Todo empezó con Platón, Alberto Benegas Lynch

Alberto Benegas Lynch (h) dice que la manía del igualitarismo y el resultante ataque a la propiedad privada empezó a volverse sistemático con Platón.

En no pocas personas hay, a veces guardado en el interior, a veces exteriorizado, un sentimiento de envidia, celos y resentimiento por los que tienen éxito en muy diversos planos de la vida. Y estos sentimientos malsanos se traducen en políticas que de distintas maneras proponen la guillotina horizontal, es decir, la igualación forzosa para abajo al efecto de contemplar la situación de quienes, por una razón u otra, son menos exitosos.

Pero estas alharacas a favor del igualitarismo inexorablemente se traducen en la más absoluta disolución de la cooperación social y la consecuente división del trabajo. Si se diera en la naturaleza lo que pregonan los igualitaristas como objetivo de sus utopías, por ejemplo, a todos les gustaría la misma mujer, todos quisieran ser médicos sin que existan panaderos y lo peor es que no surgiría manera de premiar a los que de mejor modo sirven a los demás (ni tampoco sería eso tolerable puesto que el premio colocaría al premiado en una mejor posición que es, precisamente, lo que los obsesos del igualitarismo quieren evitar). En otros términos, el derrumbe de la sociedad civilizada. Incluso la misma conversación se tornaría insoportablemente tediosa ya que sería equivalente a parlar con el espejo. La ciencia se estancaría debido a que las corroboraciones provisorias no serían corregidas ni refutadas en un contexto donde todos son iguales en sus conocimientos. En resumen un infierno.

Este ha sido el desafío de la corriente de pensamiento liberal: como en la naturaleza no hay de todo para todos todo el tiempo, la asignación de derechos de propiedad hace que los que la usen bien a criterio de sus semejantes son premiados con ganancias y los que no dan en la tecla con las necesidades del prójimo incurren en quebrantos. La propiedad no es irrevocable, aumenta o disminuye según la utilidad de su uso para atender las demandas del prójimo. Este uso libre maximiza las tasas de capitalización, lo cual incrementa salarios e ingresos en términos reales. Esto diferencia a los países ricos de los pobres: marcos institucionales que respeten los derechos de todos para lo cual los gobiernos deben limitarse a castigar la lesión de esos derechos.

No se trata de buscar una “justicia cósmica” al decir de Thomas Sowell, sino una terrenal en dirección a “dar a cada uno lo suyo”, a saber, la propiedad de cada cual, comenzando por su cuerpo, la libertad de la expresión del pensamiento y el  uso y disposición de lo adquirido lícitamente.

Sería muy atractivo vivir en Jauja donde no hayan terremotos ni sequías ni defectos humanos ni físicos ni mentales, pero la naturaleza es la que es no la que inventamos, de lo que se trata es de minimizar costos, especialmente para los más necesitados.

En cambio, hoy en día observamos por doquier gobiernos que se entrometen en los más mínimos detalles de la vida y las haciendas de quienes son en verdad súbditos de los aparatos estatales, en teoría encargados de proteger a los gobernados, a lo que se agrega el otorgamiento de privilegios inauditos a pseudoempresarios aliados con el poder político para explotar a la gente, endeudamientos estatales mayúsculos, presión fiscal astronómica, gastos públicos siderales y demás estropicios que lleva a cabo el aparato de la fuerza.

Se podrá decir que la guillotina horizontal no es necesaria llevarla al extremo del igualitarismo completo (por otra parte, imposible de realizar dado que cada ser humano es único e irrepetible en toda la historia de la humanidad), con que se “modere en algo” es suficiente. Pues bien, en la medida de que se tienda al igualitarismo, en esa medida surgirán los problemas señalados que, recordemos, siempre redunda en daños especialmente a los más pobres ya que son los que más sienten el impacto de la disminución en las antes referidas tasas de capitalización. El delta entre los que más tienen y los que menos tienen (al momento puesto que es un proceso cambiante) dependerá de las decisiones de la gente que cotidianamente expresan sus preferencias en los supermercados y afines.

Henos aquí que estos problemas y la manía del igualitarismo y el consecuente ataque a la propiedad privada comenzó a sistematizarse con Platón cuatrocientos años antes de Cristo. Platón en La Repúblicay en Las Leyes patrocina el comunismo, es decir, la propiedad en común y no solo de los bienes sino de las mujeres, en esta última obra dice el autor que su ideal es cuando “lo privado y lo individual han desaparecido” lo cual nos recuerda que con razón Milan Kundera concluye que cuando “lo privado desaparece, desaparece todo el ser”. Claro que Platón no vivió para enterarse de “la tragedia de los comunes”, aunque de modo más rudimentario la explicó su discípulo Aristóteles quien además destacó que los conflictos son más acentuados cuando la propiedad es en común respecto a la asignación de derechos de propiedad.

Claro que los autores que con más énfasis propusieron la liquidación del derecho de propiedad fueron Marx y Engels que en su Manifiesto Comunistaescribieron que “la teoría de los comunistas se puede resumir en una sola frase: la abolición de la propiedad privada”.

