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La correción, el ajuste y la política monetaria (GlobalAsia)

 

Una vez terminado el drama griego (o al menos por el momento), la principal fuente de volatilidad en los mercados en los dos últimos meses ha venido de la mano de China y su economía sobre la que planean dudas prácticamente desde que se desaceleró el crecimiento en 2012. Desde el conjunto de occidente, y como siempre pasa con respecto a China, observamos los cambios y vaivenes del gigante asiático con una mezcla de miedo e histerismo que acaban dando lugar a inevitables sobre reacciones. Se juntan varios elementos. Primero, la bolsa china se ha ajustado tras 12 meses de rápida sobrevaloración del conjunto de sus activos financieros. Segundo, las acciones correctivas del banco central de China que devalúo por sorpresa el yuan con respecto al dólar despertó aún más incertidumbres sobre el estado de salud de la economía china agudizando aún más la corrección bursátil. Tercero, todo lo anterior ha tenido lugar en un momento en el que el conjunto de los mercados globales acumulan un largo ciclo alcista marcado profundamente por las medidas de extraordinaria liquidez del conjunto de los bancos centrales, Reserva Federal americana a la cabeza, lo que ha impulsado la inflación de prácticamente la totalidad de los activos y ha arrastrado a prácticamente todas las economías a devaluar sus divisas para no quedarse fuera de juego. Vayamos por partes.

La corrección

En junio, la bolsa china acumulaba una revalorización anual de prácticamente el 150% sin que esta subida estuviese apoyada en ninguna mejora substancial con respecto a los fundamentales. Desde entonces, ha ido retrocediendo con episodios en la corrección más o menos importantes como el de la semana pasada en donde más de 1,4 billones de dólares abandonaron los parques chinos: la corrección más aguda desde la crisis de deuda soberana en la periferia europea de 2011. En total, en los dos últimos meses la bolsa china ha visto como se esfumaba prácticamente un 40% de su valor. Parte importante de lo anterior, responde, como señalábamos, a una corrección bursátil después de un “rally” desmesurado y altamente especulativo del conjunto de bolsas chinas que todavía están lejos de cumplir las funciones que típicamente asumen los mercados financieros en las economías avanzadas. De entrada, se trata de un mercado poco transparente guiado más por criterios políticos que puramente de mercado. Además, los beneficios de la mayor parte de las compañías que cotizan dependen, en mayor o menor medida, del arbitrio político de Beijing. Al final se trata de un mercado muy especulativo y poco significativo del estado real de la economía o del avance de sus reformas, además de significar una parte muy marginal del ahorro total del país (cerca de un 20% del total).

El ajuste

Uno de los detonantes principales de esta corrección –y el elemento que quizás ha agudizado más la intensidad del ajuste- han sido las medidas tomadas por el Banco central de China a mediados de agosto encaminadas a la devaluación del yuan. Después de casi un año aguantando el tipo ante las principales divisas de referencia, China reaccionó, a su manera y tempo, y precipitó la caída del remimbi con respecto al dólar. Un movimiento que cogió desprevenidos a los mercados pero que tiene toda la lógica: China empieza a tomar posiciones para una más que previsible subida de tipos por parte de la Reserva Federal en otoño (quizás a finales o principios de invierno), la primera tras seis largos años de gran laxitud monetaria.

Estas intervenciones en el interbancario se sumaron a otros datos macro que apuntan hacia una desaceleración paulatina de China que tiene (con o sin razón) preocupados a los mercados financieros. Esta desaceleración, o “nueva normalidad”, como se refirió a ella el primer Ministro Li Keqiang el pasado mes de agosto, es la consecuencia del cambio de modelo de China y sobre el cual todavía planean muchas incertidumbres pese a que lo cierto es que los indicadores que nos llegan son buenos (pero ese es otro tema y otro artículo). En cualquier caso, este clima de pesimismo generalizado con respecto al futuro económico de China concluyó con una depreciación de casi el 2 por cien del yuan con respecto al dólar hasta llegar al nivel mínimo de los tres últimos años y con el consiguiente efecto sobre el conjunto de bolsas mundiales y mercados de materias primas que se han ido ajustado en base al nuevo. China es con diferencia el principal consumidor de materias primas del mundo (en algunos casos el apetito del gigante asiático suma más del 50% del consumo de ciertos productos como el cobre, el algodón o el acero), de manera que cualquier estornudo en su economía tiene un impacto muy relevante en el precio de las principales materias primas: níquel, cobre, estaño o aluminio ya han ajustado a la baja. Habrá que seguir la evolución estas próximas semanas para ver la magnitud de la corrección.

El Banco Popular de China calificó su decisión de “excepcional”, recordemos que China llevaba tiempo lanzando el mensaje a los mercados sobre su intención de ampliar de forma paulatina la banda en la que cotiza el yuan e ir liberalizando de forma paulatina su cotización. Proceso que debería de ir acompasado de importantes reformas en el sector bancario y financiero que, por el momento, no llegan, pese a las palabras, muy especialmente las de su gobernador Zhou Xiaochuan que ha repetido en varias ocasiones: “lo que pueda hacer el mercado que no lo haga el Estado”. En este punto el resumen es que si bien las ideas están claras, ahora falta que estas palabras vayan acompañadas del correspondiente desarrollo legislativo y las reformas avancen.

La política monetaria

Este ajuste a la baja del RMB acomoda la divisa China en el nuevo equilibrio global, según palabras textuales del propio instituto emisor chino. Detrás de esta devaluación, subyace la caída, en algunos sectores severa, de la actividad económica y el sector exportador en parte debido a un tipo artificialmente alto que ha pretendido más salvaguardar la confianza de los inversores internacionales y mirar de posicionar el RMB como posible divisa de referencia en el futuro, que no de ser un reflejo fiel a la temperatura económica del país. Sin embargo, igualmente cierto es que este ajuste no se entiende sin el contexto internacional marcado por una política monetaria ultra expansiva iniciada por la Fed y que ha tenido un efecto dominó sobre otras economías y bancos centrales desatando una “guerra de divisas” del que la devaluación del yuan es tan sólo un episodio más, y tampoco será el último.

