El negocio bancario y la actual crisis

El entorno actual obliga, más que nunca, a comprender las dinámicas que configuran el negocio bancario. La Banca es una industria como cualquier otra pero que presenta algunas particularidades que la hacen genuinamente diferente del resto. En primer lugar, se trata de un sector estrechamente ligado a los poderes públicos. Esta conexión se articula en el privilegio que el Estado concede a la Banca para que esta pueda expandir la masa monetaria, la cantidad de dinero en la economía, mediante la concesión de créditos sin la necesidad de captar ahorro (depósitos) con carácter previo.

Este hecho fundamental hace que los Bancos puedan operar con un fondo de maniobra estructuralmente negativo. Normalmente, las compañías, para mantener su solidez patrimonial financian con deuda a largo plazo (o incluso con fondos propios, esto es capital y reservas) parte de su circulante. De esta forma, pueden garantizar su solvencia y liquidez. En el sector bancario sucede exactamente lo contrario: la banca financia casi todo su activo fijo (p. ej. inversiones crediticias a los clientes a largo plazo) con pasivos a corto (compromisos de pago en el corto plazo). De esta forma, las tensiones que se producen en el Balance entre los cash-flows de entrada y de salida son absolutamente insostenibles (aspecto clave para entender, por ejemplo, la intervención de Bankia y tema sobre el que prometo a mis lectores volver a incidir más adelante).

De esta forma, y como concluyen los académicos y economistas de la Escuela Austriaca – la que más y mejor ha sabido explicar los procesos de crisis y quiebra bancaria –, los bancos tienden a la iliquidez. Esta situación podría ser eventualmente de insolvencia si la venta de los activos, por ejemplo inmuebles que actúan como garantía de hipotecas, se enajenarán a un descuento suficientemente grande como para que este no fuese cubierto con los fondos propios del Banco (incluidas las provisiones genéricas – como es la situación del sistema financiero español en la actualidad). En este caso, el Banco no podría hacer frente a sus obligaciones de pago y quebraría – a no ser claro, que recibiese inyecciones de capital adicionales (de inversores privados dispuestos a sufragar estas pérdidas, o de los poderes públicos: léase rescate de Bankia, por citar el caso más sonado).

El fondo de maniobra de los bancos es negativo: ¿cómo es esto posible? Esto es posible en la medida en que existe un mercado interbancario en el que de forma diaria, los bancos pueden acudir para cubrir sus necesidades diarias de caja y evitar, digamos, la suspensión de pagos. Sin embargo, este mercado interbancario, o club de bancos, esta viciado en origen ya que es el instituto emisor (o Banco Central) el responsable último de que los bancos dispongan de esta liquidez vamos a llamar adicional.

Pero nuevamente vayamos por partes. El Banco Central, por ejemplo el Banco Central Europeo, es el encargado de determinar la oferta monetaria: es decir la cantidad de dinero (medios de pago) necesaria en cada momento dentro de una economía, en este caso la Zona Euro. El Banco Central, para dotar de liquidez al mercado interbancario, presta dinero a los bancos contra sus activos a largo plazo. De esta forma, los recursos disponibles (o excesos de liquidez) que los bancos se intercambian para cubrir sus necesidades diaria de caja no son el resultado de una acumulación de capital de éstos sino de que los bancos centrales monetizan activos que, en teoría, deberían de ser más bien poco líquidos (como podría ser una hipoteca titulizada que tantos problemas han generado a nivel de cuantificación del riesgo se refiere en la presente crisis). Esta operativa del banco central lo que hace es convertir en dinero líquido activos que no tienen porqué serlo.

En la actualidad, el sistema bancario se enfrenta a millonarias pérdidas derivadas de estas inversiones crediticias. La crisis de confianza con nuestra deuda soberana, una de las principales derivadas de nuestra particular crisis, deriva, entre otros elementos sustanciales, en la incertidumbre con respecto a esta estimación. En un inicio estimada en 9.000 M€ (FROB I), luego 15.000 M€, luego 20-22.000 M€. La auditoría que esta llevando a cabo Roland Berger Strategy Consultants y Oliver Wyman podría arrojar una nueva cifra cercana a los 50-55.000 M€… ¿será esta la última?

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Basilea III (3): endurecimiento sustancial con respecto Basilea II

Hace unos días escribía sobre las directrices generales de Basilea III (ver post). Ahora bien: ¿cómo se traducen esos grandes bloques en su sentido más práctico? ¿De qué hablamos cuando hacemos referencia a los omnipresentes ratios de capital? ¿Es realmente Basilea III un cambio sustancial con respecto Basilea II?

