Brexit: se consumió el divorcio, Lorenzo B. de Quirós

El Reino Unido ha dado por terminada su participación en la Unión Europea. Desde que, hace 70 años, Winston Churchill lanzó la idea de unos Estados Unidos de Europa hasta la creación del euro en una UE presidida por Blair, las relaciones entre Gran Bretaña y la Europa continental han sido un elemento central de la agenda política en ambos lados del Canal de la Mancha. En el momento del adiós, hay que rechazar un tópico convertido en verdad popular: la idea de un Reino Unido antieuropeo.

La situación actual de Europa guarda enormes semejanzas con la etapa de entreguerras

Margaret Thatcher fue la principal impulsora del mayor programa liberalizador acometido hasta la fecha en Europa, el Mercado Único; Blair fue el promotor de la Agenda de Lisboa, el ambicioso y aparcado plan de reformas estructurales cuyo objetivo era hacer de la economía europea la más competitiva del mundo, y los gobiernos laboristas y conservadores postacherianos fueron campeones de las sucesivas ampliaciones de la UE. Sin embargo, siempre ha existido una profunda discrepancia sobre el proceso de construcción europea entre la visión anglosajona de corte liberal, asumida también por las pequeñas democracias nórdicas, y la continental, de naturaleza corporativo-estatista. La concepción de una «unión más estrecha» abanderada por la Comisión y por un buen número de los Estados ha sido percibida en Britania como un reforzamiento de esa predisposición estato-intervencionista. Los británicos han creído imposible reformar la UE desde dentro y han optado por dejarla. Esta explicación tiende a olvidarse, pero resulta fundamental para entender las causas del divorcio británico y también la persistencia de un problema de fondo que la salida del Reino Unido no elimina. Ahora bien, el optimismo manifestado por muchos liberales partidarios del Brexit ha de relativizarse. Por un lado, una parte sustancial del rechazo a la UE no procede de los partidarios de una Britania abierta al mundo, defensores de un modelo de capitalismo competitivo, sino de los sectores de la sociedad británica para quienes la globalización constituye una fuente de inseguridad y de amenaza para su nivel de vida y, también, para su concepción de una sociedad estable y equilibrada. Por otro, el discurso adoptado por el Partido Conservador supone un retroceso hacia una especie de tercera vía comunitarista, similar a la del conservadurismo prethatcheriano y de evidente aroma corporativista. Su plasmación en políticas concretas haría inviable el plan tory de construir una Britania Global. Sería una recreación dentro del Reino Unido del modelo socioeconómico europeo, que es precisamente del que se pretende huir al abandonar la UE.

El proceso negociador GB-UE debería conducir a un acuerdo razonable que permitiese a ambas aprovechar los beneficios de la cooperación. Pero esta desiderata no parece fácil. Europa no hará un traje a medida para los británicos y éstos no aceptarán un esquema de relación similar al noruego o al suizo que, en la práctica, tienen casi todos los costes de formar parte de la UE y menos beneficios que los derivados de la plena integración. Por añadidura, si salir del marco institucional europeo es gratis, los incentivos para que se produzcan movimientos centrífugos en otros Estados son muy altos. En la presente coyuntura continental parece improbable que la racionalidad económica se imponga a la razón política. En coherencia con este planteamiento, el resultado sería un juego de suma negativa… todos perderemos…La evaluación de los costes del Brexit para el Reino Unido y para la UE es de una enorme complejidad. Existen estudios sólidos cuyas conclusiones son radicalmente diferentes. Las repercusiones de un fenómeno inédito dependen de variables difíciles de prever y de controlar, tanto si el divorcio concluye en una relación beneficiosa para las partes como si culmina sin un acuerdo amigable entre ambas. En este último supuesto, no es obvio anticipar quiénes serán los ganadores y los perdedores relativos de la ruptura. Contemplar el Brexit como un desastre para el Reino Unido es tan irreal como considerarlo una garantía de éxito; estimar que es inocuo para la UE tampoco resiste un análisis económico-político elemental. A priori, sus implicaciones son indudablemente negativas para la UE e inciertas para Gran Bretaña.

La razón es evidente…El Brexit se produce en un momento de crisis existencial del proyecto europeo. La actual situación del Viejo Continente guarda extraordinarias semejanzas con la del periodo de entre-guerras (1918-1939). La puesta en cuestión de las instituciones democráticas por partidos antisistema, el anémico crecimiento de la economía y la evidente pérdida de interés estratégico de Europa para la nueva Administración norteamericana configuran un panorama similar al de aquella turbulenta época. En este entorno, el abandono de la UE por parte de la quinta economía del mundo, de su primer poder militar y del Estado con la red de soft power más consistente de Europa tiene implicaciones sustanciales y adversas para la economía, para la política y para la estrategia de seguridad del Viejo Continente.