Por añaduría, el entorno de tipos cero y alta liquidez que ha propiciado un incremento masivo de la mayoría de bolsas mundiales, la bolsa de Estados Unidos acumula siete años de “bull market”, el más largo de su historia, ha disparado la volatilidad y la hipersensibilidad de los inversores. De alguna manera, China ha sido una especie de “margin call” y de aviso a navegantes ante una situación de los mercados insostenible en el medio plazo como es el actual escenario de tipos cero con importantísimas consecuencias sobre la estructura económica, el sobre dimensionamiento de la deuda pública y la inflación en los activos financieros y que de tan poco esta sirviendo de impulso al crecimiento en líneas generales.

Es opinión de este analista, y como he repetido en otras ocasiones, los verdaderos problemas de China procederán, si acaso, del flanco político. La próxima gran reforma de China, su make or breake, es la del sistema bancario y financiero que debiera permitir a China abrir su hoy cerrada balanza de capitales. Se trata de una empresa tan ambiciosa como lo era a finales de los años ochenta el aterrizaje de la inversión extranjera y la libertad comercial en las zonas francas de la costa, y su implementación requerirá la puesta a punto de un escenario más transparente e integrado escenario global.

Con todo, lo cierto es que el escenario actual es mucho mejor que el de hace tan sólo dos meses con una bolsa inflada y una divisa relativamente apreciada con respecto al dólar, más aún con respecto el euro, en una economía con una importante crisis de confianza hacia el exterior y en plena fase de ajuste. Las cifras macro de la intervenida economía china en el escenario actual tienen un acomodo más próximo a la realidad del mercado lo cual siempre es positivo desde todos los puntos de vista.

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Un polvorín llamado Hong Kong

Hoy se cumplen cinco días de movilizaciones en Hong Kong en defensa de un elección libre, sin terna previa y por sufragio universal del próximo jefe de Gobierno en 2017. Hong Kong se suma así a la larga lista de elementos de riesgo e inestabilidad que acumulamos este año. Se trata sin duda de la situación política más compleja a la que pontencialmente se enfrenta Pekín desde Tiananmen y conviene abordarla con inteligencia y cuanto antes. Si algo vamos aprendiendo, es que los problemas difícilmente se corrigen solos sino que, más bien, tienden, por naturaleza propia, a complicarse con el tiempo si no se hacen las cosas bien (lo que no siempre implica tomar un curso de acción). Hong Kong es ya hoy, si se me permite el juego de palabras, una china en el zapato de Xi Jinping. Tenemos pocos elementos de juicio para intentar dilucidar cual podría ser el curso de los eventos en el corto y medio plazo, pero si podemos trazar algunos elementos que contextualizan el conflicto y que, desde mi punto de vista, me hacen pensar que, pese a la situación de alto riesgo existente a día de hoy, es más plausible un escenario de pacto-estabilidad que uno de disenso-ruptura.

Hong Kong es para la República Popular de China una herida mal cicatrizada. El origen del enclave tiene una enorme significación para el gigante asiático ya que marca, hace ahora 155 años, el inicio de lo que los chinos se refieren como “siglo de humillaciones”: tras la primera guerra del Opio los ingleses imponían Hong Kong como hacienda aduanera lo que marcaría una etapa dura y humillante de dominación extranjera por parte de diferencias potencias. Este elemento, siempre es subestimado por Occidente pero en China, donde los tempos funcionan con otros ciclos y el sentido de la historia es más profundo, se trata de elementos que hoy siguen teniendo un peso emocional importante en la clase dirigente china. Durante años, los hongokoneses fueron ciudadanos de segunda bajo la dominación colonial de Londres que dictó sucesivos gobernadores para la región desde otro continente a más de 6.000 millas de distancia y atendiendo únicamente a los intereses de la corte de Su Majestad. En 1990, se introdujeron reformas en la antigua colonia (Basic Law) de manera que los habitantes de la península adquirieron el derecho de escoger a su jefe de Gobierno. Eso sí, entre los ya previamente incluidos en la terna de Londres. Exactamente el statu quo actual excepto que es Pekín y no Londres la que propone candidatos y, de alguna manera, condiciona quién ostenta el poder político en Hong Kong. La persona dela que estamos hablando es Leung Chun-ying, conocido como CY Leung, Gobernador de HK desde 2012 cuando inicio su mandato y de la que la revista Time en su último número publica una entrevista en profundidad.

Pocos temas hay más sensibles para China que los conflictos de soberanía territorial. Es un tema irrenunciable para Pekín. Desde el impulso de las reformas de Deng Xiaoping a finales de los setenta, el país no ha parado de crecer al tiempo que la economía se iba abriendo cada vez más a la economía global. Durante finales de los noventa y dosmil, Hong Kong, ya bajo soberanía china, jugó un papel predominante como “puerto de entrada natural” a los capitales extranjeros que entraban en China. Hoy este papel sigue siendo importante, aunque el desarrollo de otras plazas financieras en el continente ha ido diluyendo esta importancia. Con todo, la región autónoma de Hong Kong hoy tiene un rol parecido al que pueda tener Londres o Luxemburgo en Europa.

¿Cómo abordar las protestas? ¿Qué actitud adoptar? Es difícil no empatizar por alguien que lo que está pidiendo es votar. Incrementar la presión policial sería un error ya que solo alimentaría las propuestas. Dejando de lado cuestiones políticas, Hong Kong tiene mucho que ganar con China, y China puede y debería de tener una buena apoyatura en Hong Kong para el proseguir de sus reformas. El ámbito económico conduce, por lo tanto, a un escenario en donde el acuerdo es el resultado más plausible.