En su formulación general, los ratios de solvencia son el resultado del cociente entre el capital cualificado (considerado) para cada ratio entre los activos ponderados por riesgo. Por partes. En el numerador tenemos la cifra considerada de capital que variarán según la definición de capital implícita en el propio ratio: por ejemplo, si hablamos del core capital (o capital básico), el numerador será menor al incluir sólo los instrumentos de capital de mayor calidad (esto es el capital desembolsado por los accionistas y los beneficios no repartidos). Por el contrario, si hablamos de Tier I, tendremos una definición de capital más laxa en la que podemos incluir al capital básico participaciones preferentes ( la existencia de productos financieros híbridos, hace que hoy lo que consideramos capital en una entidad financiera no sea homogéneo en cuanto a capacidad de absorber pérdidas se refiere y tengamos que considerar diferentes ratios según el capital considerado).

En su día, y con respecto a este punto, el profesor Robert Tornabell, experto en temas financieros en ESADE, hacía la reflexión de que cuando las cosas van mal al mirar la caja lo único que nos queda es el capital desembolsado y reservas no repartidas. Es decir, que al final, pese a la sofisticación de los productos financieros, en momentos de tensión en el sistema la capacidad de absorber pérdidas radica en el capital de “toda la vida”. Aspecto, sin duda, a tener en cuenta con la presente crisis (ver post).

Por otro lado, en el denominador, tenemos los activos del banco (en sus diferentes inversiones) ponderada según el riesgo implícito de cada una de estas inversiones. Las normas de Basilea III especifican esta ponderación según diferentes normas y parámetros, muchas veces según sistemas de rating implícitos en cada una de estas inversiones. Por ejemplo, aunque sin ánimo de ser exhaustivos, la nueva normativa ha aumentado las pérdidas esperadas de algunos productos (sobretodo productos no regulados como hedge funds o SPVs). De la misma forma, la exposición a contrapartes altamente endeudadas también tiene una mayor ponderación por riesgo en la nueva normativa, por mencionar alguna de las nuevas normas para la mejor solvencia del sistema, objetivo final de la nueva regulación. En suma, y al igual que hemos vistos antes, la normativa también se hace más dura y estricta con el objetivo de incrementar y mejorar los requisitos de capital de las entidades.

Este es el esquema general para la medición de la solvencia de las entidades financieras. Además de este endurecimiento “triple” de los requisitos de capital, las nuevas directrices de Basilea III incorporan nuevos requisitos de liquidez. En sucinto resumen, se les exigirá tener un pool de activos relativamente líquidos o fácilmente líquidos para dar respuesta a salidas de cashflow de la entidad en escenarios adversos en el mes. En la práctica, este endurecimiento con respecto a la puntualidad de pago es una medida más para mejorar la solidez al sistema y a su vez mejorar los criterios de prudencia a la hora de medir la solvencia y liquidez de las entidades finacieras, que si bien no son lo mismo, una no tiene sentido sin la otra.

Basilea III (2): los pilares de la nueva regulación

El conjunto de normas de regulación financiera internacional es lo que conocemos como Basilea III. Se trata de las directrices básicas que rigen los requisitos de capital para la banca comercial y que se han incrementado y endurecido a raíz de la crisis financiera que ha dejado al descubierto algunas debilidades y fallos de bulto en el sistema financiero internacional. Es por tanto fundamental, conocer el espectro que cubre Basilea III y las implicaciones que se derivan de las nuevas normas de solvencia y liquidez que previsiblemente se empezaran a implementar en 2013 y hasta 2019 (origen de muchos de los movimientos corporativos que previsiblemente veremos en el medio-largo plazo).

El principal punto que trata la nueva regulación financiera es referente a la mejora en la calidad del capital. De un tiempo a esta parte la sofisticación financiera ha hecho más difusa la frontera entre lo que es capital y lo que no: existen productos financieros llamados híbridos debido a su naturaleza cambiante que puede funcionar como capital bajo determinados supuestos y como deuda bajo otros. Es por eso, que el capital de las entidades bancarias ya no es homogéneo si no que incorpora diferentes categorías según su capacidad de absorber pérdidas, por una parte, y por otro parte porqué su cartera de inversiones crediticias incorpora un grado heterogéneo de riesgo. Dejando los tecnicismos de un lado (de los que hablaremos próximamente), el Comité de Basilea ha reforzado la definición de capital, para que este sea de mayor “calidad”, es decir: tenga una mayor capacidad de absorber pérdidas.