En este contexto, el Brexit debería ser una llamada de atención para Europa. Guste o no, el proyecto europeo ha perdido atractivo para amplios sectores de la sociedad. Esto no obedece sólo a los efectos de la Gran Recesión, sino también a problemas estructurales de fondo, el déficit democrático de la UE y la resistencia a adoptar las reformas estructurales necesarias para impulsar el crecimiento, la competitividad y la creación de empleo. La actual UE ha degenerado en una especie de Despotismo Ilustrado al servicio del mantenimiento de un statu quo estatista, que es la causa eficiente de la innegable decadencia del Viejo Continente. Si la afirmación de fe europeísta realizada por todos los Estados Miembros esta semana se traduce en consolidar el marco existente, el futuro de Europa será cuanto menos gris.  Para terminar, el Brexit constituye el mayor movimiento sísmico registrado en Europa desde la caída del Muro de Berlín. Además, se produce en un momento de elevada inestabilidad e incertidumbre en el mundo y en el continente. La magnitud de sus consecuencias no puede ser predicha y dependerá no sólo de cuál sea la relación que se establezca entre la Unión Europea y el Reino Unido en el horizonte del corto, del medio y del largo plazo, sino de las políticas que uno y otro adopten. Ello implica la asunción de un escenario abierto, en el que nada está escrito. Al final, la evolución de los acontecimientos no depende nunca de unas supuestas y quiméricas fuerzas inexorables que rigen la historia y el destino de los pueblos, sino de las decisiones de los individuos y de quienes les representan

Grecia y el sueño europeo de JM de Arielza (ESADE)

Valery Giscard D’Estaing pronunció el 28 de mayo de 1979 un emotivo discurso en Atenas, en el que daba la bienvenida a Grecia a las Comunidades Europeas. El político francés presidía el Consejo Europeo, había apadrinado esta adhesión y no dudó en utilizar su buen griego clásico para cantar las alabanzas de la civilización nacida hace más de 2500 años. El hecho de que no muchos asistentes entendiesen sus loas no le impidió extenderse en ellas. Se trataba de la segunda vez que el club europeo abría sus puertas a un nuevo miembro. A diferencia de la ampliación de 1973, las Comunidades habían tenido muy en cuenta un imperativo político: la necesidad de anclar en las instituciones de Bruselas a la recién recuperada democracia griega.

Giscard apoyaba a fondo al primer ministro Konstantinos Karamanlis, quien había regresado del exilio para ganar las elecciones, aprobar la constitución de 1975 y formular la petición de adhesión a las Comunidades Europeas, invocando el acuerdo de asociación de 1961 que abrió a Grecia las puertas del Mercado Común.

La petición de ingreso fue acogida con reservas debido a los problemas sociales y políticos que arrastraba el país, la debilidad de su sistema financiero, una alta inflación y una agricultura poco modernizada. Pero el tándem franco-alemán impuso su visión geopolítica e invocó la pertenencia de Grecia a la OTAN desde 1953. Grecia ingresó en 1980 con un trato favorable para su agricultura y unos períodos transitorios generosos que permitieron ensayar su adaptación en otros sectores. La Comisión por primera vez estableció la siguiente condición: para convertirse en Estado miembro el candidato debía garantizar la democracia y el imperio de la ley.

Los socialistas y comunistas griegos votaron en contra de la ratificación del tratado de adhesión. A diferencia de España, no hubo un gran consenso pro-europeo detrás de esta decisión de tanto calado constitucional. Cuando Andreas Papandreou, líder del PASOK, ganó las elecciones en 1981 anunció que renegociaría los términos de la adhesión e incluso convocaría un referéndum para decidir sobre la permanencia en las Comunidades, una consulta que nunca llegó a realizar. El socialista consiguió a cambio un incremento de los fondos europeos. En Bruselas, los sucesivos gobiernos helenos se granjearon enseguida fama de hiper-nacionalistas por su tendencia a vetar cualquier aproximación a Turquía por parte de las Comunidades.

El peso político y económico de España, que empezaba a negociar en 1977 su ingreso, alertó a los negociadores comunitarios de que nuestro país podía ser una “gran Grecia” si, una vez dentro de Europa, imitaba el comportamiento de Atenas. El presidente Giscard no tuvo reparos en vetar varias veces estas negociaciones, que se alargaron ocho años años y acabaron con condiciones mucho más exigentes que las de la adhesión griega.

Por su parte, el país heleno no desarrolló, como otros recién llegados al proyecto de integración, un europeísmo que le llevase a un proceso de modernización de la economía y la sociedad. Nunca consiguió organizar un sistema eficaz para cobrar impuestos y desarrollar una cultura cívica para entender por qué pagarlos. Aunque parte de sus elites sí hicieron suyo el sueño europeo, la mayoría de los ciudadanos se conformó con entenderlo como un apoyo financiero continuado.

Una vez cayó el muro de Berlín, Grecia centró sus esfuerzos políticos en conseguir que Chipre ingresara en la Unión Europea junto con los países del Este. En 2002 consiguió unirse al euro ya en marcha sin hacer mucho ruido, presentando unas estadísticas oficiales sorprendentes en las que como por ensalmo había desaparecido la inflación y el déficit público quedaba en un 1,5%. En 2004 el nuevo gobierno conservador anunció que el verdadero déficit era del 8,3%. Pero la celebración de los Juegos Olímpicos ese año en Atenas llevó a aumentar la deuda sin reducir el gasto público, aprovechando que se podía financiar en las mismas condiciones que Alemania. Los acreedores no valoraron el riesgo de seguir financiando alegremente a un país que se endeudaba a toda velocidad.  Justo en ese año, Francia y Alemania, en vez de aceptar sanciones por incumplir los límites de gasto público señalados en el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, lo reformaron para hacerlo más flexible, una señal nefasta hacia países como Grecia.