Esta declaración marxista se subsume en la imposibilidad de evaluación de proyectos, de contabilidad, en definitiva, de todo cálculo económico puesto que cuando no hay propiedad no hay precios (que surgen del intercambio de propiedades), con lo cual no se sabe si es mejor una asignación de los siempre escasos recursos respecto de otro destino tal como lo explicó detalladamente Ludwig von Mises. En otros términos, no existe tal cosa como una economía socialista o comunista (Lenin escribió que el socialismo es solo la primera etapa para llegar al comunismo), de allí el descalabro que exhibió el derrumbe del Muro de la Vergüenza en Berlín.

Nuevamente reiteramos que no es necesario abolir la propiedad para que aparezcan los trastornos que señalamos en la medida en que se afecte esa institución clave. Cuando irrumpen los megalómanos concentran ignorancia en lugar de permitir la coordinación de conocimiento disperso a través del sistema de precios libres (en realidad un pleonasmo ya que los precios que no son libres resultan ser simples números que dicta la autoridad gubernamental pero sin significado respecto a la valorizaciones cruzadas que tienen lugar en toda transacción voluntaria). Con esos supuestos controles los gobernantes imponen sus caprichos personales con lo que indefectiblemente aparecen faltantes y desajustes de diverso calibre.

Además, la manía igualitarista presupone la falacia que la riqueza es estática y que se basa en la suma cero (lo que uno gana lo pierde otro). Sin duda que la utopía comunista no es patrimonio exclusivo de Marx, hubo un sinfín de textos en esa dirección como los de Tomás Moro, Tommaso Campanella, William Godwin y no pocos religiosos desviados del mensaje cristiano de la pobreza de espíritu. Tal vez en este último caso sea pertinente detenerse a considerarlo.

Dos de los mandamientos indican “no robar” y “no codiciar los bienes ajenos”. En Deuteronomio 27, 17 se lee “Maldito quien desplace el mojón de su prójimo”, también en Deuteronomio (8, 18) “acuérdate que Yahveh tu Dios, es quien te da fuerza para que te proveas de riqueza”. En 1 Timoteo (5, 8) “si alguno no provee para los que son suyos, y especialmente para los que son miembros de su casa, ha repudiado la fe y es peor que una persona sin fe”. En Mateo (5, 3) “bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos” fustigando al que anteponga lo material al amor a Dios (amor a la Perfección), en otras palabras al que “no es rico a los ojos de Dios” (Lucas 12, 21), lo cual se aclara la Enciclopedia de la Biblia (con la dirección técnica de R. P. Sebastián Bartina y R. P. Alejandro Díaz Macho bajo la supervisión del Arzobispo de Barcelona): “fuerzan a interpretar las bienaventuranzas de los pobres de espíritu, en sentido moral de renuncia y desprendimiento” y que “ la clara fórmula de Mateo —bienaventurados los pobres de espíritu— da a entender que ricos o pobres, lo que han de hacer es despojarse interiormente de toda riqueza” (tomo vi, págs. 240/241). En Proverbios (11,18) “quien confía en su riqueza, ese caerá”. En Salmos (62, 11) “a las riquezas, cuando aumenten, no apeguéis el corazón”. Este es también el sentido de la parábola del joven rico (Marcos 10, 17-22) ya que “nadie puede servir a dos señores” (Mateo 6, 24).

Lamentablemente hoy día las cosas han cambiado en el Vaticano, en este sentido y con independencia de otros párrafos véase con atención un pasaje donde queda evidenciado lo que escribía el papa León xiii en la primera Encíclica sobre temas sociales que a continuación reproduzco para destacar que nada ni remotamente parecido fue hasta ahora escrito o dicho por Francisco sino que viene afirmando todo lo contrario en cuanta oportunidad tiene de expresarse.

“Quede, pues, sentado que cuando se busca el modo de aliviar a los pueblos, lo que principalmente,  y como fundamento de todo se ha de tener es esto: que se ha de guardar intacta la propiedad privada. Sea, pues, el primer principio y como base de todo que no hay más remedio que acomodarse a la condición humana; que en la sociedad civil no pueden todos ser iguales, los altos y los bajos. Afánense en verdad, los socialistas; pero vano es ese afán, y contra la naturaleza misma de las cosas. Porque ha puesto en los hombres la naturaleza misma grandísimas y muchísimas desigualdades. No son iguales los talentos de todos, ni igual el ingenio, ni la salud ni la fuerza; y a la necesaria desigualdad de estas cosas le sigue espontáneamente la desigualdad de la fortuna, lo cual es por cierto conveniente a la utilidad, así de los particulares como de la comunidad; porque necesitan para sus gobiernos la vida en común de facultades diversas y oficios diversos; y lo que a ejercitar otros oficios diversos principalmente mueve a los hombres, es la diversidad de la fortuna de cada uno”. Y, por su parte, el papa Pio xi,  al conmemorar la Encíclica de León xiii, consignó que “nadie puede ser, al mismo tiempo, un buen católico y verdadero socialista”.