Las acciones ordinarias y los beneficios no distribuidos configuran el core capital o capital básico que se convierte en el principal indicador de la solvencia de un banco. Con la mejora en la calidad del capital básico (definición que ahora acepta menos salvedades) el sistema gana notablemente en solidez. Un segundo elemento importante, es el incremento de los requerimientos mínimos de capital de las entidades, llevando el mínimo obligatorio de capital ordinario hasta el 4,5% (más del doble con respecto a Basilea II). El aumento es similar para el resto de ratios de capital de las entidades. La normativa, además, incluye un régimen sancionador para las entidades que no cumplan con los mínimos con exigencias directas por ejemplo en la restricción en el reparto de beneficios hasta que la entidad no haya asumido los niveles mínimos de capital regulatorio.

Ha esta medidas orientadas a mejorar la capitalización de las entidades, el nuevo marco regulatorio incluye medidas adicionales como un factor de apalancamiento ajeno al riesgo (para evitar excesivos ratios de apalancamiento en el futuro para el conjunto del sistema), un “colchón anti-cíclico”, así como una nueva ponderación (más estricta) del capital exigido en productos financieros estructurados, de manera que se traduzcan también en más requisitos de capital. En suma, Basilea III no sólo refuerza los ratios de capital de cada entidad sino que también añade “colchones” adicionales a estos según el grado de apalancamineto y la sofisticación de determinados productos de los que muchas veces ni el regulador financiero tiene visibilidad sobre su riesgo sobre el conjunto del sistema (como se ha visto en la pasada crisis).

El tercer elemento relevante en el nuevo marco de regulación financiera es el que proporciona la llamada visión macro-prudencial que tiene el ambicioso objetivo de hacer frente al riesgo sistémico. Por riesgo sistémico hacemos referencia aquellas alteraciones en el sistema financiero capaces por sí solas de desestabilizar la economía. Los dos principales pilares de la nueva regulación – más y mejor capital –, ya refuerzan la solidez del sistema pero siempre desde una óptica individual para cada banco. Sin embargo, es necesario adoptar también medidas genéricas para el conjunto.  En suma, y como se ha comprobado en la presente crisis, el riesgo total del sistema es superior que la suma de los riesgos individuales de cada entidad (en este apartado ha sido especialmente notable las aportaciones del regulador español).

Para Jaime Caruana, máximo responsable del Banco Internacional de Pagos y ex-Gobernador del Banco de España, Basilea III representa un giro fundamental ya que por primera vez de forma clara el regulador financiero complementa la regulación nivel micro con una dimensión macro prudencial. Esta dimensión macro prudencial se articula en dos pilares fundamentales. Por un lado se enfatiza la acumulación de capital en la fase expansiva del ciclo para poder disponer de él, evitando que los ratios de capital decaigan en los momentos de mayor tensión. Por otro lado, se incorpora una política de “colchón anti-cíclico” que de forma anti-cíclica de manera que el capital quede bloqueado en los momentos de expansión del crédito, cuando el riesgo sistémico se agrava, que podrá liberarse durante las fases bajistas del ciclo para aliviar tensiones y absorber potenciales pérdidas.

Por último, aparte de las medidas limitadoras de prociclicidad, el nuevo marco regulatorio también incluye un tratamiento con respecto a las interconexiones y exposiciones comunes entre instituciones individuales orientadas también a mejorar el tratamiento del riesgo sistémico en el sistema (básicamente medidas de coordinación entre los principales reguladores financieros y bancos centrales). El principio fundamental es asegurar que las normas se calibran con respecto a la contribución de cada institución al riesgo total del sistema en su conjunto.

Estas normas contemplan un calendario de implementación para el periodo 2013-2019, de manera que las entidades puedan captar recursos, capitalizarse y adaptar sus ratios de solvencia al nuevo marco regulatorio (véase FROB o la modificación de la ley de Cajas de Ahorros aprobada en julio). Cabe destacar que Basilea III es un elemento más, fundamental pero no el único. La coordinación decidida entre las principales economías, el no caer en la autocomplacencia, y las importantes reformas estructurales que necesitan muchas economías para recuperar el crecimiento, son aspectos colaterales, pero igualmente fundamentales para facilitar la recapitalización del sistema financiero en su conjunto y que el crédito vuelva a fluir normalmente aspecto fundamental si queremos volver a crecer.