En otoño de 2009, en plena crisis financiera y repitiendo la “confesión” de 2008, el gobierno recién elegido del PASOK hizo de nuevo las cuentas y comunicó a Bruselas un déficit del 14%, en lugar del 2,7%. Los líderes europeos con la ayuda del FMI tuvieron que improvisar en mayo de 2010 un primer programa de rescate, al que siguió un segundo programa y un verdadero rediseño de la moneda común para evitar que una pequeña parte de la economía de la zona euro pudiese amenazar la viabilidad del proyecto entero. Desde entonces, la financiación a Grecia por 240.000 millones de euros no ha impedido que crezca el desempleo, se hunda la economía y aumente la deuda hasta casi el 180% del PIB. Solo el gobierno de Antonis Samaras consiguió enderezar el rumbo por unos meses.

La victoria en enero de la coalición de extrema izquierda de Syriza puso fin a ese momento de esperanza. El comportamiento radical e incompetente del gobierno de Alexis Tsipras en Bruselas ha destruido la confianza de sus socios europeos. El primer ministro ha alimentado la frustración de sus conciudadanos agitando enemigos externos como la “troika”, Alemania, los bancos o una UE insolidaria. Ese peligroso juego ha culminado con el referéndum-chantaje del pasado domingo, el cierre de los bancos y la negociación al borde de la salida del euro para iniciar un tercer rescate, como era de esperar, con condiciones más exigentes que nunca. A nadie le sorprenderá que hace unos días el ex presidente Giscard haya propuesto una “salida amigable” de Grecia de la eurozona, para que “pueda ocuparse de sus problemas financieros, crecer fuera de una moneda fuerte y generar inflación”. De este modo, explica el político francés, “Grecia se prepararía para volver a ingresar en el futuro en el euro”. Para que se le entienda mejor, esta vez no lo ha dicho en griego clásico.

Grecia y los sueños rotos, M. Trías Sagnier (La Vanguardia)

Grecia ha estado presente en nuestro imaginario colectivo como un lugar de ensoñación. Una combinación de Kavafis y vacaciones por las islas del Egeo, evocadores del viaje odiséico, nos llevó a contemplar ese precioso país como algo cercano al paraíso en la tierra. En Grecia nos sentimos enraizados en lo más noble de la simbología cultural europea. La razón imponiéndose al mito, la democracia a la tiranía, el equilibrio frente a la desmesura. Y de allí la obra cultural helenística, Roma, el Renacimiento y la Ilustración, en un recorrido marcado por la luminosidad de Holderlein y el heroísmo de Lord Byron.

Pero el gran historiador Arnold J. Toynbee nos recordó que la Grecia moderna no es más heredera de la Grecia clásica de lo que lo somos los europeos occidentales, sino tal vez mucho menos. Grecia no tuvo propiamente renacimiento, ni la Ilustración asentó allí sus raíces. Se mantuvo cristiana, es cierto, pese a entrar en el ámbito del imperio Otomano, tras la caída de Constantinopla. Pero lo hizo en la órbita de la cristiandad oriental, una esfera compartida con los territorios cristianizados desde Bizancio: Rumania, Bulgaria, Serbia y sobre todo Rusia. Quedó al margen de la evolución cultural, artística y política que llevó a Europa a la Modernidad. El conjunto monástico del Monte Athos muestra en todo su esplendor la comunión cultural de ese mundo, que enarbola el águila imperial de dos cabezas como recuerdo de su origen bizantino.

La Grecia moderna es un país complejo, de marcado cariz balcánico, que encuentra sus raíces en la lucha contra Turquía. Lucha desgarrada que, tras la guerra de independencia, prosigue en las primeras décadas del Siglo XX con los intercambios poblacionales que obligan a los griegos de Asia Menor y de Estambul a abandonar sus hogares, al tiempo que los turcos de Tesalónica y otras zonas eran desplazados en sentido inverso. Así se conforman dos naciones de marcado carácter étnico en un territorio en el que estos grupos culturales antes convivían bajo la tolerancia del sultanato decadente. También contribuye a la conformación del moderno desgarro helénico la configuración geoestratégica surgida de Yalta. Tras la liberación de la cruenta invasión nazi, Grecia se debate entre la opción de buena parte de su pueblo por dar apoyo a los partisanos y el acuerdo entre Stalin y Churchill que sitúa a Grecia en la órbita británica. Una guerra civil frecuentemente olvidada acaba saldándose con la imposición de un régimen prooccidental.

El estado griego, carente de una tradición administrativa y sin una sociedad civil estructurada que lo apoyara surfeó por las aguas de la política europea, aprovechando sus recovecos que le permitieron la entrada en el Mercado Común y después en el Euro en un monumental ejercicio de falseamiento de cuentas. Pero las raíces de la rebeldía balcánica siguieron allá y Varoufakis nos lo ha evidenciado recientemente con toda su teatralidad. Y Grecia debe definitivamente decidir si quiere unirse a ese complejo fruto postmoderno de la Ilustración que es la Unión Europea o internarse en las no menos postmodernas aguas del bloque civilizatorio ortodoxo, confirmando entonces la tesis de Huntington de que, acabada la época de las luchas ideológicas, las divisiones étnico-religiosas van a conformar el mundo del siglo XXI.

Nuevas perspectivas sobre las reformas en China

Esta mañana el premier Li Keqiang ha hecho su tradicional discurso “sobre el Estado de la Nación”. Antes de que estos días extraigamos conclusiones sobre el estado de la coyuntura actual, resulta un momento propicio para tomar algo de perspectiva y reflexionar sobre el estado actual en el que se encuentra su importante proceso de transición económica. Debido a su gran importancia y tamaño, de lo bien o mal que lo haga china depende en gran medida lo bien o mal que nos pueda ir a nosotros.

