Los señores de las finanzas

El dinero sin medida forma los nervios de la guerra.”

Cicerón, Filípicas

El siglo XX dejó dos grandes episodios que marcarán de manera definitoria la historia económica y monetaria desde entonces: me refiero a la hiperinflación alemana (1919-1923) y la Gran Depresión de 1929 que se extenderá durante toda la década siguiente hasta practicamente la llegada de la Segunda Guerra Mundial, el segundo suicidio colectivo de Europa en el lapso de tan solo una generación. Ambos episodios no únicamente serán relevantes por la magnitud de los hechos, sino por el fuerte eco que dejarán y que llegará, aún vibrante, a nuestros días con gran influencia sobre la sabiduría convencional sobre el origen y remedio de las crisis económicas. Bécker escribió que el recuerdo que deja un libro es más importante que el libro en sí. Con las crisis económicas pasa un poco lo mismo: tan importante es la crisis, como el poso que deja tras de sí; sobretodo en el ideario colectivo ya que marcará de forma definitoria la manera de afrontar futuros episodios de crisis y pánico financiero.

Con esta potente idea en mente -la importancia de la historia y de sus consecuencias como elementos de valor para entender el presente- se encuadra Los señores de las finanzas (@EdicionesDeusto, 2010) del economista Liaquat Ahamed. El libro repasa los intensos acontecimientos que tendrán lugar desde finales de la Primera Guerra Mundial hasta la caída en picado de Wall Street en octubre de 1929 y, aún más importante, las consecuencias del mismo durante el complejo periodo de 1929-33 y la posterior década de depresión de 1933 hasta 1944. La gran virtud de la obra, y el elemento principal que justifica su premio Pulitzer y su lectura, es que la historia se explica de forma pormenorizada, con una prosa que consigue atraparte desde el primer momento y a través de sus principales protagonistas. El autor acierta doblemente al poner el énfasis, como advertía Disraeli con respecto al estudio de la historia, en los protagonistas más que en los hechos; y segundo, por los propios personajes escogidos: Montagu Norman (Banco de Inglatera), Benjamin Strong (Reserva Federal de Nueva York, luego substituído por George Harrison), Hjalmar Schacht (Reichsbank), y Émile Moreau (Banco de Francia); es decir, los principales banqueros centrales de entonces.

La economía esta, sobretodo, determinada por la solidez de las instituciones monetarias; por tanto, su correcta comprensión resulta imprescindible. Como dijo célebremente Mayer .A. Rothschild, fundador del banco con el mismo nombre: “Dejadme emitir y controlar el dinero de una nación y no importará quién dicte las leyes.”

A parte del interés evidente que toma el relato que incluye un completo perfil de los personajes -no únicamente de los principales, sino también de los secundarios- y que esta lleno de anécdotas y vivencias personales de los mismos, sino que esta manera de estructurar la obra permite entender los hechos a partir del carácter y pensamiento de las personas encargadas de tomar las decisiones que determinaran esos hechos. En este sentido, la ambición de la obra no puede ser mayor. La obra, como decíamos, se centra en la importante institución del dinero, aspecto central de la economía y que, sin embargo (y muchas veces inexplicablemente), su debate parece estar limitado a unos pocos círculos de expertos quedando fuera de plano para el gran público. La obra repasa la historia monetaria del mundo en uno de sus periodos más intensos: fin del patrón oro clásico tras el pánico de 1907 en Nueva York y creación de la Reserva Federal (1913) y hasta el periodo de depresión global de 1933-1944 y que terminará de forma trágica con la Segunda Guerra Mundial. El autor da múltiples pinceladas sobre el funcionamiento de la banca y su relación con el proceso de rápida industrialización y globalización que tendrá lugar en la recta final del siglo XIX y 1913, así como el desarrollo industrial y social de principios del siglo XX todo, como decíamos, acercándonos la historia a través de los ojos de sus protagonistas.

Desde el punto de vista de la teoría es donde, a mi juicio, el libro es resulta más flojo. De entrada, huelga decir que la gran depresión es quizás uno de los episodios cuya interpretación genera más divergencias entre economistas e historiadores (Niall Ferguson (@nfergus) hace esta misma observación en su magnifica obra Kissinger: 1923-1968: The Idealist), así que las discrepancias sobre estos temas son, hasta cierto punto esperables. La vulgata general con respecto a la Gran Depresión es que fue causada en gran medida por la arquitectura del sistema monetario (en aquel momento patrón oro-dólar, aunque muchos tienden a confundir este modelo con el patrón oro clásico que existirá hasta antes de la creación de la Reserva Federal en 1913), y que su posterior alargamiento fue debido al enfoque ‘laissez faire‘ adoptado por el (por otro lado, bastante nefasto) presidente (republicano) Herbert Hoover. Únicamente con la llegada del activismo gubernamental de Roosevelt, apoyado sobre el cuerpo teórico de pensadores como Keynes (otro de los grandes personajes secundarios de la historia) permitirá al conjunto de las economías escapar de la depresión. El otro gran chivo expiatorio será el patrón oro, el gran culpable, sobretodo para los banqueros centrales, ya entonces y también ahora, convertido en verdadero anatema desde entonces. Lo cierto es que, la evidencia de los datos, junto a una correcta comprensión de como funciona el mecanismo monetario y la institución del dinero, permite comprobar que nada más alejado de la realidad.