Sin embargo, la compleja ecuación del conflicto no acaba en cuestiones económicas. En Hong Kong, ante todo, hay un doble conflicto de poder e identidad que amenaza en convertirse en un polvorín para China si este se reboza de populismo. Hong Kong se sintió aliviada de dejar de ser colonia británica. Por un lado, Hong Kong se había beneficiado de un curso de la historia diferente al de sus compatriotas del continente, en donde las instituciones económicas y políticas se habían ajustado a los estándares occidentales. Se producía una bifurcación histórica entre unos y otros. Después de muchos avatares, China continental, como decíamos, también se puso andar para converger en prosperidad y bienestar con sus vecinos de Hong Kong, y demás tigres asiáticos, que habían adoptado parte significativa del marco institucional occidental obteniendo resultados extraordinarios.

Sin embargo, aunque la convergencia es real y los resultados parecidos, China ha desarrollado este crecimiento económico desarrollando sus propias formulas, al margen de injerencias extranjeras y manejando sus propios tempos. Llegados a este punto, es cuando en 1997, los reformistas optan por la formula “un país, dos sistemas”. Una fórmula única en el mundo que quería reconocer esta anomalía histórica de manera que China recuperase la soberanía de su territorio al tiempo que los habitantes de Hong Kong no perdían sus libertades e instituciones económicas propias.

Tras 17 años bajo soberanía china, Hong Kong ha experimentado uno de los procesos de crecimiento más vertiginosos del mundo: por un lado ha sido “país” de entrada preferente en China con todas las ventajas fiscales y corporativas que eso suponía; por el otro, ha gozado de total autonomía para mantener y modificar sus instituciones hoy de las más robustas, sólidas y favorables al comercio y los negocios a tenor de la mayoría de rankings y estudios disponibles.

Parece lógico pensar que el futuro de Hong Kong pasa por China, pero también es legítimo pensar que es una decisión que únicamente compete a los ciudadanos de la península. Sin embargo, China no reconoce soberanía sobre Hong Kong que la considera parte indivisible de su territorio aunque disponga de libertades e instituciones propias. Ahí el choque, ahí la base del conflicto, y ahí el problema.

Pekín, por la propia naturaleza de sus estructuras políticas, no tiene las herramientas para ser flexible y hacer quiebros en el guion. Sabemos por otro lado que la democracia no exportable. Se ha intentado, pero a la larga imponer modelos no es la solución, como tampoco es la solución para China ahora forzar una situación que desde Hong Kong se perciba como una agresión grave hacia sus instituciones. En opinión de este analista, no creo que China realice ningún movimiento de fuerza en ningún sentido. El uso de la fuerza, como he señalado al principio, sería un grave error estratégico que limitaría la salida pactada al conflicto y alentaría aún más las propuestas. Con todo, es un riesgo altísimo que el conflicto salga a la calle y que entre comillas se descontrole y se intenten utilizar las legítimas y, hasta cierto punto, sanas las protestas de los ciudadanos de Hong Kong en una lucha por el poder en la península en donde el populismo es una baza muy golosa a la que pocos se resisten. No hace falta viajar muy lejos para ver qué pasa cuando el populismo barniza el debate y el debate se realiza al margen de las instituciones (por débiles e imperfectas que estas sean), este se hace resbaladizo y es casi imposible que no se caiga de las manos. Cuando eso pasa, todos pierden.

Esperemos que se impongan escenarios de entendimiento. Por un lado, Hong Kong debiera ver a China como una fuente de oportunidades crecientes, que lo es, y no tanto como amenaza a sus libertades. Por otro lado, China tiene que, si se me permite el símil, “mejorar sus modales” y tratar de seducir más que de imponer un modelo, dando un mayor protagonismo a Hong Kong y sus líderes en el conjunto de las estructuras de poder. Antes que la democracia, si es que algún día llega por completo al gigante asiático, China tiene que transicionar de un régimen autoritario de Partido único, hacia un régimen constitucionalista, como así se está debatiendo ya en la capital.

Digo todo esto, porque el principal reto, y para mi fuente del conflicto, son las diferentes velocidades y puntos de partida entre Hong Kong y China. Realidades muy dispares bajo un misma soberanía. Adecuar los tiempos entre la península y el continente es vital para que ambas partes que hoy, en lo político, corren a dos velocidades, vayan convergiendo y compartiendo un mismo proyecto. La estabilidad entre los lazos Hong Kong-China la juzgo de vital para que China pueda seguir avanzando con sus importante y ya de por sí retadora agenda de reformas, lo que as u vez, es el principal elemento que condiciona e influye en el crecimiento y prosperidad no sólo de China sino también de Hong Kong. En suma, esperemos que ambas partes reconozcan que aún teniendo dos sistemas, hay un mismo barco.

¿Un nuevo Bretton Woods?

Esta semana los líderes de los llamados BRICS han llevado a cabo su quinta cumbre anual en Durban. Al igual que en las anteriores ocasiones, las reuniones en el país africano han servido de punto de encuentro para fijar objetivos comunes y coordinar acciones conjuntas. De entre los acuerdos más destacados está establecer los que quieren ser los primeros pasos en la construcción de una nueva “arquitectura financiera” global: un Banco de Desarrollo BRICS como lo es el FMI –que pese a su denominación de fondo es, de facto, un banco–.

Con este paso estas economías crean un nuevo vehículo de colaboración para dar soporte al intercambio financiero, económico, comercial y tecnológico al margen de las infraestructuras ya existentes. Es pronto para evaluar el alcance de los acuerdos pero todo indica que estamos ante un nuevo Bretton Woods.

En mi tesis de final de carrera en 2008 advertí que la fragmentación a la que habíamos asistido durante la década de los 2000 en el ámbito económico tendría una traslación directa en la esfera política y también financiera en el medio plazo. Analistas como Barry Eichengreen (ver Exorbitant Privilege) o Arvind Subramanian (ver Eclipse: Living the Shadow of China’s Economic Dominance) han preconizado un escenario en el que la supremacía del dólar es también eclipsada por nuevos poderes. Después de la cumbre de Durban la gran cuestión es únicamente de tempo.