Y como, entre otros, explicaba Eudocio Ravines, “el socialismo no trata de una buena idea mal administrada, se trata de una pésima idea que arruina a todos, lo cual comienza con pequeñas intervenciones estatales que escalan ya que un desajuste lleva a otra intromisión y así sucesivamente”. En esta línea argumental subrayaba Alexis de Tocqueville: “Se olvida que en los detalles es donde es más peligroso esclavizar a los hombres. Por mi parte, me inclinaría a creer que la libertad es menos necesaria en las grandes cosas que en las pequeñas, sin pensar que se puede asegurar la una sin poseer la otra”. En resumen entonces, los yerros más gruesos y dañinos en materia social comenzaron con Platón los cuales deben refutarse para evitar males, especialmente para proteger a los más necesitados que son siempre los que más sufren los embates de políticas equivocadas.

Un banquero catalán que se paseó por el mundo y cambio España

Agradezco a mi amigo y preescriptor RF la ayuda e inspiración en la elaboración de este artículo, y al profesor Jesús Huerta de Soto su generosidad de publicarla en la revista Procesos de Mercado.

En la época medieval, se conocía como Borne el espacio que tradicionalmente estaba reservado a las justas. Se trataba de un lugar ágorico, céntrico. La frase “roda el món i torna el borne” captura la idea de que todo acaba en el mismo lugar en donde empezó, con el matiz -si se quiere-, que borne en inglés significa a nacer; “torna al borne” significa volver a nacer: como si fuera posible tener dos vidas. Así exactamente sucede la vida del banquero, empresario, filántropo y benefactor Josep Xifré i Casas. He aquí una breve síntesis de su vida que bien merecería una novela. Mi intención es esa.

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Kissinger (el idealista)

the longer you can look back, the farther you can look forward.”

Winston Churchill

Niall Ferguson, probablemente el historiador libertarian-tory más relevante en el panorama internacional, vuelve al genero biográfico para enfrentarse a la ambiciosa empresa de bucear en la mente de Henry Kissinger, histórico de la diplomacia estadounidense y pieza clave para entender los avatares de la geopolítica global de las últimas cuatro décadas. El proyecto nació del propio Kissinger -que ya cuenta con notables biografías como la que le hizo Walter Isaacson– que escogió al historiador de Edimburgo personalmente. Explica Ferguson que al principio le costo decidirse pero que le resulto imposible negarse a dicha aventura cuando Kissinger en el momento en el que Ferguson le llamo para comunicarle que no aceptaría el encargo le dejo caer algo así como “una pena por qué justo hoy he encontrado nuevas cajas con cartas y documentos de mis años de formación.” Un caramelo demasiado goloso para el Indiana Jones de la historia.

La obra esta estructurada en dos partes. El primer volumen, Kissinger: 1928-1968: The Idealist, se centra en los años de formación del personaje, un poco con el mismo espíritu del célebre ‘My Early Years‘ de Winston Churchill. En él Ferguson se centra en los elementos y factores que configuran la mente y los antecedentes de quién luego será una personalidad clave a la hora de proponer normas, mecanismos e instituciones para re-configurar el gran tablero que configuran las relaciones entre paises y el “equilibrio global”, una de las ideas sobre las que ha pivotado la vida y obra de Henry Kissinger. En la declaración de objetivos de Ferguson no esta únicamente el objetivo de biografiar a Kissinger sino también reflexionar sobre la rica producción intelectual del personaje. Para entender esta producción, esta manera de pensar que luego tendrá una papel principal a la hora de definir la diplomacia contemporánea, es imprescindible el paso previo de comprender las vivencias vitales del personaje, sus lecturas de juventud y su manera de pensar.

Estamos pues, ante una obra de gran ambición y, además, ejecutada con gran maestría. El trabajo de Ferguson cuenta con inumerables cartas y documentos de Kissinger, entrevistas con amigos y enemigos e incluso con largas sesiones de trabajo con el propio protagonista lo que convierte la obra en un texto de estudio de gran interés no únicamente histórico -que lo tiene- sino también para cualquier estudioso o practicante en el ámbito de la diplomacia y con interés en las relaciones internacionales.

