciables para que nuestros sistemas democráticos recuperen el vigor, la legitimidad y la representatividad que nunca debieron haber perdido. No se trata de imponer A o B, se trata de generar un marco de convivencia, unas normas de juego universales, en donde cada uno de los individuos pueda llevar a cabo su plan de vida como mejor considere sin atentar contra los derechos y la propiedad de los demás. Se trata, en resumen, de ser más libres.

Lectura resultados 9N (publicado en Expansión)

El pasado domingo 9 de noviembre, los catalanes fueron llamados a las urnas en una jornada que ponía punto seguido al llamado “procés de transició nacional”. Sin entrar en la dimensión ideológica, política y jurídica del asunto, el propósito de este analista es simplemente contextualizar e interpretar las cifras -los resultados- de este proceso consultivo. Vaya por delante, que el 9N es un asunto básicamente cualitativo que requiere de respuestas y acuerdos políticos, pero si conviene saber la dimensión de cada una de las posturas y su potencial recorrido.
A nivel de conjunto el independentismo, que se asocia al SíSí, no llega al 30% (29,92): 1.861.753 votos (sin hacer el filtrado de menores de 18 e inmigrantes sin derecho a voto) sobre un censo total de 6.222.736. Dejando ajustes menores al margen, existen algunos elementos que invitan a pensar que el voto independentista está y estuvo prácticamente movilizado para el 9N y que, sin embargo, hay algunas consideraciones que, de realizarse un referéndum vinculante no reversible, en donde se preguntase de manera clara y directa sobre la independencia de Cataluña, el voto independentista podría desinflarse ligeramente.
Un primer elemento distorsionador es la manera de preguntar –la famosa doble pregunta- que invalida el Teorema de Arrow. En suma, la existencia de una segunda pregunta condiciona el resultado de la primera con lo que, de entrada, tenemos una pequeña turbulencia inicial que dificulta en análisis objetivo de los resultados obtenidos aunque sea de una manera menor.
Al margen de qué en la pregunta prevaleciesen criterios políticos y no técnicos y resultase siendo poco práctica para el objetivo que pretendía alcanzar, el elemento que más podría hacer disminuir el voto en favor de la independencia es que la consulta no era vinculante. Este hecho fundamental elimina la aversión al riesgo del votante de manera que el voto Sí no conllevaba ningún coste. No es lo mismo decir desde la orilla: “yo me tiraría desde lo alto de esa roca”; qué, una vez en lo alto de la misma, tomar la decisión de tirarse. Desde la orilla es fácil minusvalorar los riesgo o, directamente, no ser consciente de todos ellos. Cuando uno liga su análisis a una decisión en donde hay asunción de consecuencias, el resultado cambia. Parece razonable pensar que en caso de que se convocase un referéndum vinculante, el voto en favor de la independencia podría ser menor de lo esperado simplemente por aversión al riesgo.

Aunque probablemente sea un elemento secundario, al mismo tiempo, el realizar un referéndum vinculante también se desinfla aquel voto Sí que responde más a la coyuntura del momento – cansancio, voto castigo a Madrid por no permitir la consulta o directamente hartazgo – que al sentimiento. Parece razonable que en un proceso concluyente este voto no se daría.

Finalmente, hay una consideración a tener en cuenta y es que los resultados del 9N son el resultado de casi dos años de movilizaciones masivas y de una campaña de marketing político que se ha centrado en señalar las virtudes del independentismo que se ha asociado a todas las virtudes de un “un país nou”, muchas veces con múltiples elementos de populismo y propaganda, y poco o nada se ha dicho los costes e incertidumbres que conlleva el proceso independentista incluso de llevarse a cabo de manera pactada. En opinión de este analista, estos factores limitan mucho el recorrido del voto independentista al alza que, paradójicamente, su principal motor de crecimiento es exógeno y esta en Madrid. De lo mal o bien que se gestione la crisis de manera política desde Madrid el independentismo puede potencialmente crecer más o quedarse estancado este 1,8 millones de votos.
Con estos elementos encima de la mesa, si ajustamos el voto independentista –muy ligeramente– en los 1.825.000 votos y calculamos los porcentajes de un hipotético referéndum Si/No sobre un censo de 5.413.868 (correspondiente a las últimas elecciones al Parlament de Catalunya en 2012), y con una horquilla de participación del 75-85% (recordemos que la participación del referéndum escocés fue de un 84,5%), obtenemos que el No ganaría entre un 60/40 (participación elevada del 85%) y un 55/45 (con una participación moderada del 75%). Si repetimos este análisis, pero estimamos un voto independentista más elevado, el 1.861.753 sin aplicar ningún tipo de ajuste, y en base a los mismo porcentajes de participación (75-85%) obtenemos que el No se vuelve a imponer: 46/54 y 40/60 respectivamente.