China está agotando los últimos cartuchos del modelo de crecimiento basado en unos costes laborales excepcionalmente bajos lo que ha permitido a su industria exportadora exprimir al máximo los márgenes de prácticamente todos los sectores industriales acaparando cuota de mercado en prácticamente todos los sectores y segmentos. Este modelo ha perdido cierto fuelle de un tiempo a esta parte por diferentes motivos. El primero de todos, es el propio éxito del modelo: los chinos han dejado de ser “pobres”, y de tener salarios bajos, gracias a los frutos de su propio esfuerzo. Hoy China es una gran potencia exportadora en prácticamente todos los mercados y fruto de ello que también los salarios hayan subido. Otro motivo, es la caída estructural –llega para quedarse– del consumo mundial tras la crisis financiera de 2008. Los mandatarios chinos son muy conscientes del estado de las cosas y de los enormes riesgos que supondría para la economía seguir el curso actual.

Para que una nueva generación de chinos pueda vivir con un crecimiento sostenido del crecimiento y la prosperidad, China deberá cambiar la estructura y composición de su economía en diversos aspectos: cambiar exportaciones por demanda doméstica, una estructura básicamente industrial y manufacturera por una estructura con un mayor peso de los servicios, cambio de inversión a consumo, y finalmente transicionar un modelo de crecimiento alimentado por el binomio crédito/deuda hacia uno con más capital.

La pieza angular para conseguir todo lo anterior siguen siendo las reformas. La principal característica de la economía china –de la que a veces se olvidan muchos analistas – es su aún muy prematuro estadio de desarrollo. Con un PIB per cápita que en 2014 superó por primera vez los 12.000 dólares per cápita, vemos que el país tiene un nivel de desarrollo global muy primario. De hecho podemos decir que hay dos chinas: una desarrollada que cuenta con cerca de 300 millones de personas que configuran sus clases medias y altas; y el resto formado por las de 1.000 millones de personas cuyos ingresos, pese haber crecido de manera vertiginosa en las últimas dos décadas, aún tienen un nivel de vida y de bienestar muy primario. ¿Cómo gobernarlos a todos? Ese es el verdadero gran reto del tándem dirigente Xi-Li.

El complejo entramado de iniciativas al que llamamos por el genérico de reforma, tiene el objetivo último, como así lo han ido reafirmando los diferentes dirigentes del país desde finales de los setenta, de transicionar el régimen comunista y de planificación estatal que caracterizó el paradigma durante la era Maoísta hacia un sistema más de mercado, abierto y en donde el sector privado y las libertades individuales tengan un peso cada vez mayor. La manera y forma de afrontar este reto por parte la élite china no tienen precedentes en la historia y, por el momento constituye un caso de gran éxito. Solo basta poner las cifras encima de la mesa.

¿Qué nos espera para los próximos años? El desarrollo de un modelo industrial no requiere de grandes sofisticaciones institucionales, un mínimo de estabilidad política, apertura al capital extranjero y a los mercados exteriores, así como un mínimo reconocimiento de la propiedad privada para ciertos actores en determinados sectores pueden ser elementos suficientes para que, una economía que partía de una situación inicial paupérrima y dramática (tras los estragos causados por el socialismo chino de Mao), pueda experimentar procesos de rápida convergencia y crecimiento. Es mucho más fácil el modelo de copiar y mejorar a partir de fabricar más barato y exportar el resto del mundo, que un modelo económico basado en el servicio y la innovación en donde se necesitan esquemas aún más dinámicos y abiertos, economías más capitalizadas y con un mayor grado de seguridad jurídica y de respeto a la propiedad privada.

En este sentido, las reformas a las que tiene que hacer frente la República Popular son, a juicio de este analista, mucho más ambiciosas y de una mayor profundidad que las acometidas en las tres décadas precedentes. Entre otras muchas, nos encontramos con la compleja y al mismo tiempo ineluctable reforma de los mercados financieros. Esta reforma es imprescindible por varios motivos. En primer lugar, porque es un elemento indispensable para mejorar la eficiencia de las inversiones en China y mejorar el acceso al crédito de las empresas del sector privado. Al mismo tiempo, la reforma financiera permitirá expandir el consumo chino al permitir un mejor retorno al gran ahorro de las familias y las empresas chinas y que, en el sistema actual, queda preso para financiar de manera constante el insolvente tejido de empresas públicas. Por último, la reforma financiera es paso clave y previo a la posterior apertura paulatina de la balanza de capitales de China y la libre fluctuación del yuan. Ambas, condiciones ineludibles para proseguir con la senda del crecimiento sostenido del país.

Un polvorín llamado Hong Kong

Hoy se cumplen cinco días de movilizaciones en Hong Kong en defensa de un elección libre, sin terna previa y por sufragio universal del próximo jefe de Gobierno en 2017. Hong Kong se suma así a la larga lista de elementos de riesgo e inestabilidad que acumulamos este año. Se trata sin duda de la situación política más compleja a la que pontencialmente se enfrenta Pekín desde Tiananmen y conviene abordarla con inteligencia y cuanto antes. Si algo vamos aprendiendo, es que los problemas difícilmente se corrigen solos sino que, más bien, tienden, por naturaleza propia, a complicarse con el tiempo si no se hacen las cosas bien (lo que no siempre implica tomar un curso de acción). Hong Kong es ya hoy, si se me permite el juego de palabras, una china en el zapato de Xi Jinping. Tenemos pocos elementos de juicio para intentar dilucidar cual podría ser el curso de los eventos en el corto y medio plazo, pero si podemos trazar algunos elementos que contextualizan el conflicto y que, desde mi punto de vista, me hacen pensar que, pese a la situación de alto riesgo existente a día de hoy, es más plausible un escenario de pacto-estabilidad que uno de disenso-ruptura.