El “eclipse” de los BRIC no será una cosa de hoy para mañana, ni un cambio categórico, más bien una transición tranquila hacia un escenario en donde el poder financiero estará más equilibrado. En ningún caso será un camino de “vino y rosas”: hoy por hoy, lo que une a los BRICS es mucho más débil de lo que los separa. Entre estos grandes gigantes existen más puntos de desencuentro que no puntos de unión. Al menos en el corto plazo, en donde estas economías con más competidores que partners como señala John Hancock en un artículo en The Globe and Mail.

Este contexto en el corto plazo invita a pensar que las guías principales establecidas en Durban no pueden ser por el momento más que un listado de “buenas intenciones” en el mejor de los casos y que se irán materializando en el largo plazo a medida que estos países diriman satisfactoriamente los muchos conflictos coyunturales que hoy por hoy les distancia.

Dicho lo cual, la cumbre de Sudáfrica marca un punto de inflexión importante en el sentido de que el grueso de economías emergentes no van a rechazar a diseñar sus propias instituciones y mecanismos de cooperación al margen del orden global actual.

Mi lectura personal, es que los primeros interesados, y verdaderos cerebros de la jugada, son los chinos. Con este movimiento han conseguido alinear los objetivos dispares de los 5 gigantes emergentes (aunque sea únicamente buscando un “rival” –por decirlo de algún modo– común que no es otro que el statu quo actual) y dar un importante nuevo paso para menoscabar la situación de hegemonía y privilegio que ha gozado Occidente hasta tiempos recientes. El nuevo Imperio chino persigue un principio general de equilibrio con su política internacional: que ninguna potencia sobre salga por encima de las demás, muy en línea con el principio de armonía confuciana.

Es una incógnita que recorrido podría tener esta alianza, para mi más coyuntural que natural. Si bien los 5 nuevos socios comparten un inquietud común al quedar al margen de las instituciones financieras supranacionales (FMI y BM están controladas por Estados Unidos y Europa, es decir, Occidente puro y duro), los sistemas de gobierno y valores que caracterizan a estos cinco “países” son extremadamente dispares. Esto me hace pensar que probablemente este nuevo “banco mundial” será un vehículo transitorio y que en los próximos años asistiremos a nuevas entradas y salidas u ejes de prosperidad alternativos. Lo cual añade color al panorama internacional y algo de competencia (en el sentido amplio de la palabra) lo cual no tiene porque ser malas noticias.

La Xina: el gran repte del segle XXI

Al 1803, Napoleó va observar referint-se a la Xina: «aquí descansa un gegant dormit, deixeu-lo reposar que quan s’aixequi farà retronar el món». Ha estat exactament així. En el pas d’una generació, el gegant asiàtic ha passat d’una posició de marginalitat a ser pedra angular en la configuració d’un nou ordre mundial que efectivament està capgirant l’escenari global en tots els sentits. La Xina és el gran fenomen econòmic, polític, cultural i social de la nostra era. Un canvi de proporcions històriques comparable a la caiguda de Roma o al ressorgiment econòmic dels Estats Units al segle XIX. Sembla doncs pertinent reflexionar sobre si som plenament conscients de la magnitud del repte que això suposa.

Malgrat la seva creixent rellevància, la Xina encara es veu com una realitat desconeguda per la majoria de nosaltres. No és un fet sorprenent, aproximar-s’hi no és senzill i requereix d’un marc d’anàlisi propi. Des d’Occident sovint es redueix la seva gran complexitat a meres xifres econòmiques i és un greu error de plantejament que inevitablement condueix a la incomprensió del que es vol aproximar. El «Renaixement xinès» és multidimensional i no és pot estudiar únicament a partir de les pàgines del Financial Times que només ens poden donar una visió molt parcial, agregada i epidèrmica d’un fenomen d’arrels molt més profundes.

La Xina no és sols un “Estat-Nació”, és una civilització mil·lenària. Al segle XV el mandarinat fa del Imperi del cel primera potència demogràfica, econòmica i tecnològica de la Terra (amb una diferència considerable). Marco Polo va descriure ciutats de més d’un milió d’habitants ja al segle XII, i Lord Macartney, emissari del Rei Jordi III a Beijing, va senyalar que només les rendes de l’Emperador ja equivalien a dos terços de les de la Gran Bretanya al 1791. Malgrat això, el país és tan-ca en sí mateix, renuncia al comerç marítim i, conseqüentment, tampoc desenvolupa la Revolució Industrial – com sí féu Europa – quedant en un lloc de clara inferioritat al començaments del segle XIX. Amb la primera Guerra de l’Opi (1839), l’anteriorment poderosa Xina és humiliada i quedarà en mans de potències estrangeres fins l’arribada de Mao Zedong, qui recuperà la sobirania i unificarà el país amb la proclamació de la República Popular l’any 1949. Tanmateix, no serà fins a les acaballes dels anys setanta quan Deng Xiaoping agafi les regnes del país i aposti per un procés de «reforma i apertura» que, finalment, el país començarà créixer.

Aquesta modernització ha seguit un model propi, endogen, que ha estat liderat sense modificar el gruix de les estructures polítiques existents –una de les característiques més singulars del país–. La fórmula d’autocràcia confuciana i de lliure mercat ha funcionat prou bé. Deng va popularitzar una vella frase feta provinent de la Sichuan natal: «tant fa que el gat sigui blanc o negre, el rellevant és que atrapi ratolins». Durant els anys negres del maoisme el gat havia de ser vermell a la força, malgrat no es mengés un ratolí en tres dècades de penúria econòmica i forta repressió social. Una situació no gaire diferent a la que avui es dóna a Corea del Nord. Això s’acaba invertint de forma dràstica a partir de l’any 1978. Des d’aleshores, el gat va anar canviant de color mentre es feia un fart de caçar ratolins, en feliç metàfora de l’ambaixador Bregolat. La Xina convergia els estàndards occidentals a una velocitat de vertigen. La transformació experimentada pel país ha estat encomiable. La Xina és avui un conjunt de regions econòmiques, amb un regim d’autonomia fiscal considerable, molt dispars entre sí, que competeixen per atraure talent i capital cap a les seves economies. És per això que la Xina és avui un veritable model capitalista caracteritzat per la seva alta competitivitat i dinamisme.