Expansión (15/11/2014)

¿Seguirá siendo España el mejor amigo de China en Europa? (El Economista 24/10/2014)

Este próximo día 24, el presidente Mariano Rajoy realizará su primer viaje oficial a China en un momento en el que las relaciones entre ambos países podrían ser mejores. Históricamente las relaciones hispano-chinas han estado siempre presididas por un clima de complicidad fruto de nuestro buen hacer tras la crisis de Tiananmen. En aquel momento de incertidumbre, no estaba claro que rumbo seguiría China después de los sucesos del 4 de junio, la comunidad internacional dio la espalda al gigante asiático imponiendo duras sanciones económicas. España, por el contrario, mantuvo sus compromisos comerciales y económicos y fue, Fernández Ordóñez, a la sazón ministro de Exteriores, el primer alto mandatario de un país occidental en visitar el país en noviembre de 1990. China se ha mostrado siempre agradecida por la apuesta de la diplomacia de España que, desde entonces y en repetidas ocasiones, se ha dicho “es el mejor amigo de China en Europa.”

Sin embargo, incidentes recientes como la imputación por parte de la Audiencia Nacional de cinco ex altos dirigentes chinos por crímenes de lesa humanidad en el Tíbet, entre ellos el expresidente Jiang Zemin, ha molestado, y mucho, a China, país especialmente receloso de recibir injerencias extranjeras en la gestión de sus asuntos internos. Entiéndaseme bien. No se cuestiona aquí la necesidad de establecer mecanismos para asegurar la universalidad de los derechos humanos en todos los rincones del planeta; sí se remarca la importancia de que los procedimientos para cumplir con dicho objetivo cuenten con la apoyatura internacional más amplia posible.

Sea como fuere, el presidente Rajoy tiene la difícil tarea de ver hasta qué punto los acontecimientos recientes han podido erosionar esta complicidad, al tiempo que debiera de asentar un marco que favorezca un intercambio con China más intenso y regular. El carácter insondable de la élite dirigente china y su trato distante complica que este tipo de encuentros den frutos inmediatos, de ahí la importancia de que cualquier logro que se pretenda de China pasa necesariamente por mantener una estrategia clara en el largo plazo.

A nivel económico, el avance de la globalización ha atomizado el poder en todos los ámbitos diluyendo también el poder que, antaño, atesoraban las embajadas cuando ejercían cierto monopolio de intermediación en las relaciones entre dos países a todos los niveles. Hoy su incidencia para favorecer intereses nacionales es menor. No obstante,  conviene no minusvalorar el poder del lenguaje corporal que sigue siendo importante, más aún para la civilización china acostumbrada a que le rindan cierta pleitesía. Estar ya no es condición suficiente, pero sí necesaria.

Por eso, España tiene que relanzar su buena sintonía con China para la próxima década siguiendo una estrategia bifronte y bidireccional. Bifronte en el sentido de que las relaciones con la República Popular no solo tienen que abarcar las estructuras del Estado/gobierno sino también mirar de establecer lazos de dialogo permanente con los órganos del Partido. Tema no menor. Pese a existir un cierto solape entre Estado/gobierno y Partido, los intereses de ambos cuerpos no son coincidentes. El PCCh es quién ostenta la legitimidad del régimen y el encargado de definir la visión largo plazo de la nación.

Bidireccional porque la estrategia no solo ha de ser hacia China sino, también y más importante, desde China. Sería hábil por parte de Rajoy centrar las conversaciones, sobre todo, en ver como España puede favorecer el proceso de transformación histórica en el que está inmerso el país o, en un plano más práctico, pensar en acciones conjuntas que permitan que España se convierta en una pista de aterrizaje preferente para las empresas chinas en su internacionalización en Europa, por poner solo dos ejemplos. Si se me permite el juego de palabras: no nos preguntemos que puede hacer China por España sino que podemos hacer nosotros por China (y, de paso, ayudarnos a nosotros mismos).

Resulta evidente que España por su tamaño difícilmente puede representar un papel relevante entre las relaciones Europa-China que, a día de hoy, pasan principalmente por el eje Berlín-Bruselas. Sin embargo, sí puede convertirse en el socio amigo, en una muleta diplomática, para asegurar y consolidar unas buenas relaciones a todos los niveles entre China y Europa que, como con acierto ha señalado Javier Solana, es ya un elemento muy importante de estabilidad global en un mundo crecientemente inestable.