Basilea III (1): nuevos y viejos requisitos de capital

La crisis financiera global, si alguna cosa ha puesto de manifiesto es la debilidad de la arquitectura financiera mundial, poblada de entes y organismo regulatorios que no han podido pasar de ser observadores de lujo del crac bursátil y de cómo el sistema llegaba al borde del colapso. Dentro del entramado regulatorio de los mercados financieros destaca el Banco de Pagos Internacionales (BIS en sus siglas en inglés) con sede en la localidad suiza de Basilea, organismo internacional  cuyo objeto principal es fomentar la cooperación entre los diferentes bancos centrales estableciendo pautas normativas comunes para la coordinación del sistema financiero internacional. En efecto, el BIS emite de forma periódica informes y recomendaciones comunes a todos los bancos centrales, con el objetivo de que estos los implementen en sus áreas de influencias.

Fruto de la presente crisis financiera, el BIS ha elaborado un nuevo marco de recomendaciones que se ha venido a llamar Basilea III. No ataca los fundamentos del sistema, pero si que establece directrices y recomendaciones que van en la dirección adecuada. La recomendación más importante de Basilea III es elevar el llamado “core capital” (capital básico) de un mínimo del 2% vigente a un 4,5%. El BIS define el ‘capital básico’ como la cifra de capital en su sentido clásico: esto es, el capital subscrito por los accionistas más las reservas o beneficios retenidos de ejercicios posteriores, más primas por ampliaciones de capital. De esta manera, el ratio de capital básico será el resultado de dividir los activos del banco ponderados según si riesgo partido capital más reservas.

¿Por qué no lo llamamos simplemente capital? Porqué la ‘calidad’ del capital de alguna manera no es homogénea. La sofisticación financiera de los últimos años, ha obligado a incluir distintas definiciones de capital según su calidad (eufemismo para reflejar instrumentos de financiación híbridos, que sin ser considerados capital, presentan alguna característica similar al concepto clásico de capital comúnmente aceptado). De esta forma, aparece el ratio Tier I (capital de primer nivel), que incluye el core capital  más las acciones o participaciones preferentes.

Las acciones preferentes (participaciones en el caso de las cajas de ahorros) son un híbrido entre acciones y bonos: obligan al emisor a pagar un dividendo fijo, siempre que haya beneficios (en esto, son como un bono); pero no hay obligación de pagarlo si no hay beneficios y, a veces, tampoco hay que devolver el principal, aunque son transferibles (en esto, son como una acción). A efectos de regulación bancaria, computan como capital para el cálculo del Tier I, aunque queda claro que si bien el Tier I siempre será superior al ‘core capital’ recoge capital que podríamos decir presenta una peor ‘calidad’.

Los bancos han emitido bastantes acciones preferentes, ya que permiten captar dinero más fácilmente que con las acciones ordinarias (ampliaciones de capital), te cuenta como capital, y con ello cumples con el regulador bancario y, sobre todo, la bolsa no te penaliza, pues no has aumentado el números de acciones y, por tanto, la rentabilidad del inversor no se verá penalizada. En suma, se trata de una alternativa válida para levantar financiación, aumentar la rentabilidad del accionista y cumplir con el regulador. En otras palabras, los híbridos generalmente sirven a la entidad emisora como una manera de aumentar la rentabilidad sin que parezca que se aumenta el riesgo. Este invento es de origen estadounidense, donde se usa mucho y desde hace muchos años. En España, los bancos lo empezaron a usar hace sólo unos 10 años, pero en esta década han sido asiduos emisores (especialmente las cajas).

No hemos de subestimar la innovación financiera, sino todo lo contrario: esta es una piedra angular para la economía y para que esta siga innovando. Sin embargo, es importante llamar a las cosas por su nombre y ser prudente a la hora de analizar el capital de una entidad financiera, ya que llegado el caso, es decir, cuando arremete la crisis (como la actual), y se descubren malas inversiones, lo único que nos servirá para mantener nuestra solvencia será el capital desembolsado por los socios y los beneficios no distribuidos, todo lo demás tiende a fallar (por su propia naturaleza cíclica) cuando todo falla.