Hay un antecedente, la creación de la Fed tras el pánico de 1907 en 1913, que el libro no alcanza a entender sus importantes consecuencias. Este hecho permitirá con posterioridad mantener los tipos de interés artificialmente bajos lo que alimentará la burbuja expeculativa (y altamente apalancada) de valores bursátiles en Wall Street. El origen de esta política, que resultará letal, no esta en Estados Unidos sino en Gran Bretaña. El Reino Unido cometerá uno de los grandes errores en la política monetaria de este complejo periodo al hacer volver la libra al patrón oro al mismo tipo de cambio de antes de la Guerra tras la paz de Versalles (1919). Winston Churchill, entonces secretario de Hacienda, fuertemente presionado por Norman, volvió al patrón oro con el antiguo tipo de cambio de antes de la contienda lo que agudizó la deflación en aquel país tras la guerra. En efecto, al fijar un tipo “artificialmente” alto por motivos políticos -Gran Bretaña no quería perder importancia dentro del escenario financiero y geopolítico mundial-, no reconoció en la fijación del tipo de cambio de la libra esterlina con el oro la fuerte perdida de competitividad que había sufrido la economía durante laguerra. Esto deprimió la economía en un momento en donde, además, en ninguna de las grandes economías tenía en marcha una agenda reformista, sino todo lo contrario.

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Tras la guerra, las naciones europeas no solo quedaron mutuamente destruídas sino que quedaron altamente endeudadas y con menos de la mitad de las reservas de oro co. las que contaban. Estados Unidos, por el contrario, había hecho crecer enormemente sus reservas hasta el punto que duplicaban la del resto de potencias combinadas. El objetivo tras la guerra, era reanudar la economía (mejorar la competitividad) y reanudar los mecanismos de crédito. Lo primero no se hizo y lo segundo se forzó mediante una política por parte de la Fed de tipos bajos lo que suponía el necesario balón de oxígeno para que la dañada y disfuncional economía inglesa fuera tirando a trancas y barrancas durante aquellos años. Mientrastanto, una economía en plena fase de expansión y fiebre inversora (por primera vez, durante los felices años 20, la inversión en bolsa se popularizara enormemente y, además, parte importantísima de esta inversión se hará de forma apalancada) era distorsionada artificialmente por oleada de crédito barato cuyo resultado únicamente podía ser su irremediable ajuste.

Llegados a este punto, cabe subrayar que el gran elemento que explica la burbuja especulativa en la bolsa -que será especialmente aguda entre finales de 1925 y 1929- será la política de repetidos recortes de tipo de interés. Una vez llegado el ajuste, el activismo gobernamental y de la Fed. La administración Hoover aumentará el gasto público (importante será el aumento de partidas presupuestarias para la inversión en infraestructuras, como la propia presa Hoover), el control de precios y salarios y subirá la presión fiscal (intervencionismo económico que llegará al paroxismo con Roosevelt). Por su parte la Fed, contraerá la base monetaria entre 1929 y 1933 (cosa inédita en la historia como remarcarán Milton Friedman y Anna Schwartz en su gran obra A Monetary History of the United States) lo que complicará innecesariamente las cosas. En suma, un conjunto de errores de política económica derivados del prisma intervencionista (posteriormente keynesianimos) sin los que es imposible entender ni la gestación de la crisis ni su inusitada dureza y duración. Lo resume magistralmente Lorenzo Bernaldo de Quirós (@BernaldoDQuiros) en el fantástico libro ¿Estado o Mercado? (Deusto, 2010).

Ni en aquel momento, ni tampoco ahora, el grueso de la sabiduría convencional acertó en dibujar las alternativas ni separar lo que son “fallos” en el diseño del sistema monetario y lo que son fallos de política. En aquel momento se enfrentaron dos posturas: los favorables a la ortodoxia del patrón oro y los favorables -entre los más destacados Keynes o Roosevelt– de abandonar el sistema para poder emitir crédito sin reestricción. Lo cierto es que, como siempre, la virtud estaba “somewhere in the middle“: ni la naturaleza de la crisis se solucionaba inundando los mercados de liquidez (para muestra un botón con las actuales políticas de extraordinaria liquidez de la Fed entre 2009 y 2015 que únicamente han agravado la fragilidad de la situación); y, al mismo tiempo, fue un error fijar un tipo de cambio con el oro que no se ajustaba a la realidad de los países lo que llegado el momento distorsiono los flujos del comercio alterando, en consecuencia, también los diferentes flujos de oro entre los diferentes países lo que agudizó la depresión en algunos (i.e. Reino Unido), sobre estimulando la actividad en otros (i.e. Estados Unidos).