 Del contenido de la obra destacaré un pasaje vivencial y una pincelada intelectual que creo que son dos buenas muestras que ejemplifican bien lo que podemos encontrar en la lectura de ‘Kissinger‘. La experiencia más definitoria de Henry Kissinger durante sus años de formación será su regreso a Alemania (abandonará su país de origen en 1938 con toda su familia para huir del nazismo) como soldado americano lo que le permitió un contacto directo con la crudeza del nazismo y la psicología de la guerra y de la barbarie nazi de primera mano. Unas vivencias de gran crudeza que ayudarán a configurar la idea de Europa del joven Kissinger.
Los primeros capítulos del libro, recuerdan que Ferguson es un experto en el periodo 10s/20s/30s de la historia europea que ya trabajó durante la gestación de otros libros notables: la biografía de Sigmund Warburg, y la obra (también en dos volúmenes) dedicada a la Casa Rotchschild. El libro describe de forma magistral el dramático ascenso del nazismo tras el convulso periodo que fueron los años 10s/20s para Alemania -especialmente durante los estragos de la hiperinflación- y luego con los efectos de la crisis económica del año 29-30, y sin los que es imposible entender el auge de Hitler. Con el regreso de Kissinger a Estados Unidos, el libro nos traslada a los primeros compases de la Guerra Fría, toda una época para el sistema de relaciones internacionales y donde se acabará de configurar la mente estratégico del que luego sería Consejero de Seguridad Nacional.
La importancia de la Historia
Desde el punto de vista intelectual, Ferguson haciendo gala de una gran maestría narrativa, explora las interacciones de Kissinger con sus principales referentes que configuraran, poco a poco, su corpus teórico.  Para quién escribe, pro ejemplo, ha sido una sorpresa descubrir como Kissinger no es hegeliano, sino que el pilar fundamental durante los años de formación será el inmenso filósofo prusiano (de nacimiento no de tanto de tradición filosófica, por ser justos) Immanuel Kant. Otra cosa, y eso supongo que se analizará en el segundo volumen y, en cualquier caso, daría para un ensayo, son las contradicciones en las que es imposible no reflexionar sobre las contradicciones entre la teoría y la praxis del personaje. De hecho, podría decirse que el libro es tanto una biografía como un ejercicio de “historia aplicada”. Kissinger, al igual que Ferguson, será un estudioso -y un apasionado- de la Historia desde sus primeros años como estudiante. Ferguson ironiza que titulará su trabajo de final de carrera con el “humilde” título ‘The meaning of History’ (no es casualidad que Kissinger le propusiera este trabajo a alguien como Ferguson). Todo esto es relevante por qué uno de los mensajes más importantes del libro es la importancia de la historia, y como el dominio de esta disciplina por parte de Kissinger es uno de los factores clave de éxito en el “statecraft” -que dicen los ingleses- kissingeriano, probablemente el Secretario de Estado más importante en la historia de Estados Unidos.
Un completo estudio y comprensión de la historia, no únicamente entendida como la suma de fechas y acontecimientos, sino también en su sentido más filosófico, más profundo, permite una mejor intuición del mar de fondo de los tiempos sobre los que se apoya la política y lo que, a la postre, se desprende de la monumental obra de Ferguson, explica el éxito de Kissinger a la hora de manejar los mecanismos de poder y gestionar la esfera de influencia de Estados Unidos hasta nuestros días. De hecho, el propio Kissinger ha remarcado siempre que el gran “déficit” del cuerpo diplomático estadounidense ha sido la historia y la filosofía que, sin embargo, son disciplinas que es necesario cultivar para una correcta comprensión de las fuerzas que juegan y configuran el escenario global. De hecho, cuando se incorporé a la administración Nixon, Kissinger destacará: “When I entered office, I brought with me a philosophy formed by two decades of the study of history.
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La polémica
Este primer volumen trata, sobretodo, con las relaciones de Kissinger con él mismo: se trata de un libro introspectivo del personaje más que las relaciones del personaje con el exterior, su definitoria acción de gobierno que previsiblemente centrará el relato del segundo volumen que arrancará en 1969 cuando sea nombrado en enero Consejero de Seguridad Nacional por el presidente Richard M. Nixon. Entre otras cosas, este segundo tomo previsiblemente confrontará algunas de las muchas críticas -algunas de ellas furibundas y que incluyen la acusación de crímenes contra la humanidad por parte de Kissinger- que rodean al preeminente diplomático.
En cualquier caso, este primer volumen si tiene que abordar la contradicción con respecto a la estrategia en Vietnam: Kissinger en 1965 reconocía que era imposible ganar militarmente la guerra con Vietnam y que únicamente acabaría mediante la negociación y sin embargo la guerra continuaría durante ocho largos años más. Sombras similares se extienden sobre el papel que pudo tener Kissinger en las Conversaciones de Paz en 1968 ejerciendo de ‘liason’ con la campaña de Nixon. Ferguson se limita a poner de relieve las multiples debilidades de la “teoría conspirativa” sin exculpar al personaje por falta de pruebas concluyentes en un sentido u otro.
La figura de Kissinger, como cualquier gran carácter, no deja indiferente a nadie. En cualquier caso, tanto para acólitos como para los detractores, el libro es una lectura imprescindible para aproximar una figura tan compleja como importante a la hora de definir el actual orden internacional, hoy, justamente, en profundo estado de transformación.

Los señores de las finanzas

El dinero sin medida forma los nervios de la guerra.”