Los retos de nuestro sector bancario

El presente curso seguramente será uno de los más complejos a los que se enfrente nuestro sector bancario en toda su historia. Después de la tormenta perfecta, nuestras entidades financieras afrontan un ejercicio difícil en un escenario de estancamiento económico caracterizado por una gran incertidumbre en los mercados financieros internacionales. Dejando al margen la imperiosa necesidad de recapitalizar el sistema en su conjunto (principal prioridad para Bancos y Cajas en nuestro país y dentro del marco que establece Basilea III), en opinión de este analista existen cuatro retos principales a los que se enfrenta el sector en corto-medio plazo: descenso de la actividad bancaria; estrechamiento de los márgenes de intermediación; incremento sostenido de la morosidad; y encarecimiento del crédito exterior.

En primer lugar, nuestro sector bancario se ha visto gravemente afectado por la burbuja crediticia y es uno los que tendrá que hacer un mayor esfuerzo para ajustar su capacidad productiva al nuevo escenario, básicamente caracterizado por un fuerte descenso en la actividad bancaria. En 2009 el sector registró una importante contracción en el número de créditos concedidos a familias y empresas. En 2010 cabe esperar que la tendencia continúe  con lo que el sector va a tener que ajustar de forma drástica su capacidad, ajuste que algunos analistas sitúan alrededor del 30%. Esta reducción de la estructura, principalmente en la red de oficinas, comportará ajustes de plantilla en un sector caracterizado por fuertes rigideces laborales y una elevada presencia sindical, lo que podría dificultar aún más el necesario ajuste.

En segundo lugar, y muy ligado a la coyuntura de la zona Euro, las proyecciones de próximas bajadas en los tipos de interés impactarán de forma negativa sobre los márgenes en tanto en cuanto el tipo de interés tiene un impacto en los activos bancarios. Esta presión en los márgenes se trasladara a las cuentas de resultados de las instituciones financieras que previsiblemente experimenten fuertes caídas en los ingresos para con el presente ejercicio. En tercer lugar, y nuevamente relacionado con el complejo cuadro económico de nuestra economía, está el crecimiento sostenido de la morosidad,  que para la mayoría de entidades ya supera el 5%, con caídas igualmente importantes en los ratios de cobertura que han pasado del 220% para 2007 al 58% en 2009 y las tensiones que este hecho tiene sobre los balances de Bancos y Cajas. En este sentido, resulta especialmente preocupante la elevadísima tasa de paro de nuestra economía y todas las derivadas que de ella se derivan, incluido el negativo impacto sobre la tasa de morosidad.

Finalmente, y por si todo lo anterior no fuese suficiente, las nefastas políticas de elevado déficit público para afrontar la crisis han debilitado enormemente las finanzas públicas hasta el punto de repuntar el llamado “riesgo país” con el consiguiente encarecimiento de nuestro endeudamiento exterior lo que también se ha traducido en un impacto negativo sobre Bancos y Cajas. Este hecho ha propiciado la llamada “guerra del pasivo” por la que las entidades financieras se han lanzado a la carrera para captar el mayor volumen de ahorro privado posible mediante atractivas ofertas de depósitos en un proceso similar a lo que sería una “guerra de precios”.

En suma, la banca afronta importantes retos de reestructuración en un escenario recesivo y de fuerte incertidumbre en los mercados. Hoy por hoy, el escenario más probable para la economía española es la famosa “L”: esto es un escenario prolongado de poco o nulo crecimiento resultado de los excesos del pasado primero, y de las nefastas políticas de abultado déficit que han seguido después. Resulta apremiante que nuestros Bancos y Cajas puedan afrontar estos retos con solvencia para que vuelvan a cumplir con su función económica de canalizar el crédito hacia familias y empresas, y para eso resulta igualmente apremiante que el Gobierno se ponga firme con sus deberes en materia económica afrontando las liberalizaciones y reformas estructurales que necesita el país y devolviendo el equilibrio a las finanzas públicas.

Nuestro “banco malo”

Nuestro sistema financiero históricamente ha mantenido los principios de banca tradicional de una manera más intensa lo que se ha traducido en una mayor resistencia de nuestros bancos y cajas a los avatares financieros de 2008-09. Las llamadas provisiones genéricas, un modelo de banca tradicional y una mayor eficiencia comparada de nuestras instituciones crediticias nos dieron un margen de maniobra considerable en los momentos más complicados de la crisis financiera mundial. Sin embargo, este margen ha sido desaprovechado por nuestras autoridades que han desperdiciado el último año para desplegar una estrategia coherente de reordenamiento y saneamiento del sistema.

Por partes. Pese a lo que se ha dicho desde algunos medios, España no ha sido inmune a la acumulación de activos tóxicos, es decir ilíquidos, en los balances de los distintos bancos y cajas. Esto es principalmente, porque que un activo sea tóxico o no atiende al crédito consecuente y no al método de generación de este crédito. En este sentido, en la medida en que los balances de las entidades de crédito nacionales existen inversiones sobrevaloradas adquiridas mediante apalancamiento estamos ante activos tóxicos.