Recordaba John Mülller (@cultrun) hace poco en un notable artículo en El Español las palabras de Adous Huxley: “Quizá la más grande lección de la historia es que nadie aprendió las lecciones de la historia.” Amén. Por eso resulta recomendable, al gran trabajo de documentación de Ahamed, complementarla con otras lecturas académicamente más completos (o mejor dicho, no “obsesionados” con la deflación). Y me permito recomendar dos al ya citado libro de Bernaldo de Quirós. El clásico de Murray N. Rothbard, America’s Great Depression (disponible en pdf en este link) que constituye el pilar principal de la explicación a la Gran Depresión fuera de los cánones de la sabiduría convencional (que se puede encontrar en The Great Depression 1929 de John K. Galbraith); y Currency Wars (2011) de James G. Rickards (@JamesGRickards), libro imprescindible, del que tengo pendiente hacer reseña.

Todos los puntos de vista son necesarios para un correcto entendimiento del fenómeno monetario que configura la base en la que se apoya la economía y sin el cual es imposible tampoco tener una visión completa del fenómeno social y político. Buena lectura y feliz 2016.

Historia monetaria del siglo XX: la hiperinflación en Weimar

“Si el pueblo americano permite un día que los Bancos privados controlen la emisión de su moneda, primero por la inflación, luego por deflación, los bancos y corporaciones que crecerán alrededor de ellos privarán al pueblo de toda propiedad hasta que sus hijos despierten sin hogar en el continente que sus padres conquistaron.”

— Thomas Jefferson

El verano de 1914 fue caluroso y especialmente apacible según todas las crónicas de la época. El mundo estaba inmerso en grandes cambios científicos y tecnológicos y el avance del comercio hacía presagiar un gran periodo de paz. El periodista Norman Angell publicaba un célebre panfleto en 1910 titulado The Great Ilusion en el que defendía que la guerra, en una sociedad de consumo y materialista, era un mecanismo inaceptable no tanto por su crueldad sino por su gran inutilidad. Sin embargo, y como sucede con todas las crisis, éstas aparecen de repente, y sin previo aviso. La Primera Guerra Mundial entre los años 1914-1919, tendrá una gran transcendencia en el devenir histórico de Europa y del mundo durante todo el siglo XX. La revolución de octubre de 1917, la hiperinflación alemana en 1933, la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), y el abandono definitivo, también su desprestigio, del patrón oro, son algunas de las dramáticas consecuencias del segundo gran suicidio europeo en menos de una generación.

La Gran Guerra finalizo en armisticio el 11 de noviembre de 1918 dejando un continente en ruinas y lastrado por grandes deudas. Las economías de Francia y Alemania se habían contraído un 30% mientras su endeudamiento público había crecido de forma exponencial. El Reino Unido, por su parte, salía debilitado de su liderazgo de antaño que, de una forma cada vez más clara y evidente, quedaba eclipsado por Estados Unidos que consolidaba su posición de liderazgo en el escenario tras la Guerra. Si antes de 1914 el PIB de EE UU se situaba en 40.000 millones de dólares, cifra equivalente a la producción combinada de Alemania, Reino Unido y Francia, en 1919 ya era un 50% superior. En cuatro años de contienda, las naciones europeas se habían gastado 200.000 millones de dólares, consumiendo prácticamente la mitad del PIB en su destrucción mutua. Un gasto militar que básicamente se había sufragado con préstamos, como se venía haciendo desde siempre, de manera más sofisticada desde que William Pitt, el joven, revoluciono los mercados de bonos para financiar la guerra contra Napoleón. Estas deudas de guerra rápidamente se convertían en el gran y principal obstáculo para recuperar la normalidad, la confianza y la prosperidad en el continente. Su mala resolución en Versalles, anticipada brillantemente por Keynes, entre otros, será la semilla de la Segunda Guerra Mundial.[1]