Cicerón, Filípicas

El siglo XX dejó dos grandes episodios que marcarán de manera definitoria la historia económica y monetaria desde entonces: me refiero a la hiperinflación alemana (1919-1923) y la Gran Depresión de 1929 que se extenderá durante toda la década siguiente hasta practicamente la llegada de la Segunda Guerra Mundial, el segundo suicidio colectivo de Europa en el lapso de tan solo una generación. Ambos episodios no únicamente serán relevantes por la magnitud de los hechos, sino por el fuerte eco que dejarán y que llegará, aún vibrante, a nuestros días con gran influencia sobre la sabiduría convencional sobre el origen y remedio de las crisis económicas. Bécker escribió que el recuerdo que deja un libro es más importante que el libro en sí. Con las crisis económicas pasa un poco lo mismo: tan importante es la crisis, como el poso que deja tras de sí; sobretodo en el ideario colectivo ya que marcará de forma definitoria la manera de afrontar futuros episodios de crisis y pánico financiero.

Con esta potente idea en mente -la importancia de la historia y de sus consecuencias como elementos de valor para entender el presente- se encuadra Los señores de las finanzas (@EdicionesDeusto, 2010) del economista Liaquat Ahamed. El libro repasa los intensos acontecimientos que tendrán lugar desde finales de la Primera Guerra Mundial hasta la caída en picado de Wall Street en octubre de 1929 y, aún más importante, las consecuencias del mismo durante el complejo periodo de 1929-33 y la posterior década de depresión de 1933 hasta 1944. La gran virtud de la obra, y el elemento principal que justifica su premio Pulitzer y su lectura, es que la historia se explica de forma pormenorizada, con una prosa que consigue atraparte desde el primer momento y a través de sus principales protagonistas. El autor acierta doblemente al poner el énfasis, como advertía Disraeli con respecto al estudio de la historia, en los protagonistas más que en los hechos; y segundo, por los propios personajes escogidos: Montagu Norman (Banco de Inglatera), Benjamin Strong (Reserva Federal de Nueva York, luego substituído por George Harrison), Hjalmar Schacht (Reichsbank), y Émile Moreau (Banco de Francia); es decir, los principales banqueros centrales de entonces.

La economía esta, sobretodo, determinada por la solidez de las instituciones monetarias; por tanto, su correcta comprensión resulta imprescindible. Como dijo célebremente Mayer .A. Rothschild, fundador del banco con el mismo nombre: “Dejadme emitir y controlar el dinero de una nación y no importará quién dicte las leyes.”

A parte del interés evidente que toma el relato que incluye un completo perfil de los personajes -no únicamente de los principales, sino también de los secundarios- y que esta lleno de anécdotas y vivencias personales de los mismos, sino que esta manera de estructurar la obra permite entender los hechos a partir del carácter y pensamiento de las personas encargadas de tomar las decisiones que determinaran esos hechos. En este sentido, la ambición de la obra no puede ser mayor. La obra, como decíamos, se centra en la importante institución del dinero, aspecto central de la economía y que, sin embargo (y muchas veces inexplicablemente), su debate parece estar limitado a unos pocos círculos de expertos quedando fuera de plano para el gran público. La obra repasa la historia monetaria del mundo en uno de sus periodos más intensos: fin del patrón oro clásico tras el pánico de 1907 en Nueva York y creación de la Reserva Federal (1913) y hasta el periodo de depresión global de 1933-1944 y que terminará de forma trágica con la Segunda Guerra Mundial. El autor da múltiples pinceladas sobre el funcionamiento de la banca y su relación con el proceso de rápida industrialización y globalización que tendrá lugar en la recta final del siglo XIX y 1913, así como el desarrollo industrial y social de principios del siglo XX todo, como decíamos, acercándonos la historia a través de los ojos de sus protagonistas.

Desde el punto de vista de la teoría es donde, a mi juicio, el libro es resulta más flojo. De entrada, huelga decir que la gran depresión es quizás uno de los episodios cuya interpretación genera más divergencias entre economistas e historiadores (Niall Ferguson (@nfergus) hace esta misma observación en su magnifica obra Kissinger: 1923-1968: The Idealist), así que las discrepancias sobre estos temas son, hasta cierto punto esperables. La vulgata general con respecto a la Gran Depresión es que fue causada en gran medida por la arquitectura del sistema monetario (en aquel momento patrón oro-dólar, aunque muchos tienden a confundir este modelo con el patrón oro clásico que existirá hasta antes de la creación de la Reserva Federal en 1913), y que su posterior alargamiento fue debido al enfoque ‘laissez faire‘ adoptado por el (por otro lado, bastante nefasto) presidente (republicano) Herbert Hoover. Únicamente con la llegada del activismo gubernamental de Roosevelt, apoyado sobre el cuerpo teórico de pensadores como Keynes (otro de los grandes personajes secundarios de la historia) permitirá al conjunto de las economías escapar de la depresión. El otro gran chivo expiatorio será el patrón oro, el gran culpable, sobretodo para los banqueros centrales, ya entonces y también ahora, convertido en verdadero anatema desde entonces. Lo cierto es que, la evidencia de los datos, junto a una correcta comprensión de como funciona el mecanismo monetario y la institución del dinero, permite comprobar que nada más alejado de la realidad.