Una de las estrategias que se han barajado para el saneamiento del sistema financiero, paso ineludible para que el flujo de crédito vuelva a funcionar normalmente, ha sido la creación de un “banco malo”. Este “banco malo” estaría configurado por el sobre valor de los activos, en su activo, y su consiguiente endeudamiento en su pasivo. Dicho de otro modo, el balance de este banco nos daría una idea aproximada del coste del agujero negro de nuestro sistema financiero que estaría colapsado si no fuera por las fuertes medidas de liquidez impuestas por el BCE.

¿Cómo hemos llegado a esta complicada tesitura? El primero de los puntos clave a tener en cuenta, es que durante el último lustro hemos vivido un periodo de fuerte apalancamiento. Miremos las cifras. En base a datos del Banco de España, la consultora Freemarket, presidida por Lorenzo Bernaldo de Quirós, calcula el ratio de saldo vivo de crédito bancario sobre el PIB que ha pasado del 112% en 2004 hasta el 171 a finales de 2008 y muestra de forma fehaciente la borrachera de crédito vivida en los últimos años. Del mismo modo, se refuerza el argumento anterior al observar la evolución del crecimiento del crédito bancario con respecto el crecimiento del PIB nominal. En este caso, el ratio pasa del 11,7% en 2001, al 27,17% en 2005 en el apogeo del proceso de expansión crediticia.

En base a estos indicadores, vemos como a partir del estadillo de la burbuja a mediados de 2007, el crédito empieza su particular contracción. Este es el momento en el que empieza el paulatino proceso de desapalancamiento que no se puede realizar a cabo de manera ordenada porque la menor disponibilidad de crédito desploma el precio de los activos financieros e inmobiliarios de manera caótica. Estamos ante los inicios de la recesión económica en la que todavía hoy estamos inmersos.

Ante este panorama el escenario más deseable hubiese sido una liberalización de los mercados y una decidida estrategia del Banco de España que hubiese tenido por objetivo la recapitalización de las entidades solventes: discriminando el trigo de la paja. Al mismo tiempo, se tendrían que haber dejado aflorado las minusvalías en los balances de las entidades financieras que hubiesen permitido identificar las entidades mejor y peor situadas ante la crisis. Por último, ante la burbuja de precios en el sector inmobiliario, lo deseable aunque doloroso, hubiese sido dejar ajustar los precios a la baja para que el mercado se reactivase de forma natural y espontánea aflorando las pérdidas de forma rápida para generar cuanto antes una base sólida para la economía en general para que esta pudiese volver a crecer.

Por el contrario, estos dos años, se ha optado por una estrategia de “extend and pretend” en la que la mayoría de bancos y cajas han ido posponiendo el ajuste a la baja de sus balances alargando el doloroso proceso de ajuste. El gobierno, por su parte, ha generado gran incertidumbre con respecto a las decisiones a tomar, y conjuntamente con los planes de gasto público han contribuido a un ajuste agónico pero imparable de nuestra economía, que a la postre, únicamente ha servido para retrasar lo inevitable aumentando el coste de la solución para el contribuyente.

Una vez aceptada la hipótesis básica de exceso de valoración de activos financiados con un exceso de crédito bancario, cabe preguntarse cual es la magnitud de la catástrofe. Cómo señala Lorenzo Bernaldo de Quirós, esta cuantificación resulta fundamental para poder abordar con garantías de éxito un plan de saneamiento que efectivamente recapitalice las entidades de crédito para que estas puedan cumplir con su función fundamental de canalizar el crédito. En otras palabras, es necesario estimar el tamaño del balance de este “banco malo”.

El 90% de las pérdidas de las entidades crediticias se concentra en el importe de la rúbrica “Créditos a otros Sectores Residentes” (OSR). En base a estimaciones de probabilidad de impago y severidad de la pérdida (esto son pérdidas adicionales por la gestión de impagados derivados del impago de un crédito), la consultora Freemarket estima en 200.962 millones de euros la perdida final que arroja la cartera de préstamos y créditos concedidos a residentes en España, incluyendo tanto a familias y empresas. Este montante es el tamaño de nuestro particular “banco malo”, y el coste estimado de sanear el sistema financiero español (del que una parte muy importante recaerá sobre los hombros del contribuyente).