Hong Kong es para la República Popular de China una herida mal cicatrizada. El origen del enclave tiene una enorme significación para el gigante asiático ya que marca, hace ahora 155 años, el inicio de lo que los chinos se refieren como “siglo de humillaciones”: tras la primera guerra del Opio los ingleses imponían Hong Kong como hacienda aduanera lo que marcaría una etapa dura y humillante de dominación extranjera por parte de diferencias potencias. Este elemento, siempre es subestimado por Occidente pero en China, donde los tempos funcionan con otros ciclos y el sentido de la historia es más profundo, se trata de elementos que hoy siguen teniendo un peso emocional importante en la clase dirigente china. Durante años, los hongokoneses fueron ciudadanos de segunda bajo la dominación colonial de Londres que dictó sucesivos gobernadores para la región desde otro continente a más de 6.000 millas de distancia y atendiendo únicamente a los intereses de la corte de Su Majestad. En 1990, se introdujeron reformas en la antigua colonia (Basic Law) de manera que los habitantes de la península adquirieron el derecho de escoger a su jefe de Gobierno. Eso sí, entre los ya previamente incluidos en la terna de Londres. Exactamente el statu quo actual excepto que es Pekín y no Londres la que propone candidatos y, de alguna manera, condiciona quién ostenta el poder político en Hong Kong. La persona dela que estamos hablando es Leung Chun-ying, conocido como CY Leung, Gobernador de HK desde 2012 cuando inicio su mandato y de la que la revista Time en su último número publica una entrevista en profundidad.

Pocos temas hay más sensibles para China que los conflictos de soberanía territorial. Es un tema irrenunciable para Pekín. Desde el impulso de las reformas de Deng Xiaoping a finales de los setenta, el país no ha parado de crecer al tiempo que la economía se iba abriendo cada vez más a la economía global. Durante finales de los noventa y dosmil, Hong Kong, ya bajo soberanía china, jugó un papel predominante como “puerto de entrada natural” a los capitales extranjeros que entraban en China. Hoy este papel sigue siendo importante, aunque el desarrollo de otras plazas financieras en el continente ha ido diluyendo esta importancia. Con todo, la región autónoma de Hong Kong hoy tiene un rol parecido al que pueda tener Londres o Luxemburgo en Europa.

¿Cómo abordar las protestas? ¿Qué actitud adoptar? Es difícil no empatizar por alguien que lo que está pidiendo es votar. Incrementar la presión policial sería un error ya que solo alimentaría las propuestas. Dejando de lado cuestiones políticas, Hong Kong tiene mucho que ganar con China, y China puede y debería de tener una buena apoyatura en Hong Kong para el proseguir de sus reformas. El ámbito económico conduce, por lo tanto, a un escenario en donde el acuerdo es el resultado más plausible.

Sin embargo, la compleja ecuación del conflicto no acaba en cuestiones económicas. En Hong Kong, ante todo, hay un doble conflicto de poder e identidad que amenaza en convertirse en un polvorín para China si este se reboza de populismo. Hong Kong se sintió aliviada de dejar de ser colonia británica. Por un lado, Hong Kong se había beneficiado de un curso de la historia diferente al de sus compatriotas del continente, en donde las instituciones económicas y políticas se habían ajustado a los estándares occidentales. Se producía una bifurcación histórica entre unos y otros. Después de muchos avatares, China continental, como decíamos, también se puso andar para converger en prosperidad y bienestar con sus vecinos de Hong Kong, y demás tigres asiáticos, que habían adoptado parte significativa del marco institucional occidental obteniendo resultados extraordinarios.

Sin embargo, aunque la convergencia es real y los resultados parecidos, China ha desarrollado este crecimiento económico desarrollando sus propias formulas, al margen de injerencias extranjeras y manejando sus propios tempos. Llegados a este punto, es cuando en 1997, los reformistas optan por la formula “un país, dos sistemas”. Una fórmula única en el mundo que quería reconocer esta anomalía histórica de manera que China recuperase la soberanía de su territorio al tiempo que los habitantes de Hong Kong no perdían sus libertades e instituciones económicas propias.

Tras 17 años bajo soberanía china, Hong Kong ha experimentado uno de los procesos de crecimiento más vertiginosos del mundo: por un lado ha sido “país” de entrada preferente en China con todas las ventajas fiscales y corporativas que eso suponía; por el otro, ha gozado de total autonomía para mantener y modificar sus instituciones hoy de las más robustas, sólidas y favorables al comercio y los negocios a tenor de la mayoría de rankings y estudios disponibles.

Parece lógico pensar que el futuro de Hong Kong pasa por China, pero también es legítimo pensar que es una decisión que únicamente compete a los ciudadanos de la península. Sin embargo, China no reconoce soberanía sobre Hong Kong que la considera parte indivisible de su territorio aunque disponga de libertades e instituciones propias. Ahí el choque, ahí la base del conflicto, y ahí el problema.