La gran paradoxa és que aquesta ingent generació de riquesa s’ha desenvolupat sota el paraigües polític d’una dictadura comunista. Això ha qüestionat la vella idea del pensament occidental per la qual existeix una única formula per garantir el benestar d’una nació i aquesta passa de forma ineluctable per un sistema de democràcia liberal, com sostenia Fukuyama quan va anunciar el fi de la història. La realitat ha demostrat ser molt més complexa.

Si bé és cert que una part important de l’èxit econòmic assolit pels nous mandarins és un subproducte directe dels principis liberals occidentals, molt especialment de la gradual restauració de la propietat privada, aquest creixement incorpora una idiosincràsia pròpia que troba les seves bases en un esquema de pensament notablement diferent al que estem familiaritzats a Europa. La Xina està desenvolupant un model de modernitat alternatiu a l’occidental. És per això que la convergència econòmica no té perquè també ser política o cultural, como sí ha passat en altres economies emergents.

La Xina mai no ha estat una democràcia. La República està organitzada de forma autocràtica amb els òrgans de govern estretament controlats per el Patit Comunista. D’altra banda, té un sistema de funcionaris altament preparats i sofisticats, de marcat accent comunista confucià que dóna relat al conjunt. El cost és la llibertat política i de premsa, tan idolatrades a Occident, que queden subordinades a la prosperitat econòmica del país i la cohesió interna de l’Imperi.

És tracta de l’antic «mandat del cel» que va deixar escrit Confuci fa 26 segles: «la legitimitat del sobirà deriva en la seva capacitat per garantir la seguretat i el benestar dels seus súbdits». El confusionisme, adoptat com a doctrina oficial de l’Imperi durant els inicis de la dinastia Han, incorpora en el seu ADN un èmfasi especial en la integració del conjunt, en el col·lectiu i no tant en la llibertat individual com sí que passa en el nostre entorn. Aquesta divergència en l’esquema de pensament també inclou importants diferències en el paradigma científic com sabem per la monumental obra de Joseph Needham, que avui convé rellegir amb interès.

Tot plegat, posa en evidència les diverses maneres d’entendre el món que existeixen a tots dos costats de la conca pacífica. El filòsof Mo-tzu féu la síntesis més perfecte: «quan els estàndards divergeixen hi haurà conflicte», en la mateixa línia que la acotació de Huntington sobre el xoc de civilitzacions. És justament en aquest punt on trobem el veritable caràcter singular del ressorgiment del gegant asiàtic i la veritable clau de volta per la correcta comprensió del que suposa. Vol dir això que estem avocats al conflicte? Jo sóc dels que s’inclina a pensar que no. De la mateixa manera que el lliure tràfic de mercaderies i de capital ha estat enormement profitós per a les economies que ho han posat en pràctica, aquests beneficis també són aplicables en a l’àmbit cultural, de pensament i de valors. Com remarca l’escriptor Luis Racionero en el seu magnífic assaig Oriente y Occidente (Barcelona: Anagrama, 1993), les dues grans civilitzacions de la Terra tenen molt per aprendre una de l’altre, en un procés de fertilització mútua, però per això cal voluntat per entendre’s i coneixement mutu.

El segle XXI serà el segle de la Xina com el XX ha estat el segle dels Estats Units. Aquest canvi de guàrdia implica reconèixer el fet diferencial que el món ha deixat de ser únicament Occidental, i que aquesta competència no només és dona en l’àmbit econòmic per atraure més inversions o millors llocs de treball, sinó que també abasta altres àmbits. Desconeixem com serà el nou ordre mundial, el que està clar és que la Xina hi jugarà un rol molt important. Convé aproximar-la amb urgència.

Artícle publicat al NEWS ENGINYERS XINA – Octubre-Novembre 2012

La insurrección del mundo árabe (2): detonantes y causas coyunturales

A parte de las causas históricas y políticas, causas estructurales de las insurrecciones en el mundo árabe, existen también, como en cualquier revolución de estas características, elementos coyunturales y detonantes que han propiciado las revueltas que sacuden desde principios de año el conjunto del mundo árabe con más o menos intensidad.

El 28 de junio de 1914 una banda de nacionalistas serbios asesinaba al archiduque Francisco Fernando de Austria, candidato al trono de la corono austro-húngara, y a su esposa. En un principio pareció una trifulca más de las existentes en la región por aquél entonces. Semanas después, Europa entera estaba en guerra. Lo local desemboco en lo global. De una forma más o menos análoga, el 17 de diciembre Mohamed Buazizi, un vendedor ambulante tunecino, se auto-inmolaba en señal de protesta por la confiscación de su licencia de venta ambulante por parte de la policía del régimen del Rais Ben Alí (Buazizi fallecía en el hospital a principios de enero como consecuencia de las quemaduras). Este es considerado como el principal factor detonante de las revueltas que se han sucedido desde principios de año en el Norte de África y Oriente Medio.

Otro detonante, o mejor dicho: un facilitador del detonante han sido las redes sociales. En efecto, las actuales revueltas no se comprenden sin el papel que han jugado las redes sociales, Facebook y Twitter principalmente, a la hora de canalizar las revueltas y hacer que el malestar latente en la región eclosionara de la forma en que lo ha hecho. Los regímenes de la zona, como el de Ben Alí y familia en Túnez, habían impuesto una fuerte represión social que disuadía cualquier acto de protesta por miedo a fuertes represalias. Sin embargo, la existencia de estas redes sociales ha permitido franquear el muro del miedo al permitir la comunicación y canalizar el descontento de manera que la gente sabía de antemano las protestas y no se exponía al riesgo de protestar solos y sufrir la represión del sistema. Se trata de un papel fundamental que permitió canalizar las protestas al saber el día y la hora de las mismas envalentonando a la población en su conjunto.