Las consecuencias económicas de la paz

El Tratado de Versalles exigió a Alemania el pago de una cantidad desmesurada de dinero, inicialmente 55.000 millones de dólares, como reparación de guerra a las potencias aliadas –Francia, Reino Unido y Estados Unidos–, lo que suponía tener que hacer frente de la noche a la mañana a una enorme mochila de deuda sobrevenida al mismo tiempo que se le obligaba a realizar cesiones territoriales, una octava parte de su territorio que la privaban de una parte relevante de su capital productivo. Un joven John Mynard Keynes, catedrático en Cambridge y con ganas de hacerse notar, fue quién mejor anticipó, y supo explicar, las negativas consecuencias del tratado expresadas de forma clara en el best-seller, hoy clásico, Las consecuencias económicas de la paz (1919). Keynes señaló como Versalles estaba poniendo la semilla para la destrucción y asfixia económica de Alemania, lo que dibujaba un escenario de consecuencias impredecibles, en cualquier caso malas. El Tratado, señaló Keynes, era una humillación en toda regla a Alemania, y la semilla del nazismo y posterior Segunda Guerra Mundial. Keynes concluyó que si se quería albergar alguna esperanza con respecto al pago por parte de Alemania de las indemnizaciones impuestas, lo que no se podía hacer era arruinar al país ahogándolo.

Era urgente restablecer la confianza, reparar lazos, para que el crédito volviera a fluir normalmente. Una opción era que Estados Unidos, nueva potencia emergente, emitiese nuevos certificados de garantía y nuevos préstamos que sirviesen para dotar de liquidez al sistema y así dar paso a una nueva fase de integración comercial y financiera con la que reflotar la maltrechas economías de la posguerra. Otra opción era la de la condonación, hacer tabla rasa, y empezar a construir de nuevo. Como veremos, ninguna de las dos opciones, que seguramente hubieran permitido escapar al “ahogo” alemán del que bien advirtió Keynes, resulto satisfactoria para Francia, sobretodo, también para Inglaterra, que, en mayor o menor medida, impusieron sus intereses nacionales, miopes, exigiendo cuantiosas cantidades en metálico, oro y en especie a Alemania, imposibilitando la solución del problema y convirtiéndolo en uno aún más grave.

Los franceses se habían fijado en el oro alemán que en 1915 sumaba 876 toneladas métricas y con el que pensaban compensar sus propias deudas. La guerra, sin embargo, había dibujado un escenario complejo, con un tejido productivo muy dañado y con mucho menos capital que dificultaba hacer las estimaciones en la capacidad de devolver la deuda. En su magnífico libro, Paris 1919, la historiadora Margaret MacMillan destaca las complejas relaciones financieras entre potencias tras la guerra en un mundo ya globalizado. Inglaterra y Francia habían extendido importantes préstamos a Rusia, que había entrado en default tras la revolución bolchevique. Italia, que también había recibido fondos de Inglaterra y Francia tampoco disponía de recursos para pagar. Francia adeudaba 3.000 millones de dólares al Reino Unido y 4.000 millones de dólares a Estados Unidos. A su vez Inglaterra debía 4.700 millones de dólares a Estados Unidos. En 1919, nadie podía pagar y los mecanismos de crédito estaban congelados.[2]

Las advertencias de Keynes fueron desoídas. La presión del pago de las reparaciones de guerra tuvo un impacto demoledor sobre la economía alemana, las cesiones de soberanía sobre territorios y colonias alemanas y el peso moral de la culpa que explicitaba el Tratado desembocaron, primero, en la crisis de la hiperinflación alemana entre 1919 y 1923 y, después, en el advenimiento del nazismo en 1933 y la Segunda Guerra Mundial entre los años 1939 y 1945.

El mal acuerdo de Versalles, es decir un acuerdo que no resultó razonable, creíble y asumible por las partes, favoreció un gran clima de desconfianza e incertidumbre que sobrevoló los mercados financieros y la economía global durante los años siguientes. Debido a la imposibilidad técnica de realizar un cálculo concreto, el Tratado de Versalles no llegó a incluir una cantidad específica de la cuantía de los daños causados por Alemania durante la guerra. Se establecieron unos paneles de expertos que fueron desarrollando el estudio de la cuestión, anticipando así una moda muy actual de delegación de responsabilidades y aplazamiento de decisiones en fórmula tan aparentemente correcta.

La posición inicial más dura, no fue de los franceses, sino de los ingleses que fijaron la cifra en 55.000 millones de dólares. Estados Unidos prefería un acuerdo substancialmente menor, entre los 10.000 y los 12.000 millones, sobre la hipótesis de que a la economía americana le convenía una economía alemana fuerte. Estas posiciones, por imposibles, fueron cambiando, lo que ayudó a generar más incertidumbre a medida que se iba comprobando que la recién creada República de Weimar no podía pagar. En mayo de 1921, altos funcionarios de la hacienda pública británica presentaron una nueva propuesta consistente en el pago de reparaciones por valor de 12.500 millones de dólares, casi el 100% del PIB alemán de antes de la guerra. Esta propuesta exigía el pago anual, entre intereses y principal, de entre 600 y 800 millones, cerca del 5% del PIB.[3] Esta nueva propuesta se acercaba, y en cierto modo estuvo muy influenciada, por las propuestas de Keynes pero llegaba tarde.