Pekín, por la propia naturaleza de sus estructuras políticas, no tiene las herramientas para ser flexible y hacer quiebros en el guion. Sabemos por otro lado que la democracia no exportable. Se ha intentado, pero a la larga imponer modelos no es la solución, como tampoco es la solución para China ahora forzar una situación que desde Hong Kong se perciba como una agresión grave hacia sus instituciones. En opinión de este analista, no creo que China realice ningún movimiento de fuerza en ningún sentido. El uso de la fuerza, como he señalado al principio, sería un grave error estratégico que limitaría la salida pactada al conflicto y alentaría aún más las propuestas. Con todo, es un riesgo altísimo que el conflicto salga a la calle y que entre comillas se descontrole y se intenten utilizar las legítimas y, hasta cierto punto, sanas las protestas de los ciudadanos de Hong Kong en una lucha por el poder en la península en donde el populismo es una baza muy golosa a la que pocos se resisten. No hace falta viajar muy lejos para ver qué pasa cuando el populismo barniza el debate y el debate se realiza al margen de las instituciones (por débiles e imperfectas que estas sean), este se hace resbaladizo y es casi imposible que no se caiga de las manos. Cuando eso pasa, todos pierden.

Esperemos que se impongan escenarios de entendimiento. Por un lado, Hong Kong debiera ver a China como una fuente de oportunidades crecientes, que lo es, y no tanto como amenaza a sus libertades. Por otro lado, China tiene que, si se me permite el símil, “mejorar sus modales” y tratar de seducir más que de imponer un modelo, dando un mayor protagonismo a Hong Kong y sus líderes en el conjunto de las estructuras de poder. Antes que la democracia, si es que algún día llega por completo al gigante asiático, China tiene que transicionar de un régimen autoritario de Partido único, hacia un régimen constitucionalista, como así se está debatiendo ya en la capital.

Digo todo esto, porque el principal reto, y para mi fuente del conflicto, son las diferentes velocidades y puntos de partida entre Hong Kong y China. Realidades muy dispares bajo un misma soberanía. Adecuar los tiempos entre la península y el continente es vital para que ambas partes que hoy, en lo político, corren a dos velocidades, vayan convergiendo y compartiendo un mismo proyecto. La estabilidad entre los lazos Hong Kong-China la juzgo de vital para que China pueda seguir avanzando con sus importante y ya de por sí retadora agenda de reformas, lo que as u vez, es el principal elemento que condiciona e influye en el crecimiento y prosperidad no sólo de China sino también de Hong Kong. En suma, esperemos que ambas partes reconozcan que aún teniendo dos sistemas, hay un mismo barco.

La insurrección del mundo árabe (2): detonantes y causas coyunturales

A parte de las causas históricas y políticas, causas estructurales de las insurrecciones en el mundo árabe, existen también, como en cualquier revolución de estas características, elementos coyunturales y detonantes que han propiciado las revueltas que sacuden desde principios de año el conjunto del mundo árabe con más o menos intensidad.

El 28 de junio de 1914 una banda de nacionalistas serbios asesinaba al archiduque Francisco Fernando de Austria, candidato al trono de la corono austro-húngara, y a su esposa. En un principio pareció una trifulca más de las existentes en la región por aquél entonces. Semanas después, Europa entera estaba en guerra. Lo local desemboco en lo global. De una forma más o menos análoga, el 17 de diciembre Mohamed Buazizi, un vendedor ambulante tunecino, se auto-inmolaba en señal de protesta por la confiscación de su licencia de venta ambulante por parte de la policía del régimen del Rais Ben Alí (Buazizi fallecía en el hospital a principios de enero como consecuencia de las quemaduras). Este es considerado como el principal factor detonante de las revueltas que se han sucedido desde principios de año en el Norte de África y Oriente Medio.

Otro detonante, o mejor dicho: un facilitador del detonante han sido las redes sociales. En efecto, las actuales revueltas no se comprenden sin el papel que han jugado las redes sociales, Facebook y Twitter principalmente, a la hora de canalizar las revueltas y hacer que el malestar latente en la región eclosionara de la forma en que lo ha hecho. Los regímenes de la zona, como el de Ben Alí y familia en Túnez, habían impuesto una fuerte represión social que disuadía cualquier acto de protesta por miedo a fuertes represalias. Sin embargo, la existencia de estas redes sociales ha permitido franquear el muro del miedo al permitir la comunicación y canalizar el descontento de manera que la gente sabía de antemano las protestas y no se exponía al riesgo de protestar solos y sufrir la represión del sistema. Se trata de un papel fundamental que permitió canalizar las protestas al saber el día y la hora de las mismas envalentonando a la población en su conjunto.

Hasta aquí algunos de los detonantes, pero también hay otros factores menores que juntos han desembocado en la oleada de furia que se ha desatado en todo el mundo Árabe de Marruecos a Yemen. La principal de estas: la precaria situación económica de la región. Estos países tienen un grueso enorme de población joven con unas estratosféricas cifras de desempleo. Estas economías no sólo han aplicado las políticas económicas propias del socialismo más rancio, sino que han instaurado regímenes autocráticos en donde los mejores puestos se reparten entre los miembros del clan familiar o de los “amigos” del régimen. En definitiva, se trata de regímenes corruptos y poco transparentes y un caldo de cultivo perfecto para generar frustración y tensiones sociales. Aquí es justo señalar las diferencias: no es lo mismo el Egipto de Mubarack, país relativamente próspero en comparación con otros, como tampoco tiene el mismo talante el Rey Hussein de Jordania que Mohammed VI de Marruecos. Aunque existen características comunes en la región propias de sistemas institucionales muy precarios.