Hay un antecedente, la creación de la Fed tras el pánico de 1907 en 1913, que el libro no alcanza a entender sus importantes consecuencias. Este hecho permitirá con posterioridad mantener los tipos de interés artificialmente bajos lo que alimentará la burbuja expeculativa (y altamente apalancada) de valores bursátiles en Wall Street. El origen de esta política, que resultará letal, no esta en Estados Unidos sino en Gran Bretaña. El Reino Unido cometerá uno de los grandes errores en la política monetaria de este complejo periodo al hacer volver la libra al patrón oro al mismo tipo de cambio de antes de la Guerra tras la paz de Versalles (1919). Winston Churchill, entonces secretario de Hacienda, fuertemente presionado por Norman, volvió al patrón oro con el antiguo tipo de cambio de antes de la contienda lo que agudizó la deflación en aquel país tras la guerra. En efecto, al fijar un tipo “artificialmente” alto por motivos políticos -Gran Bretaña no quería perder importancia dentro del escenario financiero y geopolítico mundial-, no reconoció en la fijación del tipo de cambio de la libra esterlina con el oro la fuerte perdida de competitividad que había sufrido la economía durante laguerra. Esto deprimió la economía en un momento en donde, además, en ninguna de las grandes economías tenía en marcha una agenda reformista, sino todo lo contrario.

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Tras la guerra, las naciones europeas no solo quedaron mutuamente destruídas sino que quedaron altamente endeudadas y con menos de la mitad de las reservas de oro co. las que contaban. Estados Unidos, por el contrario, había hecho crecer enormemente sus reservas hasta el punto que duplicaban la del resto de potencias combinadas. El objetivo tras la guerra, era reanudar la economía (mejorar la competitividad) y reanudar los mecanismos de crédito. Lo primero no se hizo y lo segundo se forzó mediante una política por parte de la Fed de tipos bajos lo que suponía el necesario balón de oxígeno para que la dañada y disfuncional economía inglesa fuera tirando a trancas y barrancas durante aquellos años. Mientrastanto, una economía en plena fase de expansión y fiebre inversora (por primera vez, durante los felices años 20, la inversión en bolsa se popularizara enormemente y, además, parte importantísima de esta inversión se hará de forma apalancada) era distorsionada artificialmente por oleada de crédito barato cuyo resultado únicamente podía ser su irremediable ajuste.

Llegados a este punto, cabe subrayar que el gran elemento que explica la burbuja especulativa en la bolsa -que será especialmente aguda entre finales de 1925 y 1929- será la política de repetidos recortes de tipo de interés. Una vez llegado el ajuste, el activismo gobernamental y de la Fed. La administración Hoover aumentará el gasto público (importante será el aumento de partidas presupuestarias para la inversión en infraestructuras, como la propia presa Hoover), el control de precios y salarios y subirá la presión fiscal (intervencionismo económico que llegará al paroxismo con Roosevelt). Por su parte la Fed, contraerá la base monetaria entre 1929 y 1933 (cosa inédita en la historia como remarcarán Milton Friedman y Anna Schwartz en su gran obra A Monetary History of the United States) lo que complicará innecesariamente las cosas. En suma, un conjunto de errores de política económica derivados del prisma intervencionista (posteriormente keynesianimos) sin los que es imposible entender ni la gestación de la crisis ni su inusitada dureza y duración. Lo resume magistralmente Lorenzo Bernaldo de Quirós (@BernaldoDQuiros) en el fantástico libro ¿Estado o Mercado? (Deusto, 2010).

Ni en aquel momento, ni tampoco ahora, el grueso de la sabiduría convencional acertó en dibujar las alternativas ni separar lo que son “fallos” en el diseño del sistema monetario y lo que son fallos de política. En aquel momento se enfrentaron dos posturas: los favorables a la ortodoxia del patrón oro y los favorables -entre los más destacados Keynes o Roosevelt– de abandonar el sistema para poder emitir crédito sin reestricción. Lo cierto es que, como siempre, la virtud estaba “somewhere in the middle“: ni la naturaleza de la crisis se solucionaba inundando los mercados de liquidez (para muestra un botón con las actuales políticas de extraordinaria liquidez de la Fed entre 2009 y 2015 que únicamente han agravado la fragilidad de la situación); y, al mismo tiempo, fue un error fijar un tipo de cambio con el oro que no se ajustaba a la realidad de los países lo que llegado el momento distorsiono los flujos del comercio alterando, en consecuencia, también los diferentes flujos de oro entre los diferentes países lo que agudizó la depresión en algunos (i.e. Reino Unido), sobre estimulando la actividad en otros (i.e. Estados Unidos).

Recordaba John Mülller (@cultrun) hace poco en un notable artículo en El Español las palabras de Adous Huxley: “Quizá la más grande lección de la historia es que nadie aprendió las lecciones de la historia.” Amén. Por eso resulta recomendable, al gran trabajo de documentación de Ahamed, complementarla con otras lecturas académicamente más completos (o mejor dicho, no “obsesionados” con la deflación). Y me permito recomendar dos al ya citado libro de Bernaldo de Quirós. El clásico de Murray N. Rothbard, America’s Great Depression (disponible en pdf en este link) que constituye el pilar principal de la explicación a la Gran Depresión fuera de los cánones de la sabiduría convencional (que se puede encontrar en The Great Depression 1929 de John K. Galbraith); y Currency Wars (2011) de James G. Rickards (@JamesGRickards), libro imprescindible, del que tengo pendiente hacer reseña.