Pese a todo, y debido a los cambios sucesivos de Gobierno que dificultará aún más la búsqueda  –entre 1919 y 1922 se sucederán cinco gobiernos en Francia y seis en Alemania–, y a las dudas del propio Gobierno alemán sobre si podría o no pagar las reparaciones debido a la precaria situación en la que había quedado el país tras la contienda, el calendario de repago de la deuda avanzó sin cumplirse. El Tratado había dejado importantes incertidumbres abiertas que estarían planeando sobre el conjunto del sistema, añadiendo desconfianza permanente durante la década siguiente. Asimismo, la aceptación de los términos recogidos en Versalles supuso una grave herida para el sistema parlamentario que alumbró a la recién creada República de Weimar que nació herida de muerte.

Sobre endeudamiento, hiper inflación y nazismo

Asolada por la guerra y acosada por las deudas, la recién estrenada República de Weimar buscaban acelerar la recuperación de la competitividad perdida frente a los socios comerciales vía la impresión de moneda. En 1921, el Reichsbank, luego reconocido en el mundo entero precisamente por su ortodoxia monetaria, dió comienzo a un plan de impresión de moneda e inoculó la inflación al sistema mediante la compra de facturas pendientes de pago, deudas, del Gobierno alemán. Dinero en efectivo que el Gobierno necesitaba para hacer frente a sus obligaciones con los proveedores y sufragar el déficit. Se pensó que la la devaluación del marco iba a ser una oportunidad para facilitar el crédito e impulsar las exportaciones del país.

Los perjudicados fueron clases medias trabajadoras, ahorradores y pensionistas, –perfiles de bajo riesgo o que no tenían acceso fácil a la bolsa–. Las políticas del Reichsbank de imprimir moneda sin límite supusieron su ruina financiera, económica y también moral. En apenas un año, en 1922, la inflación paso a ser hiperinflación a medida que el instituto emisor imprimía dinero a espuertas para hacer frente a sus compromisos financieros. Un dólar estadounidense pasó a valer tanto que era casi imposible encontrar bancos que pudieran hacer el cambio de divisa. En 1923, los billetes se imprimían solo en una cara para ahorrar tinta y el proceso de logística para la impresión de los billetes llegó a incluir 133 talleres de imprenta con 1.783 máquinas y más de 30 fábricas de papel.[4]

Como se ha dejado constancia en diversas memorias, el crimen, la prostitución y los robos se volvieron algo habitual, la moral del conjunto de la sociedad se devalúo a la misma velocidad que lo hacia el marco alemán. Stefan Zweig describe en sus memorias:

“¡Qué época más desenfrenada, anárquica e irreal la de aquellos años en que, con la disminución del valor del dinero, todos los demás valores empezaron a decaer en Austria y Alemania! Era una época de enardecido éxtasis y feas maquinaciones, una curiosa mezcla de intranquilidad y fanatismo. Las ideas más extravagantes […] dieron una cosecha dorada.”[5]

El desmoronamiento del sistema monetario alteró profundamente el orden de prioridades de la población. Se alteró de forma violenta y dramática la preferencia temporal: sin valor de la moneda, solo importaba el presente y las antiguas instituciones de estabilidad como el capital, el ahorro, el préstamo o el crédito dejaron de tener sentido. La gente dejó de confiar en el marco alemán y en todo lo esto significaba. Alemania quedó sumida en el caos al tiempo que el populismo político avanzaba de manera inexorable.

Las cifras resultan elocuentes. En 1914, antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, el tipo de cambio del marco estaba fijado en 24 centavos de dólar (1 dólar, 4,2 marcos alemanes aproximadamente). A principios de 1920, con los efectos de la financiación inflacionista ya en marcha, el cambio se situaba en 1 dólar, 65 marcos.[6] A finales de 1921 la inflación de los precios al consumo ya se hacía notar pero, equivocadamente, no se percibió como una amenaza.

Los bancos alemanes, y cualquiera con activos reales, estaban protegidos beneficiados antes esta coyuntura dramática. La inflación afectaba al valor real de sus activos en el balance, con lo que estaban cubiertos ante un proceso que haría aumentar el valor nominal de los mismos a la vez que reduciría la carga de la deuda al menos temporalmente. Algo similar sucedía con las grandes empresas y corporaciones alemanas que tenían en sus balances una posición importante, de activos reales como maquinaria, equipos industriales y fábricas. Al mismo tiempo, muchas de estas grandes empresas tenían operaciones fuera de Alemania lo que permitía llevar a cabo cierta estrategia de diversificación de divisas y proteger el negocio de un hipotético colapso del marco. Por último, la pequeña burguesía alemana tampoco se alarmó de inmediato con el repunte inflacionario, ya que si bien su poder de compra en el exterior se veía reducido, este efecto se compensaba hasta cierto punto con las ganancias del mercado de capitales que subía con fuerza y una falsa sensación de incremento de riqueza y bienestar.