Esta situación, ya de por sí dramática, se ha visto agravada desde 2008 con la crisis financiera en las economías desarrolladas. En primer lugar, Europa se ha blindado, aún más, a los flujos migratorios condenando a los jóvenes a convivir en estos regímenes con pocas o nulas posibilidades de prosperar. Del mismo modo, la crisis ha supuesto una fuerte contracción en el envío de remesas hacia estos países, así como la pérdida de muchos empleos en estos países lo que en muchos casos se ha traducido en flujos de trabajadores que han regresado para engrosar las filas de paro en estos países. Por añaduría, los ingresos por el turismo también se han contraído por la crisis, y los precios de los hidrocarburos, en caso de los países exportadores de petróleo, se disminuyeron de forma dramática (los precios han vuelto a subir después de la crisis en Libia) reduciendo los ingresos de estos países.

Finalmente, y por si todo lo anterior no fuese suficiente para generar un clima de elevada tensión y conflictividad social, algunos analistas han señalado causas climáticas que hubiesen podido agravar, aún más, la situación. En efecto, el año pasado Rusia fue azotada por una gravísima ola de calor que provocó diversos incendios, y los peores de su historia. Este hecho malogró un tercio de la cosecha de trigo y Moscú tuvo que suspender sus exportaciones de cereal con la consiguiente subida en los precios de los alimentos. Primero los cereales, pero a partir de diciembre de 2010 el encarecimiento paulatino de otros: pan, leche, carne, pollo…  El mayor incremento registrado desde 1990. En economías poco desarrolladas o emergentes, como las de Oriente Medio, hasta dos tercias partes de la renta disponible se destina a la compra de alimentos y productos básicos lo que hace que estas economías estén altamente expuestas – sean muy sensibles – a hipotéticas subidas en los precios de los alimentos. Así, las protestas por el encarecimiento de la vida también fueron en aumento.

Todo lo anterior, más las causas de carácter estructural, históricas y políticas que resumíamos el otro día, han convertido a la región en una zona fuertemente inestable. En el futuro hemos de esperar que la región pueda encontrar la paz a través de regímenes democráticos, más transparentes y más tolerantes, aunque todavía está por ver si las revueltas habrán servido para aquello tan antiguo de salir de las brasas para caer en el fuego… Esperemos que no.

La insurrección del mundo árabe (1): causas estructurales

Las sucesivas insurrecciones (revueltas de diferente intensidad) que hemos vivido en el mundo árabe (Oriente Medio y Norte África) desde principios de año han cogido con el paso cambiado a todos los gobiernos y analistas occidentales en la zona. En efecto, nadie hubiera predicho un grado de malestar lo suficientemente alto como para hacer caer los gobiernos de Túnez, Egipto y Libia y amenazar al resto de regímenes de la región. Se trata de una zona de vital importancia por su valor geopolítico (control de los recursos naturales). Existen diversas causas algunas de carácter más estructural (causas históricas y políticas) y otras más relacionadas con la coyuntura económica actual que conviene tener en cuenta a la hora de entender las dinámicas que han tenido lugar y hacerse una idea de lo que podemos esperar próximamente y poder evaluar con criterio el sentido, o no, de una hipotética intervención militar en la región.

Antes de entrar propiamente con las causas de carácter estructural que pudieran haber motivado la revuelta, resulta pertinente hacer algunos comentarios generales de carácter previo. Primero, hay que recordar que nada, o muy poco, tiene que ver Marruecos con Egipto, lo mismo entre Libia con Yemen por poner dos ejemplos. Aclaro esto, porqué resulta muy impreciso hacer referencia al “mundo árabe”, y es preciso realizar un análisis minucioso de cada país, del mismo modo que es tremendamente impreciso el termino de cristiandad. La histórica nomenclatura de la marina británica que dividió oriente en tres: oriente próximo, oriente medio y extremo oriente resulta hoy obsoleta (y no deja de ser un signo más que evidencia la poca solidez de las fronteras establecidas en la región basadas principalmente en los antiguos regímenes coloniales), y más aún cuando tratamos esta gran región como un todo. Parag Khanna – uno de los muchos expertos en geopolítica y estudios internacionales que fue incapaz de predecir lo más mínimo las revueltas pese haber visitado la zona en in situ diversas veces y haberse entrevistado con los diferentes líderes de la región – enfatiza está idea hablando del Magreb como un “cinturón roto” en su libro El segundo mundo, y en todo caso, ha sido con la globalización, y el auge de flujos comerciales en la zona las que pueden haber iniciado la reintegración de la región.

Un segundo apunte previo imprescindible es resumir el contexto histórico de la zona. Desde la implosión del imperio Otomano y la Primera Guerra mundial que occidente ha tenido dos prioridades diplomáticas principales en la zona: asegurar el suministro de hidrocarburos, y garantizar un hogar seguro para los judíos. Después del drama del Holocausto, la creación del estado de Israel (en 1948) coincidió con la liberalización de muchos países de los antiguos regímenes colonialistas y la instauración de gobiernos anti-sionistas (esto es, contrarios a la existencia de Israel). Algunos de estos gobiernos fueron de corte militar nacionalista (Egipto y Yemen) y otros dictaduras socialistas (también llamado socialismo árabe, si es que esta expresión tiene algún sentido) en Irak, Siria, Libia y Argelia.