Hasta aquí algunos de los detonantes, pero también hay otros factores menores que juntos han desembocado en la oleada de furia que se ha desatado en todo el mundo Árabe de Marruecos a Yemen. La principal de estas: la precaria situación económica de la región. Estos países tienen un grueso enorme de población joven con unas estratosféricas cifras de desempleo. Estas economías no sólo han aplicado las políticas económicas propias del socialismo más rancio, sino que han instaurado regímenes autocráticos en donde los mejores puestos se reparten entre los miembros del clan familiar o de los “amigos” del régimen. En definitiva, se trata de regímenes corruptos y poco transparentes y un caldo de cultivo perfecto para generar frustración y tensiones sociales. Aquí es justo señalar las diferencias: no es lo mismo el Egipto de Mubarack, país relativamente próspero en comparación con otros, como tampoco tiene el mismo talante el Rey Hussein de Jordania que Mohammed VI de Marruecos. Aunque existen características comunes en la región propias de sistemas institucionales muy precarios.

Esta situación, ya de por sí dramática, se ha visto agravada desde 2008 con la crisis financiera en las economías desarrolladas. En primer lugar, Europa se ha blindado, aún más, a los flujos migratorios condenando a los jóvenes a convivir en estos regímenes con pocas o nulas posibilidades de prosperar. Del mismo modo, la crisis ha supuesto una fuerte contracción en el envío de remesas hacia estos países, así como la pérdida de muchos empleos en estos países lo que en muchos casos se ha traducido en flujos de trabajadores que han regresado para engrosar las filas de paro en estos países. Por añaduría, los ingresos por el turismo también se han contraído por la crisis, y los precios de los hidrocarburos, en caso de los países exportadores de petróleo, se disminuyeron de forma dramática (los precios han vuelto a subir después de la crisis en Libia) reduciendo los ingresos de estos países.

Finalmente, y por si todo lo anterior no fuese suficiente para generar un clima de elevada tensión y conflictividad social, algunos analistas han señalado causas climáticas que hubiesen podido agravar, aún más, la situación. En efecto, el año pasado Rusia fue azotada por una gravísima ola de calor que provocó diversos incendios, y los peores de su historia. Este hecho malogró un tercio de la cosecha de trigo y Moscú tuvo que suspender sus exportaciones de cereal con la consiguiente subida en los precios de los alimentos. Primero los cereales, pero a partir de diciembre de 2010 el encarecimiento paulatino de otros: pan, leche, carne, pollo…  El mayor incremento registrado desde 1990. En economías poco desarrolladas o emergentes, como las de Oriente Medio, hasta dos tercias partes de la renta disponible se destina a la compra de alimentos y productos básicos lo que hace que estas economías estén altamente expuestas – sean muy sensibles – a hipotéticas subidas en los precios de los alimentos. Así, las protestas por el encarecimiento de la vida también fueron en aumento.

Todo lo anterior, más las causas de carácter estructural, históricas y políticas que resumíamos el otro día, han convertido a la región en una zona fuertemente inestable. En el futuro hemos de esperar que la región pueda encontrar la paz a través de regímenes democráticos, más transparentes y más tolerantes, aunque todavía está por ver si las revueltas habrán servido para aquello tan antiguo de salir de las brasas para caer en el fuego… Esperemos que no.

La insurrección del mundo árabe (1): causas estructurales

Las sucesivas insurrecciones (revueltas de diferente intensidad) que hemos vivido en el mundo árabe (Oriente Medio y Norte África) desde principios de año han cogido con el paso cambiado a todos los gobiernos y analistas occidentales en la zona. En efecto, nadie hubiera predicho un grado de malestar lo suficientemente alto como para hacer caer los gobiernos de Túnez, Egipto y Libia y amenazar al resto de regímenes de la región. Se trata de una zona de vital importancia por su valor geopolítico (control de los recursos naturales). Existen diversas causas algunas de carácter más estructural (causas históricas y políticas) y otras más relacionadas con la coyuntura económica actual que conviene tener en cuenta a la hora de entender las dinámicas que han tenido lugar y hacerse una idea de lo que podemos esperar próximamente y poder evaluar con criterio el sentido, o no, de una hipotética intervención militar en la región.

Antes de entrar propiamente con las causas de carácter estructural que pudieran haber motivado la revuelta, resulta pertinente hacer algunos comentarios generales de carácter previo. Primero, hay que recordar que nada, o muy poco, tiene que ver Marruecos con Egipto, lo mismo entre Libia con Yemen por poner dos ejemplos. Aclaro esto, porqué resulta muy impreciso hacer referencia al “mundo árabe”, y es preciso realizar un análisis minucioso de cada país, del mismo modo que es tremendamente impreciso el termino de cristiandad. La histórica nomenclatura de la marina británica que dividió oriente en tres: oriente próximo, oriente medio y extremo oriente resulta hoy obsoleta (y no deja de ser un signo más que evidencia la poca solidez de las fronteras establecidas en la región basadas principalmente en los antiguos regímenes coloniales), y más aún cuando tratamos esta gran región como un todo. Parag Khanna – uno de los muchos expertos en geopolítica y estudios internacionales que fue incapaz de predecir lo más mínimo las revueltas pese haber visitado la zona en in situ diversas veces y haberse entrevistado con los diferentes líderes de la región – enfatiza está idea hablando del Magreb como un “cinturón roto” en su libro El segundo mundo, y en todo caso, ha sido con la globalización, y el auge de flujos comerciales en la zona las que pueden haber iniciado la reintegración de la región.