Alemania experimentó la mayor destrucción de valor monetario de la historia de la Humanidad hasta aquel momento, con el agravante de que el proceso afectaba una gran potencia y no una república secundaria. Su experiencia sigue sin ser comparable con otros procesos de hiperinflación igualmente devastadores, pero en países de menor tamaño y por tanto, de menor repercusión internacional.[7] El 1 de noviembre de 1923, una libra de pan costaba 3.000 millones de marcos, una libra de carne, 36.000 millones. Un vaso de cerveza, 4.000 millones. Una deuda de principios de la etapa inflacionaria, nada.

Ante esta destrucción imparable del valor del marco, el Reichsbank decidió crear una divisa alternativa que estaría anclada en préstamos hipotecarios y en derechos sobre el cobro de impuestos futuros que subyacían sobre dichas propiedades. Su emisión y circulación estuvo dirigida y supervisada por el ambicioso e implacable ministro de Economía Hjalmar Schancht que poco más tarde se convertiría en el nuevo jefe del Reichsbank y que acabaría sucumbiendo al encanto del nazismo al final de la década. El marco colapsó poco después que la nueva divisa, el nuevo marco alemán, fuese introducida. Su equivalencia era, aproximadamente, de un billón de marcos por cada nuevo marco.[8]

La hiperinflación arrasó el país en todos los ámbitos imaginables lo que recuerda la célebre frase de Lenin, afirma con sorprendente clarividencia:

Todo el mundo reconoce que la emisión de papel moneda es la peor clase de préstamo obligatorio, que empeora principalmente las condiciones de los trabajadores, de la parte más pobre de la población, que es el mal más importante en la confusión financiera […] la emisión ilimitada de papel moneda favorece la especulación, permite a los capitalistas hacerse millonarios y crea tremendos obstáculos en el camino de una muy necesaria expansión de la producción: la carestía de las materias primas, maquinaria, […] Avanza a saltos y crea límites. ¿Cómo pueden mejorarse las cosas cuando las riquezas acumuladas por los ricos son ocultadas?”.[9]

Este pensamiento va en línea con la célebre cita de Lenin, atribuida por Keynes: “la forma más directa de destruir el sistema capitalista es subvertir la moneda.” Tan cierto como eso. Por eso la defensa de una moneda sana es el primer bastión de defensa para una sociedad libre y abierta.

El gran pensador austríaco Ludwig von Mises, que sufrió en primera persona tanto el nazismo como el comunismo, es quizás quién mejor alcanzó a entender las consecuencias derivadas de la manipulación del dinero. Dice en su libro Socialismo:

La inflación es la última palabra del destruccionismo. Los bolcheviques, con la incomparable habilidad de que dan muestra para encubrir su odio en forma racional y para transformar las derrotas en victorias, han hecho de la inflación una política financiera propia para abolir el capitalismo, al destruir la moneda.”[10]

Conclusión

Adam Fergusson concluye su magnífico libro sobre la hiperinflación alemana –y en línea con la observación de Lenin citada anteriormente–: “Esto es, creo, un cuento moral. Va mucho más que demostrar el axioma revolucionario que si desea destruir una nación primero debe corromper su moneda. Este dinero debe sonar ser el primer bastión de la defensa de una sociedad.”[11]

En efecto, si por alguna cosa resulta importante entender las manipulaciones y perversiones del orden monetario es por las graves consecuencias que estos desordenes han tenido en clave política y social. La hiperinflación en la República de Weimar demuestra que la pérdida de confianza en los medios convencionales de intercambio económico rompe el orden social. Una verdad universal que ya había subrayado Cicerón en sus Filípicas: “el dinero sin medida forma los nervios de la guerra.”[12]

Queda otra lección para el futuro: la hiperinflación, si bien destruye el tejido social, permite una recuperación económica rápida cuando los precios vuelven a estabilizarse. Es lo que ocurrió cuando tras lograr controlar la inflación, el país, uno de los más industrializados de la época y rico en recursos naturales, volvió con fuerza al camino del crecimiento.[13]

En paralelo a la crisis alemana, las grandes potencias mundiales promovieron en aquellos tumultuosos años numerosos encuentros multilaterales, como la Conferencia de Génova de 1922, para dar respuesta a la crisis y fijar un orden monetario que devolviese al conjunto de las naciones el camino de la prosperidad mediante puntos de anclaje y normas claras a las que aferrarse. Esfuerzos en vano o que llegaban demasiado tarde. Las costuras del sistema se romperían de forma brusca y dramática.