Todos los puntos de vista son necesarios para un correcto entendimiento del fenómeno monetario que configura la base en la que se apoya la economía y sin el cual es imposible tampoco tener una visión completa del fenómeno social y político. Buena lectura y feliz 2016.

Grecia y el sueño europeo de JM de Arielza (ESADE)

Valery Giscard D’Estaing pronunció el 28 de mayo de 1979 un emotivo discurso en Atenas, en el que daba la bienvenida a Grecia a las Comunidades Europeas. El político francés presidía el Consejo Europeo, había apadrinado esta adhesión y no dudó en utilizar su buen griego clásico para cantar las alabanzas de la civilización nacida hace más de 2500 años. El hecho de que no muchos asistentes entendiesen sus loas no le impidió extenderse en ellas. Se trataba de la segunda vez que el club europeo abría sus puertas a un nuevo miembro. A diferencia de la ampliación de 1973, las Comunidades habían tenido muy en cuenta un imperativo político: la necesidad de anclar en las instituciones de Bruselas a la recién recuperada democracia griega.

Giscard apoyaba a fondo al primer ministro Konstantinos Karamanlis, quien había regresado del exilio para ganar las elecciones, aprobar la constitución de 1975 y formular la petición de adhesión a las Comunidades Europeas, invocando el acuerdo de asociación de 1961 que abrió a Grecia las puertas del Mercado Común.

La petición de ingreso fue acogida con reservas debido a los problemas sociales y políticos que arrastraba el país, la debilidad de su sistema financiero, una alta inflación y una agricultura poco modernizada. Pero el tándem franco-alemán impuso su visión geopolítica e invocó la pertenencia de Grecia a la OTAN desde 1953. Grecia ingresó en 1980 con un trato favorable para su agricultura y unos períodos transitorios generosos que permitieron ensayar su adaptación en otros sectores. La Comisión por primera vez estableció la siguiente condición: para convertirse en Estado miembro el candidato debía garantizar la democracia y el imperio de la ley.

Los socialistas y comunistas griegos votaron en contra de la ratificación del tratado de adhesión. A diferencia de España, no hubo un gran consenso pro-europeo detrás de esta decisión de tanto calado constitucional. Cuando Andreas Papandreou, líder del PASOK, ganó las elecciones en 1981 anunció que renegociaría los términos de la adhesión e incluso convocaría un referéndum para decidir sobre la permanencia en las Comunidades, una consulta que nunca llegó a realizar. El socialista consiguió a cambio un incremento de los fondos europeos. En Bruselas, los sucesivos gobiernos helenos se granjearon enseguida fama de hiper-nacionalistas por su tendencia a vetar cualquier aproximación a Turquía por parte de las Comunidades.

El peso político y económico de España, que empezaba a negociar en 1977 su ingreso, alertó a los negociadores comunitarios de que nuestro país podía ser una “gran Grecia” si, una vez dentro de Europa, imitaba el comportamiento de Atenas. El presidente Giscard no tuvo reparos en vetar varias veces estas negociaciones, que se alargaron ocho años años y acabaron con condiciones mucho más exigentes que las de la adhesión griega.

Por su parte, el país heleno no desarrolló, como otros recién llegados al proyecto de integración, un europeísmo que le llevase a un proceso de modernización de la economía y la sociedad. Nunca consiguió organizar un sistema eficaz para cobrar impuestos y desarrollar una cultura cívica para entender por qué pagarlos. Aunque parte de sus elites sí hicieron suyo el sueño europeo, la mayoría de los ciudadanos se conformó con entenderlo como un apoyo financiero continuado.

Una vez cayó el muro de Berlín, Grecia centró sus esfuerzos políticos en conseguir que Chipre ingresara en la Unión Europea junto con los países del Este. En 2002 consiguió unirse al euro ya en marcha sin hacer mucho ruido, presentando unas estadísticas oficiales sorprendentes en las que como por ensalmo había desaparecido la inflación y el déficit público quedaba en un 1,5%. En 2004 el nuevo gobierno conservador anunció que el verdadero déficit era del 8,3%. Pero la celebración de los Juegos Olímpicos ese año en Atenas llevó a aumentar la deuda sin reducir el gasto público, aprovechando que se podía financiar en las mismas condiciones que Alemania. Los acreedores no valoraron el riesgo de seguir financiando alegremente a un país que se endeudaba a toda velocidad.  Justo en ese año, Francia y Alemania, en vez de aceptar sanciones por incumplir los límites de gasto público señalados en el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, lo reformaron para hacerlo más flexible, una señal nefasta hacia países como Grecia.