Tras varias guerras perdidas contra el estado de Israel (la última en 1973 que propició la primera gran crisis del petróleo), Egipto y Jordania firmaron sendos armisticios con el estado judío y a alinearse con Estados Unidos que en paralelo, desde el final de la Segunda Guerra Mundial – y en el contexto de la guerra fría –, había estado buscando la complicidad de todas las petro-monarquías de la península arábiga así como Líbano, Túnez y Marruecos. De esta forma se sellaba una especie de pacto entre el los aliados y los países de oriente medio que no tendrían ningún problema sino amenazaban la estabilidad del suministro energético ni la seguridad del Estado de Israel.

Así se establecía un nuevo status quo en la región en donde bajo el pretexto de la lucha anti-imperialista o la caza de comunistas (este pretexto también se dio en Eurasia en dónde Estados Unidos llegó a financiar a los Talibanes para frenar el avance hacia el oeste de la Unión Soviética; ver La Guerra de Charlie Wilson con guión del siempre sugerente Aaron Sorkin) en estos países se establecieron duras dictaduras de partido único y de marcado acento represor lideradas por déspotas: Muamar al Gadafi, Sadam Hussein, o Al Assad entre otros. Dictaduras, que a pesar de no respetar los derechos humanos más básicos, garantizaban la estabilidad en los precios del petróleo sin amenazar la existencia de Israel. El coste de este status quo recayó sobre el pueblo árabe que se vio condenado a convivir con estos regímenes mientras en el resto del mundo la democracia parecía avanzar de forma imparable.

En la década de los 70s, desaparecieron las dictaduras de España, Portugal y Grecia. En 1983, en Turquía. Tras la caída del muro de Berlín en 1989, se derrumbaba el telón de acero y con él el colapso del “socialismo real” dando paso a nuevas democracias en Europa del Este y Europa continental. En américa latina, en la década de los 90s caían diferentes dictaduras militares. Sin embargo, y pese a la proximidad con la demócrata Europa, el mundo árabe quedo al margen de todas estas olas democratizadoras dejando a oriente medio en un estado de glaciación autocrática, parafraseando a Ignacio Ramonet.

En este escenario de estancamiento social y político, y también como han señalado varios analistas con independencia de su signo político, nos encontramos que las voces críticas se concentran en el único sitio en el que uno se puede reunir sin problemas: la mezquita. Y en torno al único libro no censurable: el Corán. De esta forma, las diferentes corrientes que integran la rama violenta (fundamentalista si utilizamos el término más eufemístico) del islam se han ido fortaleciendo (de alguna manera, y salvando todas las distancias, pasa como el comunismo en tiempos de franco que concentro y capitalizó todas las fuerzas contrarias al régimen de Franco).

Así se fueron fortaleciendo los islamismos con la complicidad de Estados Unidos que veía en esta tendencia una forma de mantener sumisos (significado de la palabra Islam) a las naciones árabes. El máximo exponente de esta dinámica lo encontramos en Arabia Saudí en dónde se han concentrado las facciones más radicales del islamismos y que, en cambio, siempre ha contado con la complicidad de Washington. Esta tendencia se agudizó con la “revolución islámica” de 1979 en Irán: el islamismo político poco a poco iba articulando a través del Corán un esqueleto de argumentos para reclamar más justicia social y denunciar el nepotismo, la corrupción y la tiranía de los antiguos regímenes.

Estas ramas, han actuado siempre de forma independiente y han estado relativamente poco organizadas. Sus objetivos diversos, pero principalmente conquistar el poder mediante vías violentas y la “guerra Santa” o yihad. Este es el origen de Al-Qaeda, principal organización paramilitar yihadista organizada en base a cédulas independientes (cuyo líder espiritual es Osama Bin Laden, millonario de origen Saudí, y cuyas raíces se sitúan en el apoyo que recibió por parte de la CIA para contener las fuerzas de la Unión Soviética en Afganistán). Después de los brutales y dramáticos atentados terroristas del 11S en Nueva York y Washington, las potencias occidentales se concentraron en responder a los regímenes de los Talibán en Afganistán y de Saddam Hussein en Irak pero sin atacar la complicidad existente entre dictaduras “amigas” y los terroristas. En cualquier caso, los atentados añadían miedo y provocaron (seguramente no faltos de razón) una mayor represión en estos regímenes con el objetivo de mantener un férreo control sobre el islamismo radical. Sin embargo, se ignoró el hecho de que éste era consecuencia de la carencia de libertad y la autonomía de mucha de estas naciones agregando más injusticia, más represión y más frustración en la zona.

Seguramente era imposible arreglar el desaguisado histórico (resultado de sucesivas interferencias en los asuntos de otros países de las potencias occidentales) justo después del 11-S ya que cualquier concesión en este sentido hubiera alentado aún más a los jóvenes radicales. En cualquier caso, la doctrina Bush se centraba en aplicar una respuesta dura y contundente para con cualquier régimen que pusiera en entredicho la seguridad del Estado de Israel, diera cobijo a cédulas terroristas o amenazase el suministro de hidrocarburos. El resultado fue la relativa estabilidad de la zona pero con el elevado coste social de la represión y el caldo de cultivo perfecto para la gestación de más radicalismos en la zona. El problema, o uno de los problemas, es que esta doctrina, equivocada o no, se ha sustituido por nada con la llegada de Obama a la Casa Blanca: ¿Esta justificada una intervención militar? ¿Podría servir para solucionar estos conflictos? ¿Sabemos quienes son y que pretenden los rebeldes en cada uno de estos países? ¿Saldrá la izquierda ha defender el No a la Guerra?  …