[1]Ahamed (2010), p. 124.

[2]Margaret MacMillan, Paris 1919: Six Months That Changed the World, Random House, 2007.

[3]Ahamed (2010), p. 141.

[4]Ahamed (2010), p.146.

[5]StefanZweig, El mundo de ayer. Memorias de un europeo, Acantilado, 2009, p. 381-82.

[6]Ahamed (2010), p. 144.

[7] Destacan los casos de Hungría o Zimbabue. El caso de Hungría es el record absoluto en cuanto a procesos de inflación se tienen constancia: en 1946 se llegó a lanzar un billete de 100 trillones de pengos, que tiene en su haber el dudoso honor ser el billete de mayor denominación de la historia. El ejemplo más reciente es el de Zimbabue que en Noviembre de 2008 alcanzaba una inflación del 79.600.000.000%, lo que implica duplicar el nivel de precios cada día, una de las tasas de inflación más altas jamás alcanzadas.

[8]Constantino Bresciani-Turroni, The Economics of Inflation: A Study of Currency Depreciation in Post-War Germany, John Dickens & Co., 1968, p. 441, Tabla IV.

[9]V.I. Lenin, “The Threatening Catastrophe”, Septiembre 1917.

[10]Ludwig von Mises, Socialismo, Editorial Hermés, 1968, p. 513.

[11]“This is, I believe, a moral tale. It goes far to prove the revolutionary axiom that if you wish to destroy a nation you must first corrupt its currency. This must sound money be the first bastion of a society’s defense.” Fergusson (2010), p. xiv. Fergusson describe con detalle algunas de las rarezas derivadas del desorden monetaria (p. 140), y como esta situación de hiperinflación derivo en el desarrollo de sistemas de trueque (p. 113).

[12]Ahamed (2010), p. 95.

[13]Rickards (2012), p. 60.

Revueltas en Oriente Medio, subida del crudo y riesgo de estanflación

Desde finales de Enero que la actualidad mundial viene marcada por las revueltas en la región que comúnmente conocemos como Oriente medio y norte de África. La polvareda se inició en diciembre cuando un vendedor tunecino se inmoló como símbolo de protesta ante el régimen de Ben Alí. Lo que en un primer momento pareció como un acto de protesta aislada, pronto comenzó a tener un efecto bola de nieve que acabó con el régimen del Rais tunecino y que ha tenido ramificaciones en otros países, principalmente Egipto y Libia, aunque amenaza con extenderse con similar intensidad a otros países de la región.

Al margen de la incertidumbre política en estos países y el drama civil y humanitario que subyace estas revueltas,  estos procesos de interregno suelen ser muy violentos (el caso de Libia es especialmente preocupante: ya en una fase de guerra civil entre los rebeldes versus afines y mercenarios al servicio del coronel Gadafi), y en cualquier caso, estas revueltas dinamitan 40 años de política internacional por parte de Occidente en la región en donde sucesivos Gobiernos han jugado la carta de la ambivalencia con estos países: poniendo en primer lugar la garantía del suministro energético con independencia de otros asuntos (tema que espero tratar próximamente).

En el corto y medio plazo es difícil prever la posibilidad real de convocar comicios democráticos con garantías en estos países. La mayoría no disponen de un sistema de partidos mínimamente asentado y los procesos de transición serán previsiblemente débiles y por tanto muy inestables. Este hecho hace que estos países estén altamente expuestos a posibles golpes de Estado, principalmente de corte militar o populista, o la irrupción de sucesivas revueltas.

Ahora bien, ¿qué efectos económicos se derivan de las revueltas en el mundo árabe? Esta situación de inusitada incertidumbre en una región ya de por sí inestable podría situar de nuevo el precio del petróleo por encima de los 100 dólares de forma estructural lo que en el medio plazo supondría un nuevo bache (riesgo de double dip) para la economía mundial en su conjunto. Como señalaba la semana pasada Nouriel Rubini, las revueltas en el mundo árabe aumentan el riesgo de estanflación al incrementar las presiones inflacionistas en un escenario de débil crecimiento económico. Un escenario, por otra parte, que ya se estaba gestando incluso antes de las revueltas de Túnez y Egipto.