Un segundo apunte previo imprescindible es resumir el contexto histórico de la zona. Desde la implosión del imperio Otomano y la Primera Guerra mundial que occidente ha tenido dos prioridades diplomáticas principales en la zona: asegurar el suministro de hidrocarburos, y garantizar un hogar seguro para los judíos. Después del drama del Holocausto, la creación del estado de Israel (en 1948) coincidió con la liberalización de muchos países de los antiguos regímenes colonialistas y la instauración de gobiernos anti-sionistas (esto es, contrarios a la existencia de Israel). Algunos de estos gobiernos fueron de corte militar nacionalista (Egipto y Yemen) y otros dictaduras socialistas (también llamado socialismo árabe, si es que esta expresión tiene algún sentido) en Irak, Siria, Libia y Argelia.

Tras varias guerras perdidas contra el estado de Israel (la última en 1973 que propició la primera gran crisis del petróleo), Egipto y Jordania firmaron sendos armisticios con el estado judío y a alinearse con Estados Unidos que en paralelo, desde el final de la Segunda Guerra Mundial – y en el contexto de la guerra fría –, había estado buscando la complicidad de todas las petro-monarquías de la península arábiga así como Líbano, Túnez y Marruecos. De esta forma se sellaba una especie de pacto entre el los aliados y los países de oriente medio que no tendrían ningún problema sino amenazaban la estabilidad del suministro energético ni la seguridad del Estado de Israel.

Así se establecía un nuevo status quo en la región en donde bajo el pretexto de la lucha anti-imperialista o la caza de comunistas (este pretexto también se dio en Eurasia en dónde Estados Unidos llegó a financiar a los Talibanes para frenar el avance hacia el oeste de la Unión Soviética; ver La Guerra de Charlie Wilson con guión del siempre sugerente Aaron Sorkin) en estos países se establecieron duras dictaduras de partido único y de marcado acento represor lideradas por déspotas: Muamar al Gadafi, Sadam Hussein, o Al Assad entre otros. Dictaduras, que a pesar de no respetar los derechos humanos más básicos, garantizaban la estabilidad en los precios del petróleo sin amenazar la existencia de Israel. El coste de este status quo recayó sobre el pueblo árabe que se vio condenado a convivir con estos regímenes mientras en el resto del mundo la democracia parecía avanzar de forma imparable.

En la década de los 70s, desaparecieron las dictaduras de España, Portugal y Grecia. En 1983, en Turquía. Tras la caída del muro de Berlín en 1989, se derrumbaba el telón de acero y con él el colapso del “socialismo real” dando paso a nuevas democracias en Europa del Este y Europa continental. En américa latina, en la década de los 90s caían diferentes dictaduras militares. Sin embargo, y pese a la proximidad con la demócrata Europa, el mundo árabe quedo al margen de todas estas olas democratizadoras dejando a oriente medio en un estado de glaciación autocrática, parafraseando a Ignacio Ramonet.

En este escenario de estancamiento social y político, y también como han señalado varios analistas con independencia de su signo político, nos encontramos que las voces críticas se concentran en el único sitio en el que uno se puede reunir sin problemas: la mezquita. Y en torno al único libro no censurable: el Corán. De esta forma, las diferentes corrientes que integran la rama violenta (fundamentalista si utilizamos el término más eufemístico) del islam se han ido fortaleciendo (de alguna manera, y salvando todas las distancias, pasa como el comunismo en tiempos de franco que concentro y capitalizó todas las fuerzas contrarias al régimen de Franco).

Así se fueron fortaleciendo los islamismos con la complicidad de Estados Unidos que veía en esta tendencia una forma de mantener sumisos (significado de la palabra Islam) a las naciones árabes. El máximo exponente de esta dinámica lo encontramos en Arabia Saudí en dónde se han concentrado las facciones más radicales del islamismos y que, en cambio, siempre ha contado con la complicidad de Washington. Esta tendencia se agudizó con la “revolución islámica” de 1979 en Irán: el islamismo político poco a poco iba articulando a través del Corán un esqueleto de argumentos para reclamar más justicia social y denunciar el nepotismo, la corrupción y la tiranía de los antiguos regímenes.

Estas ramas, han actuado siempre de forma independiente y han estado relativamente poco organizadas. Sus objetivos diversos, pero principalmente conquistar el poder mediante vías violentas y la “guerra Santa” o yihad. Este es el origen de Al-Qaeda, principal organización paramilitar yihadista organizada en base a cédulas independientes (cuyo líder espiritual es Osama Bin Laden, millonario de origen Saudí, y cuyas raíces se sitúan en el apoyo que recibió por parte de la CIA para contener las fuerzas de la Unión Soviética en Afganistán). Después de los brutales y dramáticos atentados terroristas del 11S en Nueva York y Washington, las potencias occidentales se concentraron en responder a los regímenes de los Talibán en Afganistán y de Saddam Hussein en Irak pero sin atacar la complicidad existente entre dictaduras “amigas” y los terroristas. En cualquier caso, los atentados añadían miedo y provocaron (seguramente no faltos de razón) una mayor represión en estos regímenes con el objetivo de mantener un férreo control sobre el islamismo radical. Sin embargo, se ignoró el hecho de que éste era consecuencia de la carencia de libertad y la autonomía de mucha de estas naciones agregando más injusticia, más represión y más frustración en la zona.

Seguramente era imposible arreglar el desaguisado histórico (resultado de sucesivas interferencias en los asuntos de otros países de las potencias occidentales) justo después del 11-S ya que cualquier concesión en este sentido hubiera alentado aún más a los jóvenes radicales. En cualquier caso, la doctrina Bush se centraba en aplicar una respuesta dura y contundente para con cualquier régimen que pusiera en entredicho la seguridad del Estado de Israel, diera cobijo a cédulas terroristas o amenazase el suministro de hidrocarburos. El resultado fue la relativa estabilidad de la zona pero con el elevado coste social de la represión y el caldo de cultivo perfecto para la gestación de más radicalismos en la zona. El problema, o uno de los problemas, es que esta doctrina, equivocada o no, se ha sustituido por nada con la llegada de Obama a la Casa Blanca: ¿Esta justificada una intervención militar? ¿Podría servir para solucionar estos conflictos? ¿Sabemos quienes son y que pretenden los rebeldes en cada uno de estos países? ¿Saldrá la izquierda ha defender el No a la Guerra?  …

Revueltas en Oriente Medio, subida del crudo y riesgo de estanflación

Desde finales de Enero que la actualidad mundial viene marcada por las revueltas en la región que comúnmente conocemos como Oriente medio y norte de África. La polvareda se inició en diciembre cuando un vendedor tunecino se inmoló como símbolo de protesta ante el régimen de Ben Alí. Lo que en un primer momento pareció como un acto de protesta aislada, pronto comenzó a tener un efecto bola de nieve que acabó con el régimen del Rais tunecino y que ha tenido ramificaciones en otros países, principalmente Egipto y Libia, aunque amenaza con extenderse con similar intensidad a otros países de la región.