En otoño de 2009, en plena crisis financiera y repitiendo la “confesión” de 2008, el gobierno recién elegido del PASOK hizo de nuevo las cuentas y comunicó a Bruselas un déficit del 14%, en lugar del 2,7%. Los líderes europeos con la ayuda del FMI tuvieron que improvisar en mayo de 2010 un primer programa de rescate, al que siguió un segundo programa y un verdadero rediseño de la moneda común para evitar que una pequeña parte de la economía de la zona euro pudiese amenazar la viabilidad del proyecto entero. Desde entonces, la financiación a Grecia por 240.000 millones de euros no ha impedido que crezca el desempleo, se hunda la economía y aumente la deuda hasta casi el 180% del PIB. Solo el gobierno de Antonis Samaras consiguió enderezar el rumbo por unos meses.

La victoria en enero de la coalición de extrema izquierda de Syriza puso fin a ese momento de esperanza. El comportamiento radical e incompetente del gobierno de Alexis Tsipras en Bruselas ha destruido la confianza de sus socios europeos. El primer ministro ha alimentado la frustración de sus conciudadanos agitando enemigos externos como la “troika”, Alemania, los bancos o una UE insolidaria. Ese peligroso juego ha culminado con el referéndum-chantaje del pasado domingo, el cierre de los bancos y la negociación al borde de la salida del euro para iniciar un tercer rescate, como era de esperar, con condiciones más exigentes que nunca. A nadie le sorprenderá que hace unos días el ex presidente Giscard haya propuesto una “salida amigable” de Grecia de la eurozona, para que “pueda ocuparse de sus problemas financieros, crecer fuera de una moneda fuerte y generar inflación”. De este modo, explica el político francés, “Grecia se prepararía para volver a ingresar en el futuro en el euro”. Para que se le entienda mejor, esta vez no lo ha dicho en griego clásico.

Grecia y los sueños rotos, M. Trías Sagnier (La Vanguardia)

Grecia ha estado presente en nuestro imaginario colectivo como un lugar de ensoñación. Una combinación de Kavafis y vacaciones por las islas del Egeo, evocadores del viaje odiséico, nos llevó a contemplar ese precioso país como algo cercano al paraíso en la tierra. En Grecia nos sentimos enraizados en lo más noble de la simbología cultural europea. La razón imponiéndose al mito, la democracia a la tiranía, el equilibrio frente a la desmesura. Y de allí la obra cultural helenística, Roma, el Renacimiento y la Ilustración, en un recorrido marcado por la luminosidad de Holderlein y el heroísmo de Lord Byron.

Pero el gran historiador Arnold J. Toynbee nos recordó que la Grecia moderna no es más heredera de la Grecia clásica de lo que lo somos los europeos occidentales, sino tal vez mucho menos. Grecia no tuvo propiamente renacimiento, ni la Ilustración asentó allí sus raíces. Se mantuvo cristiana, es cierto, pese a entrar en el ámbito del imperio Otomano, tras la caída de Constantinopla. Pero lo hizo en la órbita de la cristiandad oriental, una esfera compartida con los territorios cristianizados desde Bizancio: Rumania, Bulgaria, Serbia y sobre todo Rusia. Quedó al margen de la evolución cultural, artística y política que llevó a Europa a la Modernidad. El conjunto monástico del Monte Athos muestra en todo su esplendor la comunión cultural de ese mundo, que enarbola el águila imperial de dos cabezas como recuerdo de su origen bizantino.

La Grecia moderna es un país complejo, de marcado cariz balcánico, que encuentra sus raíces en la lucha contra Turquía. Lucha desgarrada que, tras la guerra de independencia, prosigue en las primeras décadas del Siglo XX con los intercambios poblacionales que obligan a los griegos de Asia Menor y de Estambul a abandonar sus hogares, al tiempo que los turcos de Tesalónica y otras zonas eran desplazados en sentido inverso. Así se conforman dos naciones de marcado carácter étnico en un territorio en el que estos grupos culturales antes convivían bajo la tolerancia del sultanato decadente. También contribuye a la conformación del moderno desgarro helénico la configuración geoestratégica surgida de Yalta. Tras la liberación de la cruenta invasión nazi, Grecia se debate entre la opción de buena parte de su pueblo por dar apoyo a los partisanos y el acuerdo entre Stalin y Churchill que sitúa a Grecia en la órbita británica. Una guerra civil frecuentemente olvidada acaba saldándose con la imposición de un régimen prooccidental.

El estado griego, carente de una tradición administrativa y sin una sociedad civil estructurada que lo apoyara surfeó por las aguas de la política europea, aprovechando sus recovecos que le permitieron la entrada en el Mercado Común y después en el Euro en un monumental ejercicio de falseamiento de cuentas. Pero las raíces de la rebeldía balcánica siguieron allá y Varoufakis nos lo ha evidenciado recientemente con toda su teatralidad. Y Grecia debe definitivamente decidir si quiere unirse a ese complejo fruto postmoderno de la Ilustración que es la Unión Europea o internarse en las no menos postmodernas aguas del bloque civilizatorio ortodoxo, confirmando entonces la tesis de Huntington de que, acabada la época de las luchas ideológicas, las divisiones étnico-religiosas van a conformar el mundo del siglo XXI.