En efecto, la historia reciente nos muestra como los desórdenes políticos en Oriente Medio conllevan inevitablemente un aumento en el precio del crudo (desde la primera crisis del petróleo 1973 fruto de la guerra árabe israelí), que a su vez han desencadenado, o como mínimo agudizado, tres de las últimas cinco recesiones mundiales. La Guerra de Yom Kippur de 1973 provocó un repentino aumento en los precios del petróleo, causa última del periodo de estanflación global en 1974-1975. La revolución iraní liderada por el Ayatolá Ruhollah Jomeini de 1979 generó también una subida similar que desemboco en el periodo recesivo  1980-1981. Finalmente, la invasión de Kuwait por el régimen en Iraq de Saddam Husein en agosto de 1990 generó un incremento de los precios del petróleo en un momento en que una crisis bancaria ya estaba deprimiendo la economía norteamericana.

Más recientemente, en 2008, cuando los mercados financieros estuvieron al borde del colapso, el precio del barril también se situaba en máximos – más de 140 dólares el barril de Brent –, lo que aumento, aún más si cabe, las tensiones en los mercados.

Hoy nadie se atreve aventurar qué gobiernos podemos esperar después de la sacudida. El escenario base es que las revueltas persistan y seguramente se extiendan a otros países como Jordania, Omán, Yemen, Bahrein, e incluso Arabia Saudi. En cualquier caso, a finales de 2010 el petróleo se situaba en una horquilla entre los 80-90 dólares (caro) y no sólo por factores fundamentales. Es cierto que las economías emergentes, ávidas de recursos energéticos y creciendo a tasas medias del 6%, han empujado con fuerza los precios al alza. Sin embargo, también influían motivos relacionados con el momentum de coyuntura económica: principalmente una demanda motivada por los excesos de liquidez derivadas de las políticas de quantitaive easing impulsadas por la Fed y las tasas de interés próximas a cero a ambos lados del atlántico. A estos factores, ahora tenemos que añadir la incertidumbre adicional sobre previsibles cortes en el suministro lo que añaden presiones inflacionistas al precio del petróleo.

La subida en el precio del petróleo sólo puede tener consecuencias negativas para la economía mundial. Primero, porqué supone una presión inflacionista más a las ya de por sí sobrecalentadas economías emergentes (es importante recordar que el aumento del petróleo tiene un efecto directo sobre el precio de los alimentos, que todavía supone un porcentaje muy elevado sobre la cesta de consumo en los países emergentes).  Este aumento de la inflación, será menos importante, pero también relevante en las economías desarrolladas.

En cualquier caso, para las economías desarrolladas, una subida en los precios del petróleo puede suponer un riesgo añadido para su débil crecimiento aumentándose así el riesgo de una segunda recaída o doble dip.  Las bases del frágil crecimiento en Estados Unidos se sitúan en la compra masiva de activos por parte de la Fed a fin y efecto de rebajar los tipos de referencia de largo plazo y así estimular la inversión en el sector privado. Obama ha hablado del multiplicador de la confianza (sic). Sin embargo, estos objetivos están lejos de alcanzarse, y la barra de libre de liquidez se tendrá que ir retirando a lo largo del próximo ejercicio… las subidas en el precio del crudo podrían acelerar la retirada de las políticas de extraordinaria liquidez al forzar subidas de tipos (aunque leves podrían ser suficientes para dinamitar el crecimiento económico). Por añaduría, parece lógico que este nuevo escenario acentúe la aversión al riesgo de los inversores (y deprima las bolsas como ya esta pasando), y provoque inevitablemente caídas en el consumo e inversión en el corto plazo.

Argentina

En diciembre de 2001 estalló la más grave crisis financiera que ha asolado Argentina en toda su historia. Después de una crisis financiera en 1995, Argentina se enfrento al llamado “corralito”, que supuso el cierre al acceso de los ciudadanos a sus depósitos bancarios. Luego vino la expropiación con una triplicación de la tasa de inflación y una rebaja, de más de la mitad, en el valor en dólares de sus depósitos. De esta forma, los argentinos veían como su nivel de riqueza se reducía de forma dramática en un abrir y cerrar de ojos. En paralelo, la deuda soberana de Argentina cayó en default convirtiéndose en la mayor suspensión de pagos de la historia y condenando la frágil economía argentina a contraerse más de un 10% en 2002. Como suele pasar en estos episodios, la crisis financiera y presupuestaria argentina fue atribuida al neoliberalismo rampante del presidente a la sazón Carlos Menem. Sin embargo, como señala Carlos Rodriguez Braun, el liberal de Menem (sic) estableció una política económica con un profundo acento intervencionista: aumento de los impuestos, aumento del gasto público y aumento del endeudamiento público. Los tres a la vez. Todo lo anterior era incompatible con el tipo de cambio establecido con el dólar de un peso argentino igual a un dólar. Los mercados financieros no son tontos y no tardaron en descubrir el pufo devolviendo a la realidad las fantasiosas políticas intervencionistas de Menem y ajustando de forma drástica la economía Argentina. Convendría recordarlo.