Al margen de la incertidumbre política en estos países y el drama civil y humanitario que subyace estas revueltas,  estos procesos de interregno suelen ser muy violentos (el caso de Libia es especialmente preocupante: ya en una fase de guerra civil entre los rebeldes versus afines y mercenarios al servicio del coronel Gadafi), y en cualquier caso, estas revueltas dinamitan 40 años de política internacional por parte de Occidente en la región en donde sucesivos Gobiernos han jugado la carta de la ambivalencia con estos países: poniendo en primer lugar la garantía del suministro energético con independencia de otros asuntos (tema que espero tratar próximamente).

En el corto y medio plazo es difícil prever la posibilidad real de convocar comicios democráticos con garantías en estos países. La mayoría no disponen de un sistema de partidos mínimamente asentado y los procesos de transición serán previsiblemente débiles y por tanto muy inestables. Este hecho hace que estos países estén altamente expuestos a posibles golpes de Estado, principalmente de corte militar o populista, o la irrupción de sucesivas revueltas.

Ahora bien, ¿qué efectos económicos se derivan de las revueltas en el mundo árabe? Esta situación de inusitada incertidumbre en una región ya de por sí inestable podría situar de nuevo el precio del petróleo por encima de los 100 dólares de forma estructural lo que en el medio plazo supondría un nuevo bache (riesgo de double dip) para la economía mundial en su conjunto. Como señalaba la semana pasada Nouriel Rubini, las revueltas en el mundo árabe aumentan el riesgo de estanflación al incrementar las presiones inflacionistas en un escenario de débil crecimiento económico. Un escenario, por otra parte, que ya se estaba gestando incluso antes de las revueltas de Túnez y Egipto.

En efecto, la historia reciente nos muestra como los desórdenes políticos en Oriente Medio conllevan inevitablemente un aumento en el precio del crudo (desde la primera crisis del petróleo 1973 fruto de la guerra árabe israelí), que a su vez han desencadenado, o como mínimo agudizado, tres de las últimas cinco recesiones mundiales. La Guerra de Yom Kippur de 1973 provocó un repentino aumento en los precios del petróleo, causa última del periodo de estanflación global en 1974-1975. La revolución iraní liderada por el Ayatolá Ruhollah Jomeini de 1979 generó también una subida similar que desemboco en el periodo recesivo  1980-1981. Finalmente, la invasión de Kuwait por el régimen en Iraq de Saddam Husein en agosto de 1990 generó un incremento de los precios del petróleo en un momento en que una crisis bancaria ya estaba deprimiendo la economía norteamericana.

Más recientemente, en 2008, cuando los mercados financieros estuvieron al borde del colapso, el precio del barril también se situaba en máximos – más de 140 dólares el barril de Brent –, lo que aumento, aún más si cabe, las tensiones en los mercados.

Hoy nadie se atreve aventurar qué gobiernos podemos esperar después de la sacudida. El escenario base es que las revueltas persistan y seguramente se extiendan a otros países como Jordania, Omán, Yemen, Bahrein, e incluso Arabia Saudi. En cualquier caso, a finales de 2010 el petróleo se situaba en una horquilla entre los 80-90 dólares (caro) y no sólo por factores fundamentales. Es cierto que las economías emergentes, ávidas de recursos energéticos y creciendo a tasas medias del 6%, han empujado con fuerza los precios al alza. Sin embargo, también influían motivos relacionados con el momentum de coyuntura económica: principalmente una demanda motivada por los excesos de liquidez derivadas de las políticas de quantitaive easing impulsadas por la Fed y las tasas de interés próximas a cero a ambos lados del atlántico. A estos factores, ahora tenemos que añadir la incertidumbre adicional sobre previsibles cortes en el suministro lo que añaden presiones inflacionistas al precio del petróleo.

La subida en el precio del petróleo sólo puede tener consecuencias negativas para la economía mundial. Primero, porqué supone una presión inflacionista más a las ya de por sí sobrecalentadas economías emergentes (es importante recordar que el aumento del petróleo tiene un efecto directo sobre el precio de los alimentos, que todavía supone un porcentaje muy elevado sobre la cesta de consumo en los países emergentes).  Este aumento de la inflación, será menos importante, pero también relevante en las economías desarrolladas.

En cualquier caso, para las economías desarrolladas, una subida en los precios del petróleo puede suponer un riesgo añadido para su débil crecimiento aumentándose así el riesgo de una segunda recaída o doble dip.  Las bases del frágil crecimiento en Estados Unidos se sitúan en la compra masiva de activos por parte de la Fed a fin y efecto de rebajar los tipos de referencia de largo plazo y así estimular la inversión en el sector privado. Obama ha hablado del multiplicador de la confianza (sic). Sin embargo, estos objetivos están lejos de alcanzarse, y la barra de libre de liquidez se tendrá que ir retirando a lo largo del próximo ejercicio… las subidas en el precio del crudo podrían acelerar la retirada de las políticas de extraordinaria liquidez al forzar subidas de tipos (aunque leves podrían ser suficientes para dinamitar el crecimiento económico). Por añaduría, parece lógico que este nuevo escenario acentúe la aversión al riesgo de los inversores (y deprima las bolsas como ya esta pasando), y provoque inevitablemente caídas en el consumo e inversión en el corto plazo.